Una finca bananera de El Oro apuesta por fortalecer el suelo para combatir al temido hongo Fusarium
Productores implementaron un laboratorio artesanal de microorganismos para fortalecer el suelo y mitigar el potencial impacto del hongo Fusarium, mientras advierten que las medidas de bioseguridad actuales son insuficientes frente a un patógeno que se propaga por el suelo y con las inundaciones.

Un banano a medio madurar tirado en el suelo a las afueras de la finca La Carolina, en el sector El Quemado (Santa Rosa, El Oro), el primer sitio de detención del hongo Fusarium en Ecuador.
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En una finca bananera del cantón El Guabo, a menos de 25 kilómetros lineales de la “zona cero” de la detección del primer caso de Fusarium Raza 4 Tropical en Ecuador, productores de la provincia El Oro ensayan una estrategia distinta a la contención sanitaria tradicional: fortalecer el suelo para ganar resistencia frente a un hongo que, de propagarse a gran escala, costará años erradicar.
“El Fusarium es letal. No hablamos solo de desinfectar botas, herramientas o vehículos; en el campo hay vida: insectos, aves y animales. Todos pueden transportar este hongo que se propaga por movimiento de suelo contaminado”, advierte Juan Solano, economista agropecuario y copropietario de la finca San Jacinto, de 22 hectáreas, en El Guabo (El Oro).
“En Filipinas el Fusarium arrasó con toda la producción. Sudáfrica lleva más de 25 años luchando contra este hongo y no ha logrado controlarlo ni desarrollar una variedad resistente. Tiene el potencial de arrasar el sector”.
Juan Solano, bananero y técnico agropecuario.
La advertencia se da en un contexto de alta vulnerabilidad. El primer caso confirmado de Fusarium R4T en Ecuador se detectó en diciembre de 2025 en una finca del sector El Quemado, en Santa Rosa (El Oro), una provincia con cerca de 48.000 hectáreas sembradas de banano y en un sector expuesto a inundaciones recurrentes que podrían acelerar la propagación del patógeno a través del agua y el suelo.
Agrocalidad mantiene el cerco sanitario en la finca de Santa Rosa y un monitoreo en cinco kilómetros a la redonda, y asegura que no se han detectado nuevos focos. En un radio de 25 kilómetros se concentran los cinco principales cantones productores de El Oro: Santa Rosa, Arenillas, Pasaje, El Guabo y Machala. El hongo fuera de control puede propagarse a un ritmo de hasta 100 kilómetros por año.

Lecciones del moko del plátano y un suelo degradado
La amenaza del Fusarium se suma a una experiencia reciente aún fresca en el sector: el brote del moko (Ralstonia solanacearum Raza 2), que en 2025 afectó a unas 5.000 hectáreas de banano y plátano. “El plátano es mucho más susceptible a la Ralstonia. Por eso llegó a costar hasta USD 20 o USD 30 dólares el racimo. Hubo una grave escasez", recuerda el agricultor.
La respuesta oficial frente al moko, centrada en la erradicación de plantas, dejó dudas en los productores. “Seguimos al pie de la letra lo que decían los técnicos del Ministerio de Agricultura: talar la mata y hacer un cerco de cinco metros. Al final, esos cercos de cinco metros se multiplicaron y la enfermedad avanzó porque no se estaba atacando el problema de fondo”, sostiene Solano.
Ese problema, afirma, está en el suelo. Décadas de explotación intensiva y uso de agroquímicos han degradado la microbiología natural. “Hemos matado los microorganismos buenos y malos, pero sobre todo los buenos. Los patógenos tienden a resistir más”, explica.
Una biofábrica en la finca
Como respuesta a males como el moko, en la finca San Jacinto, de El Guabo, funciona desde hace un año un laboratorio artesanal de microbiología del suelo. Allí se reproducen consorcios de microorganismos benéficos -hongos, bacterias y bacilos- a partir de material orgánico captado en el suelo de zonas de montaña y adaptados progresivamente al ambiente de la plantación.
“El error es creer que todo se soluciona con aplicación de Trichoderma. Es solo uno de los microorganismos del suelo. Lo que necesitamos es equilibrio”, detalla Solano mientras describe el proceso: adaptación del material orgánico durante 30 a 45 días en una "cama" en el suelo junto a la plantación, reproducción en tanques por otro periodo similar y aplicación vía riego con aspersores.
Los resultados son visibles frente a otras enfermedades. Se logró controlar males como el Virus del Mosaico del Pepino y la Ralstonia, sin erradicación de plantas ni cercos de cinco metros. En un año, la presencia de hormigas y cochinilla bajó un 80%.

Y aspiran a que con el fortalecimiento del suelo el impacto sea menor si se disemina el hongo. “No vendemos nada. Queremos que el productor replique la experiencia y que deje de vivir en una falsa sensación de seguridad frente al Fusarium".
Segundo Solano, presidente de la Asociación de Bananeros de El Oro, reconoce la necesidad de tomar medidas preventivas -cal en accesos, amonio cuaternario para botas, herramientas y vehículos-, pero dice que son insuficientes por sí solas.
“Desinfectar zapatos no va a combatir un hongo que vive en el suelo. Tenemos que recuperar suelos degradados por agroquímicos. Es la única forma de reducir el potencial impacto”.
Segundo Solano, presidente de la Asociación de Bananeros de El Oro.
Fotogalería: laboratorio artesanal, finca San Jacinto
Falta de financiamiento e investigación
El dirigente del gremio cuestiona además la falta de apoyo e iniciativa estatal. “Pedimos una línea de crédito con interés preferencial en BanEcuador para que pequeños y medianos productores puedan implementar medidas. No hay financiamiento”, afirma.
El gremio propuso en su momento crear un fondo a partir de la recaudación USD 0,05 centavos por caja de banano exportado para investigación y ayudas al productor, pero no se dio paso a la propuesta.
La preocupación se intensifica con la temporada de lluvias. Farley Ramón, bananero y presidente del Centro Agrícola Cantonal de Machala, advierte que el sector no está preparado para enfrentar una expansión del Fusarium asociada a inundaciones.
Con el aguaje de febrero -históricamente el más fuerte del año- en el horizonte, advierte que la falta de limpieza y dragado oportuno de drenajes podría convertir las lluvias en un factor decisivo para la propagación del hongo, en una zona como El Quemado, propensa a inundaciones.
También cuestiona la escasa inversión en investigación. “La universidad no está vinculada. El Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIAP) hace esfuerzos, pero no tiene recursos suficientes. Necesitamos investigación para desarrollar variedades más tolerantes y adaptadas a nuestro entorno”.
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