Del llanto de Caicedo al "¡Fuera Beccacece"! El día que Ecuador patinó y ahora debe ir por un milagro
Ecuador no pudo con Curazao y tuvo que conformarse con un empate. Entre los seguidores de Ecuador que recorrieron aeropuertos y carreteras para acompañar al equipo, hubo inconformidad e impotencia. Los jugadores reconocieron que tienen una deuda con los aficionados.

Pedro Vite se lamenta tras el empate de Ecuador ante Curazao, en el estadio de Kansas, el 20 de junio de 2026.
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EFE
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Ver a Moisés Caicedo entregado al llanto y al desconsuelo es presenciar una herida abierta, un doloroso déjà vu que el hincha ecuatoriano lleva tatuado en la memoria. El fantasma de Qatar 2022 regresó de golpe; aquella tarde en que ‘Moi’ abandonó el césped ahogado en lágrimas tras el fatídico 2-1 ante Senegal que truncó el sueño mundialista.
La noche del 20 de junio de 2026 cayó con un peso de plomo sobre Kansas. Sobre el círculo central, Caicedo volvió a postrarse, vencido por la gravedad de la tristeza. A su lado, ni los brazos extendidos de Sebastián Beccacece ni los intentos de contención del coordinador Pedro Mauricio Muñoz lograron ser un dique para su pena.
Ecuador firmó un empate con sabor a ceniza ante Curazao y hoy camina por la cornisa del abismo. En el horizonte asoma Alemania —cuatro veces campeona del mundo, líder indiscutible y ya clasificada del Grupo E— como la única y titánica aduana para salvar a La Tri. La matemática mantiene la posibilidad latente, pero es el fútbol el que se ha declarado ausente.
La marea humana de hinchas ecuatorianos transitó, en noventa minutos, de la euforia vibrante a la más profunda de las desilusiones. A más de 5.000 kilómetros de su patria, el estadio volvió a teñirse con el oro de la bandera. Llegaron desde Nueva York, Chicago y Florida; una peregrinación en busca de sus raíces, un pretexto para sentirse, por un instante, de vuelta en casa.
Sin embargo, esa hinchada noble y querendona solo halló un bando inexpresivo, incapaz de romper el cerco o sorprender a Curazao, sobre el papel el eslabón más débil de la llave. En medio de ese desierto de ideas, Caicedo —todavía buscando el compás de su propio juego— lloraba su impotencia. Junto a él, Pedro Vite lo contemplaba con una mirada perdida, contagiado por el desconcierto.
La desazón era un aire denso que lo contaminaba todo. Piero Hincapié negaba con la cabeza, rechazando una realidad incomprensible. Una vez consumado el inerte 0-0, la Selección se convirtió en un laberinto de confusión. Beccacece intentó repartir consuelos estériles entre sus dirigidos antes de emprender una larga y solitaria caminata por el corazón de la cancha hacia los camerinos.
Beccacece como el principal señalado de la campaña
Su retirada fue escoltada por una silbatina estridente que cortaba el aire. Minutos antes del silbatazo final, el grito unísono de "¡Fuera Beccacece!" retumbó en las tribunas como un exorcismo, el desahogo de un pueblo que sintió su amor burlado. Más tarde, en la frialdad de la rueda de prensa, el estratega se ofreció como pararrayos, asumiendo la culpa absoluta del naufragio.
Para completar la escena de crueles contrastes, la minúscula parcialidad caribeña —un puñado de camisetas azules— mecía los brazos al compás de su propia música, celebrando una gesta histórica. Del otro lado, un silencio sepulcral y herido acompañó la retirada de una Selección que hoy, desprovista de fútbol, solo se aferra a un milagro para seguir con vida en la Copa del Mundo.
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