Tuvieron fe y hasta entraron con boletos de última hora: Así vivieron hinchas ecuatorianos en Nueva Jersey el triunfo histórico ante Alemania
Hinchas buscaron entradas, desesperados, mientras merodeaban el estadio. Algunos lo consiguieron. Otros vivieron el juego en los alrededores del MetLife Stadium, en restaurantes ecuatorianos de Nueva York y Nueva Jersey, a través de las pantallas o escuchando los gritos. Una crónica de una jornada épica que quedará marcada en la historia.

Los hinchas ecuatorianos y una nueva fiesta en las gradas, esta vez con victoria. Ecuador tuvo gran apoyo para vencer a Alemania 2-1 este jueves 25 de jmunio de 2026 en el MetLife Stadium. La Tri clasificó a 16avos de final del Mundial.
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Felipe Larrea
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EAST RUTHERFORD, NUEVA JERSEY. Al principio, los ecuatorianos solo tenían fe. No tenían goles, no tenían una clasificación segura y muchos ni siquiera tenían entrada para ver el partido. A las afueras del MetLife Stadium, en Nueva Jersey, varios hinchas caminaban entre el estacionamiento, los accesos al estadio y el centro comercial American Dream este histórico jueves 25 de junio de 2026. Estaban revisando una y otra vez las aplicaciones de reventa y los grupos de redes sociales. Querían saber si las entradas bajaban de los USD 1.300 dólares. Algunos todavía esperaban entrar. Otros ya habían aceptado que verían el partido desde una pantalla cercana. Nadie sabía entonces que esta tarde terminaría con Ecuador venciendo 2-1 a Alemania y con una celebración que cambiaría por completo el ánimo de la hinchada.
El amarillo empezó a aparecer desde temprano en los alrededores del estadio. Había familias con banderas sobre los hombros, grupos de amigos con camisetas de la selección, niños con la cara pintada y vendedores que ofrecían camisetas, gorras y banderas entre los carros estacionados. El ambiente no era todavía de euforia, sino de expectativa. Ecuador llegaba golpeado: había perdido 1-0 ante Costa de Marfil y empatado 0-0 con Curazao. No había marcado un solo gol en el Mundial. Sin embargo, sus hinchas volvían a llegar como si el primero estuviera a punto de caer.

Entre ellos estaba César Almeida, que llegó desde Guayaquil hace cuatro días y esperaba este momento desde antes de subir al avión. Estaba en American Dream con su primo Carlos que vive en Nueva Jersey, mirando el movimiento de la hinchada y pendiente del teléfono. Revisaban si las entradas bajaban un poco más para decidir si podían entrar al estadio. Pero incluso si no lo lograban, César decía que estar cerca ya tenía sentido. “El fútbol es una de las pocas cosas que todavía mantiene con fe a los ecuatorianos en medio de tantas preocupaciones”. “Ya no importa tanto el marcador”, decía, “sino apoyar a la selección y vivir esa fiesta”.
Quienes no consiguieron boleto se fueron quedando en el centro comercial. Algunos buscaban pantallas, otros seguían revisando las aplicaciones por si aparecía una entrada de último minuto. En los pasillos de American Dream, entre tiendas, restaurantes y visitantes que no siempre entendían de dónde venía tanto ruido, los ecuatorianos armaron otra tribuna. Cada teléfono era una ventana al estadio. Cada alerta podía ser una oportunidad para entrar o una confirmación de que tocaba verlo desde allí.
César y su primo terminaron cambiando el rumbo de su propia historia. Después de pasar buena parte de la tarde revisando aplicaciones y grupos de reventa, y viendo el partido el primer tiempo en una pantalla gigante consiguieron entradas por USD 570 cada una, justo en el entretiempo. "Lo logramos", dijo a PRIMICIAS mientras registraba con su celular la celebración de miles de ecuatorianos que, como ellos terminaron viviendo una victoria que horas antes parecía improbable.

Celebración y esperanza
La escena conectaba con lo vivido en Times Square el día antes del partido, donde decenas de ecuatorianos participaron en un banderazo que empezó a tomar forma desde horas antes. María José Aguirre llegó desde Nueva Jersey a las 17:00 con varios amigos, aunque la convocatoria era para las 19:00. Para ella, ese fue el momento más emocional de la previa: una mezcla de nostalgia, orgullo y ansiedad en medio de las pantallas gigantes de Nueva York. Julio Aguirre, en cambio, había llegado desde Ecuador con su hijo y otros amigos. El viaje era una promesa familiar: acompañar a la selección en un Mundial, aunque el equipo todavía no hubiera dado demasiadas razones futbolísticas para creer.
Mientras tanto, en Newark, un vendedor de camisetas y banderas decía que antes del partido ya había vendido cerca del 40% de sus productos. La cifra hablaba de una ilusión golpeada, pero no apagada. Las camisetas seguían saliendo, las banderas seguían moviéndose y los hinchas seguían buscando algún distintivo antes de acercarse al MetLife o reunirse en otro lugar para mirar el encuentro.
Lejos del estadio, el partido también empezó mucho antes del pitazo inicial. En restaurantes ecuatorianos de Nueva York y Nueva Jersey, las mesas estaban llenas desde el mediodía. La gente llegó temprano para asegurarse un lugar frente a las pantallas. En esos locales, la previa se vivía entre platos típicos, camisetas amarillas y conversaciones sobre lo que Ecuador necesitaba hacer ante Alemania. Lucho Alcívar fue uno de los que eligió ver el partido rodeado de otros ecuatorianos. “Es la posibilidad de mirar a la selección acompañado, de gritar con otros compatriotas o de sentirse menos lejos del país”.
Eli y Fernanda eligieron otro ritual: pidieron el día libre para ver el partido desde sus casas. Ese gesto resume cómo el Mundial altera la rutina de la diáspora. Se cambian turnos, se avisa en el trabajo, se prepara comida, se convoca a otros amigos, se busca una camiseta y se reserva la tarde para noventa minutos que pueden modificar el ánimo de toda una comunidad. No todos podían estar en el estadio, pero casi todos buscaban una forma de estar cerca.
También estaba el caso de Julián, un ecuatoriano que tenía entrada para el partido, pero regresó el día anterior a Cuenca. La decepción pudo más que la espera. Después de dos partidos sin goles, no quiso quedarse. Su historia quedó como el contrapunto de una jornada que terminó contradiciendo a los desanimados: el día que decidió irse fue la víspera del triunfo más celebrado por los ecuatorianos en este Mundial.
Un primer grito de desahogo
Cuando Ecuador marcó, el relato cambió de tono. En el patio de comidas del Mall American Dream, el primer grito tuvo algo de alivio acumulado. No era solo un gol contra Alemania. Era el gol que no había llegado ante Costa de Marfil ni ante Curazao. Era la confirmación de que todavía había partido, de que la espera había servido para algo, de que la camiseta amarilla no estaba allí solo por costumbre.
El segundo gol terminó de romper la tarde. Ecuador, que había llegado al duelo obligado a ganar y dependiendo de otros resultados, se puso por delante ante una Alemania que ya había goleado 7-1 a Curazao y vencido 2-1 a Costa de Marfil. En los alrededores del MetLife, los hinchas que no habían conseguido entrar, seguían el partido como podían: desde pantallas, desde teléfonos, desde redes sociales, desde mensajes que llegaban de familiares dentro del estadio. Cada actualización aumentaba la tensión. Cada minuto acercaba una celebración que al inicio parecía improbable.
El pitazo final confirmó la victoria 2-1 y desató una fiesta que se extendió más allá del estadio. Los pasillos de American Dream, los estacionamientos y las calles cercanas se llenaron de abrazos, banderas y cantos. Algunos hinchas que habían pasado la tarde buscando una entrada terminaron celebrando como si hubieran estado en la primera fila. Otros salieron de los restaurantes con la camiseta puesta y el teléfono en la mano, llamando a familiares en Ecuador o grabando videos para compartir la escena.
Al final, la jornada, con un Ecuador que ahora espera rival en los 16avos de final, dejó una imagen difícil de anticipar al mediodía: ecuatorianos que empezaron la tarde revisando el celular para ver si una entrada bajaba de precio y terminaron abrazándose por una victoria ante Alemania. En el estadio, en el centro comercial, en Newark, en Queens, en las casas y en los restaurantes, Ecuador volvió a marcar. Y, por unas horas, el marcador sí alcanzó para sostener toda la esperanza.
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