Así se ganó la confianza de la élite catalana una terapeuta ecuatoriana-alemana, clave en proceso por muerte del fundador de Mango
Julia Lüderwaldt, cuyo nombre de soltera es María Julia Arce Luna, es una terapeuta ecuatoriana-alemana que ha tratado a famosos como la extenista Arantxa Sánchez Vicario o a la familia de Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina. Acaba de declarar en el juicio por el asesinato del fundador de Mango, Isak Andic, a quien atendió junto a su hijo, acusado del homicidio.

Julia Lüderwaldt, la psicoterapeuta de la familia Andic, a la salida del juzgado tras declarar el 30 de junio de 2026 ante la jueza del juzgado de Martorell (Barcelona), que investiga judicialmente la muerte del fundador de la firma Mango, en la que su hijo Jonathan está imputado por homicidio.
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EFE
Autor:
Rebeca Carranco | Jesús García Bueno
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Entre la burguesía catalana se la conoce simplemente como Julia o María Julia. Es la psicoterapeuta que logró colarse, con discreción, en las casas y en las vidas de algunos de los apellidos más ilustres de la clase alta de Barcelona. Una persona “tranquila y calmada”, capaz de crear un “espacio de confianza” hasta convertirse “en una secta”. “No protestas, pero sales de ahí llorando y sintiéndote culpable”, recuerda una de sus pacientes. Su verbo fácil, su presencia serena y sus promesas de sanación personal y familiar le abrieron las primeras puertas. El boca oreja en un colectivo privilegiado y estanco, donde casi todos se conocen, hizo el resto. “Aquí viene la infanta”, lucía en su consulta. Sola, vestida de blanco impoluto y con el colgante de la Virgen al cuello, acudió el martes a los juzgados de Martorell (Barcelona) para declarar como testigo en el caso Andic, que investiga el presunto homicidio del fundador de Mango, Isak Andic, a manos de su hijo Jonathan.
Los Andic fueron los últimos de una exclusiva cartera de clientes a quienes Julia Lüderwaldt captó pese a sus escasas credenciales académicas: no pertenece a ningún colegio profesional y por eso no pudo acogerse, ante la jueza, al secreto profesional. “No cobraba mucho, pero acabas yendo más a menudo y toda la familia. Pasé de un día a la semana a tres”, explica a El País una paciente, que antes contó su experiencia en TV3. La terapia atrapó de tal forma a esta mujer, de 58 años, que acabó teniendo dificultades para tomar decisiones por sí misma. “Ante un problema, la llamaba y le decía: ¿qué tengo que hacer? Te anula tu voluntad", cuenta.
La confidencialidad de las sesiones de los Andic voló por los aires el martes en el juzgado. Durante casi tres horas, Lüderwaldt contestó a todas las preguntas. Explicó con detalle la terapia basada en el psicoanálisis a la que había sometido a la familia, sobre todo a Isak y Jonathan, sumidos en conflictos intermitentes desde hacía más de una década, el último de ellos por discrepancias económicas. Entró de lleno en la intimidad del hombre más rico de Cataluña por mediación de su pareja, la exgolfista amateur Estefanía Knuth, que buscaba una reconciliación entre padre e hijo. La terapeuta consideraba que había logrado éxitos considerables, como que el primogénito se casase y que, finalmente, tuviese un hijo, nacido unos meses después de la muerte de su padre.
Obligada a decir la verdad en su condición de testigo, Lüderwaldt detalló su “método”, que según la defensa busca la “confrontación” dialéctica de los pacientes para “encontrar el crecimiento”. Es en ese contexto terapéutico, insiste la defensa de Jonathan Andic, como deben entenderse los whatsapps hallados en el móvil de su padre, al que escribió frases que, a primera vista y sin más contexto, suenan a premonición: “No me extraña que pensaras que era capaz de matarte”. El mismo mensaje acaba, como puntualizó la defensa, con un tono más positivo: “Espero que disfrutes de este verano, te mando muchos besos”.

Pero Lüderwaldt fue más allá y llevó la terapia a un terreno resbaladizo que para los profesionales del sector escapa a toda ética y para la jueza y la fiscal del caso resultó, incluso, sospechoso. Como había hecho con otras familias adineradas de Barcelona, la psicoterapeuta, que tiene la doble nacionalidad ecuatoriana y alemana —su nombre de soltera es María Julia Arce Luna; el de casada, Julia Lüderwald—, medió con los Andic en asuntos patrimoniales. A mediados de 2024, Jonathan supo que su padre iba a crear una fundación benéfica y le pidió algo similar a una “herencia en vida”, una donación de unos 40 millones de euros que le permitiría iniciar proyectos empresariales, entre ellos una sastrería. El plan era que abandonara, y pronto, sus responsabilidades ejecutivas en Mango.
Una sensación de intrusión parecida a la que experimentó la paciente que trató en 2008, y que pide anonimato, cuando la mujer requirió detalles de su vida sexual con su marido, pese a que el tratamiento era por “problemas de adolescencia” de su hija mayor, entonces de 18 años, que quería dejar los estudios y la desbordaba emocionalmente. “Me empezó a preguntar por posiciones sexuales”, rememora. Julia quería que el hombre acudiese a la terapia familiar, pero este se negaba. “Decía que como yo no había logrado que fuese, así al menos podía hacerse una idea de qué tipo de hombre era”, explica.
En el conflicto de la familia Andic, Lüderwaldt pareció ponerse del lado de Jonathan y, según personas que conocieron los hechos, advirtió a Isak Andic de que, si no entregaba los 40 millones que su hijo pedía —que interpretaba como única salida al conflicto— abandonaría la terapia, en la que también participaban otros miembros de la familia, como sus hijas Judith y Sarah. La terapeuta favorita de la burguesía llegó a contactar con un reconocido psiquiatra, Antonio Bulbena. El médico dirigió una primera sesión muy larga con padre e hijo. Consideró que era un caso difícil, con un nudo gordiano entre ellos, pero con margen de tratamiento.
Pero finalmente el fundador de Mango accedió a seguir explorando la vía de la herencia en vida propuesta por Julia. Tales maniobras llegaron a hacer pensar a la fiscal del caso en la posibilidad de que tuviera “alguna implicación en los hechos”. Incluso se especuló con que, el martes, solicitara su imputación, lo que finalmente no ocurrió: se fue como llegó, incluso mejor, como testigo de privilegio, escoltada por dos agentes de los Mossos hasta un taxi negro de lujo que le esperaba en una rotonda; los policías le abrieron y cerraron la puerta. Una decisión que tomó el sargento responsable en aquel momento de la seguridad en los juzgados, después de que la terapeuta solicitase el acompañamiento policial por temor ante la presencia de los medios de comunicación.
La causa penal, por ahora, no la ha arrastrado, pero sí ha destruido el privilegio del anonimato y la virtud de la discreción que demandan las familias burguesas. Sin apenas presencia en internet ni en redes sociales, la única referencia a la terapeuta aparecía en una publicación del Instituto de Bellas Artes de México, donde alude a una conferencia dictada por la “doctora Lüderwaldt, psicoanalista alemana-ecuatoriana” en mayo de 2006 en Barcelona. La difusión de su imagen y su nombre amenaza con socavar una carrera que le ha llevado a tratar a familias de clase y alta y famosos, empezando por los Sánchez Vicario.
La familia de la tenista y campeona de Roland Garrós Arantxa Sánchez Vicario ha estado inmersa, desde hace años, en conflictos familiares con un trasfondo económico. Primero de Arantxa con sus padres y hermanos, y después de ésta con su expareja Josep Santacana. Fuentes consultadas por este diario explican que Julia intervino para intentar mejorar la relación entre la extenista y su hermano Javier, sin que los implicados quedaran satisfechos.
El abordaje fue distinto en el caso de la familia de Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina, a la que también intentó ayudar a su manera. Según ha explicado el director de la revista Lecturas esta semana, Julia acudió en su auxilio tras el escándalo del caso Nóos, que estaba afectando a la viabilidad de su día a día en Barcelona y también a la vida de sus hijos. La mujer intentó concienciar a la familia para aceptar que Urdangarin iba a afrontar un proceso judicial por corrupción y que probablemente, como así ocurrió, tendría que pasar un tiempo en prisión.
La infanta Cristina se sentó supuestamente en la consulta de Julia en la calle de Beethoven de Barcelona, la misma a la que asistió la paciente que pide anonimato. Con las paredes desnudas, sin ningún rótulo que anunciase que se trataba de un centro clínico, y sin títulos que acreditasen su formación, las terapias se pagaban entonces en efectivo. “La primera vez que fui con mis dos hijas, no sabía que nos cobraría por las tres y no llevaba suficiente dinero. Le dije que se lo daba cuando volviese. Amablemente, me propuso ir a casa y volver para pagarle”, recuerda.
“Me sentí estafada”, insiste esta paciente, que salió de la consulta como había entrado: sin solución a sus problemas, y dependiente. “Cuando no podía ir, me insistía. Y acababa anulando cosas por ella”, detalla. Si en un principio le provocó consuelo, con los años, la ha acabado viendo como una “chamana” con prácticas “sectarias”. “Fue mi hija la que me hizo ver que era un engaño. Me dijo: ¿Qué solución te ha dado? Ninguna. Solo te ha sacado el dinero”, detalla.
Lo cierto es que Julia no forma parte de ningún colegio profesional de psicología ni tampoco aparece en el Registro Nacional de Psicoterapeutas, como ha comprobado este diario. En una nota conjunta, las dos federaciones que agrupan a las asociaciones de psicoterapeutas (FEAP) y de terapia familiar (FEATF) recuerdan que el servicio debe ofrecerse “conforme a los principios éticos y deontológicos”, que pasan por mantener un “riguroso secreto profesional” y en fijar “límites terapéuticos para evitar conflictos de interés”. Las entidades señalan que hay “miles de psicoterapeutas acreditados” por esas entidades que ejercen “con la máxima responsabilidad, ciencia y honestidad”.
Contenido publicado el 4 de julio de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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