Cómo Donald Trump le marcó un golazo a la FIFA e impuso su agenda geopolítica en el Mundial 2026
Donald Trump llega al arranque del Mundial 2026 usando al torneo como vitrina de poder frente a Irán y la FIFA. ¿Las redadas del ICE y los costos arruinarán la fiesta futbolera de Trump?

Donald Trump, junto con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en una reunión en la Casa Blanca.
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AFP
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llega al Mundial 2026 sin uno de sus grandes objetivos cumplidos: haber derrotado militarmente a Irán o, mejor dicho, al régimen radical islámico que gobierna ese país desde 1979. La guerra para lograr ese objetivo (ahora en una delicada fase de tregua) trajo como consecuencia que los precios de petróleo se eleven y que la economía de Estados Unidos esté en un momento complejo.
A pesar de esto, Donald Trump ha usado el Mundial, y lo seguirá haciendo, para proyectar una imagen de un líder fuerte que impone sus condiciones. De hecho, Trump lo ha conseguido ya: en lugar de adaptarse a los protocolos laxos de la FIFA, es el organismo rector del fútbol el que ha tenido que amoldarse a las exigencias de Washington. ¡Trump le terminó marcando un golazo a la FIFA!
Trump vs. la FIFA: El caso de las visas y el árbitro Omar Artan
Ahí tenemos, por ejemplo, que Estados Unidos no permitió la entrada del árbitro Omar Artan, de Somalia, un país calificado como "podrido" por parte de Trump. No importó que Artan sea el mejor árbitro africano de 2025 ni las garantías de la FIFA de que se trata de un juez respetable. Pudo más la férrea política migratoria de Trump.
Desde esta perspectiva, el Mundial consolida la narrativa de que Estados Unidos, bajo el mando de Trump, es respetado, incluso temido. La Copa del Mundo es la oportunidad perfecta para demostrar que el "Estados Unidos Primero" se aplica incluso en la cancha.
Curiosamente, Trump no aplica el famoso 'sportswashing' (limpiar su imagen a través del deporte, como se le acusó en su momento a Rusia en 2018 y a Qatar en 2022), sino que está usando el torneo como una plataforma de demostración de fuerza y discriminación.
Al restringir quién entra, quién pita y dónde entrenan los rivales geopolíticos, Trump reafirma ante sus votantes (el verdadero público con el que desea comunicarse) que las fronteras de Estados Unidos son infranqueables, sin importar las presiones de un organismo multimillonario como la FIFA.
Sin embargo, que Irán siga en pie y que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) esté más activo que nunca en sus controles ha matizado esta proyección de liderazgo.
En otros Mundiales, la discusión previa giraba sobre estadios, transporte o ambiente; en Estados Unidos hoy el debate también incluye visas, controles migratorios, ICE, deportaciones y restricciones de entrada.
Hay preocupación real entre aficionados de África, Medio Oriente y América Latina sobre si podrán entrar o si enfrentarán revisiones agresivas en aeropuertos. Incluso grupos de derechos migratorios activaron redes de ayuda en ciudades sede por temor a operativos o abusos. La Cancillería de Ecuador ha publicado una guía informativa para los viajeros ecuatorianos.
La contradicción es evidente: la FIFA vende el Mundial como una fiesta global e inclusiva, pero el clima político estadounidense es mucho más restrictivo que en Rusia 2018 o Qatar 2022, países que son considerados autoritarios.
Además, el conflicto en el Golfo Pérsico disparó tensiones económicas globales —sobre todo por la demanda de combustible y el gasto del transporte aéreo— y eso repercute en el turismo del Mundial. No significa un riesgo directo para los aficionados en estadios, pero sí genera un ambiente internacional menos relajado y más vigilado que el que normalmente acompaña una Copa del Mundo.
El impacto en los precios del petróleo
El costo de la vida puede ser el gran enemigo silencioso del Mundial de Donald Trump. Estados Unidos es un país caro incluso en condiciones normales; durante el Mundial puede ser prohibitivo. Hoteles, vuelos internos, comida, Uber, entradas y transporte entre ciudades sede empujan el gasto a niveles históricos.
El formato de 48 selecciones y un territorio gigantesco agravan el problema. No es como Qatar, donde casi todo estaba a una hora; en Estados Unidos, un hincha necesitará vuelos internos entre Los Ángeles, Miami, Seattle o Nueva York. La conseciencia será un Mundial con menos mochileros y más de turismo de alto poder adquisitivo. Algunos analistas ya hablan del riesgo de un torneo pensado para “high-value tourists” más que para el hincha clásico.
Y a esto se suma el ambiente: no se siente la llegada del Mundial, no existe todavía una euforia comparable a Brasil 2014 o Alemania 2006, al menos en el espacio público estadounidense.
Parte de eso también tiene explicación cultural: el fútbol sigue sin ocupar el centro emocional del deporte en Estados Unidos como sí lo hacen la NFL o la NBA. Además, el torneo está repartido entre tres países, así que la identidad del evento se siente más fragmentada.
Cuando empiece el torneo, sin embargo, ciudades como Los Ángeles, Miami, Nueva York y Dallas probablemente se transformarán. Estados Unidos sabe organizar megaeventos, tiene infraestructura y una enorme comunidad latina que vive el fútbol con intensidad, con o sin Trump.
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