Javier Chila se retiró del fútbol en 2019, migró a Nueva Jersey a pintar casas y ahora triunfa con 90 niños en su escuela de fútbol
El exfutbolista ecuatoriano Javier Chila migró a Nueva Jersey, Estados Unidos, en 2020, justo antes de la pandemia por el Covid-19. Llegó a pintar casas y hoy tiene su propia escuela de fútbol, con 90 chicos de distintas nacionalidades. Una historia de superación y perseverancia.

Javier Chila da indicaciones en su escuela de fútbol, en Nueva Jersey, en junio de 2026.
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Felipe Larrea / PRIMICIAS
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DESDE NUEVA JERSEY. 'Coach, coach', se escucha apenas uno ingresa al Branch Brook Park, en Nueva Jersey. Las voces son de decenas de chicos que rodean a Javier Chila, exfutbolista ecuatoriano que pasó por clubes como El Nacional, Macará, Olmedo y Deportivo Quito y ahora tiene su propia escuela.
Las clases empiezan a las 18:00. Conos, balones y arcos son los elementos infaltables en un parque amigable, en donde cientos de latinos aprovechan para hacer deporte, escuchar música y relajarse.
Chila aparece con un balón bajo el brazo y una sonrisa permanente. Lo saludan como si fuera un familiar cercano. Los más pequeños corren a abrazarlo. Los mayores le cuentan cómo les fue en la escuela. Antes de comenzar el entrenamiento, el exfutbolista escucha a cada uno con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
"Todo salió de la nada, todo natural. Esto es natural, es orgánico. Nunca hice algo extraordinario".
Javier Chila, exfutbolista ecuatoriano

La escena parece normal para quienes frecuentan el lugar, pero detrás de ella existe una historia que pocos conocen. Hace apenas unos años, Chila estaba lejos de imaginar que terminaría dirigiendo una academia con 90 niños. Mucho menos que su nueva vida comenzaría pintando casas después de migrar a Estados Unidos.
La escuela nació casi por accidente. En plena pandemia, cuando el mundo todavía permanecía paralizado y los parques lucían vacíos, un pastor de la iglesia que frecuentaba le sugirió crear una escuela de fútbol.
Pero la idea parecía imposible. Y es que no había niños entrenando, no había ligas en funcionamiento y la incertidumbre dominaba cada aspecto de la vida cotidiana.
"Comencé con tres niños y a los tres meses tenía 60. Se volvió difícil para mí porque no sabía entrenar, no sabía dirigir, porque yo venía de ser dirigido".
Javier Chila, exfutbolista ecuatoriano

Sin embargo, una casualidad lo cambió todo. Mientras acompañaba a un amigo a recoger un colchón comprado por internet, el vendedor lo reconoció. Sabía quién era. Había seguido su carrera en Ecuador. Después de conversar algunos minutos, le hizo una propuesta sencilla: entrenar a sus hijos.
Aquella tarde comenzó una aventura que sigue creciendo hasta hoy. Con apenas tres niños inició los entrenamientos en un parque de Newark. Los padres observaban desde lejos.
Por su parte, los vecinos preguntaban quién era aquel ecuatoriano que trabajaba constantemente con el balón y que parecía disfrutar tanto de enseñar. El boca a boca hizo el resto. Tres meses después tenía 60 alumnos. Hoy son 90.
De esa forma, Chila disfruta de las tardes en Branch Brook Park. Los chicos ya son parte de su día a día. Además, les compra helados y les hace reír. Son felices unos con otros.

Los años dorados en El Nacional
Mucho antes de convertirse en entrenador, Javier Chila fue uno de los jóvenes más prometedores que pasaron por las divisiones formativas de El Nacional.
Su historia con el club quiteño comenzó de manera inesperada. Participó en un proceso de selección masivo que reunió a aproximadamente 1.300 jugadores. Al final, únicamente cuatro consiguieron quedarse.
Entre aquellos adolescentes que soñaban con llegar al fútbol profesional había nombres que más adelante marcarían la historia del deporte ecuatoriano. Antonio Valencia, Christian Benítez, Pedro Quiñónez y Éder Valencia compartieron vestuario, entrenamientos y experiencias con él.

Lo curioso es que Chila nunca soñó con ser futbolista. Mientras otros jóvenes perseguían desesperadamente una oportunidad, él solo quería regresar a su pueblo.
Después de aprobar las pruebas en El Nacional volvió a casa convencido de que no regresaría a Quito. Extrañaba a sus amigos y no se veía viviendo lejos de ellos.
El club tuvo que llamar para preguntar qué había sucedido. La respuesta llegó desde su propia familia. Su padre prácticamente le ordenó preparar las maletas y volver al complejo de Tumbaco. Aquella decisión cambió su destino.
Lo que parecía una obligación se convirtió en una carrera profesional que se extendió durante años y le permitió vestir camisetas históricas del fútbol ecuatoriano. Con el tiempo llegó el debut, las victorias, los viajes y el reconocimiento de los hinchas. "Todo fue hermoso", repite cuando habla de aquella etapa.
El día que decidió dejar el fútbol
A diferencia de muchos futbolistas, Javier Chila nunca desarrolló una dependencia emocional hacia la profesión. El fútbol llegó a su vida casi por casualidad y se fue de la misma manera.
En 2018 tuvo una experiencia que influyó en su decisión de retirarse. Viajó a Estados Unidos para jugar con Miami United y descubrió un estilo de vida distinto. Encontró ligas competitivas, estabilidad económica y una tranquilidad que le resultó atractiva después de tantos años de carrera profesional.
Cuando regresó a Ecuador todavía recibió algunas propuestas para continuar jugando. Esperó varias semanas. Conversó con dirigentes. Analizó posibilidades.

Pero ninguna oferta terminó de convencerlo. Entonces tomó una decisión que sorprendió incluso a quienes lo conocían de cerca. Se retiró a los 36 años.
Sin homenajes. Sin despedidas multitudinarias. Sin una conferencia especial para anunciar el final de su carrera. Simplemente cerró una etapa.
Cuando volvió a su pueblo regaló casi todo lo que había acumulado durante años de fútbol profesional. Camisetas, calentadores, zapatos y recuerdos fueron entregados a familiares y amigos. Ni siquiera conservó gran parte de las prendas que utilizó durante su paso por El Nacional.
La vida después de los estadios
El Covid-19 lo encontró en Estados Unidos intentando construir una nueva realidad. Durante los primeros meses pintó casas junto a un pastor de su iglesia. Aprendió sobre remodelaciones, compartió jornadas laborales con otros migrantes y comenzó a adaptarse a un país completamente diferente.
Podría haber seguido ese camino. Sin embargo, el fútbol volvió a aparecer. No como jugador, sino como formador.

Con el paso de los años entendió que lo más valioso de su experiencia no eran los títulos ni los partidos disputados, sino los conocimientos que podía transmitir a otros. Por eso, insiste en enseñar disciplina, alimentación, descanso y hábitos saludables a cada niño que llega a la academia.
Los padres valoran ese enfoque. Los alumnos también. Muchos regresan después de inclinarse por practicar otros deportes. Otros permanecen durante años porque encuentran algo difícil de conseguir en otros lugares: cercanía, afecto y comprensión.
Por eso, para Javier Chila, esa es la verdadera razón por la que sigue en una cancha todos los días.
Un triunfo diferente
Hace algunas semanas, sus dos equipos disputaron una final. Perdieron ambas. Al concluir los partidos, varios niños rompieron en llanto. Estaban acostumbrados a ganar y no sabían cómo procesar la derrota. Chila corrió a abrazarlos uno por uno y luego reunió a padres e hijos en un círculo.
No habló de errores tácticos ni de oportunidades desperdiciadas. Habló de unión. De aprendizaje. De seguir adelante. Esa escena resume la filosofía que ha construido durante los últimos años en Nueva Jersey.

Hoy Javier Chila sigue viviendo del fútbol. Pero ya no persigue ascensos, contratos ni reconocimientos. Su satisfacción aparece cada tarde, cuando los niños llegan a entrenar y lo reciben con abrazos.
A miles de kilómetros de Ecuador, el exjugador de El Nacional encontró una segunda carrera. Una más silenciosa. Menos visible. Pero quizá mucho más trascendente.
Porque después de haber recorrido estadios y vestuarios profesionales, descubrió que el fútbol también puede cambiar vidas desde una simple cancha de barrio.
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