El Chef de la Política
Alianza PAÍS en la oposición
Santiago Basabe

Santiago Basabe

Politólogo, docente-investigador de FLACSO Ecuador y analista político. Sus campos de interés son las relaciones entre política y justicia, el funcionamiento de las instituciones democráticas y la representación política de las mujeres en América Latina.

Actualizada:

2 Ago 2020 - 19:00

El otrora poderoso movimiento Alianza PAÍS (AP) atraviesa por uno de sus momentos más críticos.

Luego de la salida de Rafael Correa y buena parte de los legisladores elegidos en 2017, se hizo evidente que más allá de la figura carismática del expresidente no existía estructura partidista y mucho menos una posición político-ideológica definida.

Los que se quedaron para afrontar la difícil tarea de representar al oficialismo tampoco supieron asumir las riendas del conflicto. Prueba de lo dicho fue la equivocada decisión de mantener al Presidente Moreno como máxima autoridad del movimiento político.

Con ello, no sólo se limitó la autonomía de la organización para iniciar un proceso de renovación interna sino que se renunció a la oportunidad de presentar una nueva oferta de gobierno que mantenga la lealtad de la porción del electorado que no siguió la línea de la disidencia.

Con el paso del tiempo, los resultados de la falta de olfato político de los dirigentes de AP se hicieron visibles: no eran parte de las grandes decisiones del Gobierno y tampoco ocupaban espacios de poder relevantes.

A la par, la bancada legislativa carecía de una propuesta específica y cohesionadora, por lo que su capacidad de maniobra y negociación frente al Ejecutivo se redujo aún más. El distanciamiento llegó a su punto extremo hace pocas semanas, cuando en la terna vicepresidencial se ignoró abiertamente a AP.

Incluir el nombre de Ximena Peña entre los elegibles, por ejemplo, pudo ayudar no solo a refrescar la relación de Carondelet con la Asamblea Nacional sino también a renovar los votos de cooperación y confianza al interior del movimiento de Gobierno. Sin embargo, nada de eso ocurrió y las recientes desafiliaciones no son sino una retaliación frente a dicho evento político.

Convencidos, ahora sí, de que no son parte del Gobierno, los dirigentes de AP buscan marcar su propio ritmo político y han señalado que propondrán candidatos propios para las elecciones de 2021.

En dicho empeño, necesariamente, deberán cubrir varios frentes. De un lado, eliminar el membrete de movimiento oficialista que ahora pesa sobre sus cabezas y que en términos electorales no les favorece en lo más mínimo. Para ello, tendrán que dar muestras públicas de que esa es su genuina intención.

De otro lado, deberán reposicionarse sobre la marcha como un movimiento de “centro”, intentando de esta forma capturar alguna porción de los votantes de 2017 que no plegaron con la Revolución Ciudadana. Finalmente, un mea culpa de los errores y desaciertos de AP en la década pasada también sería bien recibido entre sus posibles simpatizantes.

Cuán creíble resulte entre los electores el giro de AP dependerá de la sagacidad de la dirigencia y de la justa valoración del momento político que afrontan. En ese plano, el éxito proselitista para AP se traduce en alcanzar el mínimo de votos para mantener el registro ante el Consejo Nacional Electoral. Con eso, basta y sobra.

De hecho, obtener algunos espacios en la Asamblea Nacional, esencialmente en coalición con movimientos locales, sería un logro para una agrupación política en crisis identitaria y carente de liderazgos nacionales y seccionales.

De la candidatura presidencial, ni hablar. Aunque colocar un nombre en esa papeleta podría ayudar a las listas de asambleístas, su espacio real estará en el grupo de los que buscan sacar votos a unos para favorecer a otros.

Al respecto, la Revolución Ciudadana estaría muy gustosa de que un presidenciable de AP entre al juego electoral pues, contar con alguien que colabore en la dura tarea de restar apoyo a otros candidatos y no al propio, siempre será bien recibido y eventualmente recompensado.

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A juzgar por los vaivenes de la política local, un distanciamiento formal entre AP y el Gobierno no sólo podría ser interpretado como parte de la necesidad de supervivencia electoral del movimiento aún oficialista. También allí podría estar la simiente de una posterior reconciliación de los que fueron y de los que ahora son parte de AP. 

Nada extraño sería aquello pues, como dice la sabiduría popular, “la sangre llama”. Casos se han visto de retorno del líder a la agrupación política que lo vio nacer y aquí no hay motivos de fondo para pensar que estemos frente a una excepción.

Pasadas las elecciones de 2021 es muy probable que las acusaciones de traición no lleguen solo desde Bélgica sino también desde los que ahora mismo están pensando en la idea de colocar a Alianza PAÍS en la oposición.

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