De la Vida Real
Mi amiga la poeta y su esposo el escultor de caballos con alas 
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

14 Nov 2021 - 19:00

Antes de la pandemia entré a un curso de escritura creativa, donde conocí a gente increíble, entre ellas a Janeth Toledo.

Janeth escribe poesía con una delicadeza y un manejo del lenguaje únicos. Además, leía sus poemas con un tono de voz sublime. Me hipnotizaba. Cada palabra que decía sonaba a melodía. 

Un día me contó que su esposo era escultor, y yo le conté que el mío es comunicador. Intercambiamos teléfonos y a la semana siguiente llegó la cuarentena. Nos escribimos poco, pero nos caímos bien y no perdimos el contacto. 

El lunes pasado, Janeth me escribió para que fuera a desayunar a su casa, me mandó la ubicación y llegué a un lugar de ensueño. 

Me abrieron el portón y entré. Me encontré con un jardín divino y un bosque de eucaliptos. A la entrada de su casa me recibió una gorda sonreída sostenida en un muro. Era una figura de cerámica. La Janeth, además de poeta, ha sido ceramista. 

Ingresé a la casa y en el primer respiro me di cuenta de que era una casa de artistas. Hasta las paredes blancas y vacías gritaban arte.

Mi amiga había preparado arepas, fruta picada con granola, pan de siete cereales. Todo hecho por ella.

Desayunamos en una pérgola afuera de la cocina. Se escuchaban los cantos de los pájaros. Era la escenografía perfecta para una película romántica francesa.

La Janeth y yo comenzamos a hablar. Ella me contó que no había parado de leer y escribir poesía desde que comenzó la cuarentena, y yo le conté mi día a día tan caóticamente cotidiano.

Me estaba sirviendo el café, luego de haberme preparado la arepa con mantequilla, cuando llegó el esposo con un amigo español. Qué gente más encantadora. Hicimos bromas, reímos mucho y comimos delicioso. Nos quedamos en la sobremesa hasta más de las 11.

El español se levantó a hablar por teléfono. El marido de la Janeth, ‘Moris’, dijo que tenía que ir a su taller porque debía terminar un pedido.

La Janeth y yo nos fuimos a caminar. De regreso me preguntó si quería conocer el taller de su esposo. “Por supuesto”, le respondí. Si el taller era otra obra de arte como su casa, cómo no querer conocerlo. 

Lo primero que vi fue a ‘Moris’ haciendo unos planos en la computadora. Sobre los mesones había, según yo, los mismos instrumentos que tienen los dentistas, pero por miles.

Vi unos dibujos increíbles, me dio pena no haberme fijado en cada detalle. Cuando la Janeth me dio un tour por su casa me fijé hasta en los lavabos de los baños, eran de vidrio soplado. Sí, ella también trabaja en vidrio. 

El taller de su marido tiene dos pisos. Cómo me arrepiento no haberle pedido que me dejara conocer el piso de abajo.

Sobre el mesón de la entrada había una escultura mágica. Un caballo con el cuerpo de un murciélago. Me recordó a alguna figura mítica. Él se acercó y con una manivela hizo que el caballo cobrara vida. Movió sus alas, levantó su cara, y esa figura se apoderó de todos mis sentidos.

Sentí miedo y a la vez paz. Entendí lo que el arte puede hacer dentro de mí. Se me salieron las lágrimas, pero a la vez vi un toque de humor en esa escultura de madera. ‘Moris’ trajo más figuras.

Pude notar que él se divertía con su arte. Toda la ingeniería de cada pieza debe ser complicadísima, pero él disfruta creando e ingeniando cada movimiento. Se siente la felicidad que experimenta al mostrarme cada una de sus obras. 

Los pedazos de madera tallados están engranados uno con el otro como si se tratara de un reloj mecánico. Cada caballo tiene su propia personalidad. Unos hablan, otros ríen. Unos van volando, los otros galopando. Pero todos dicen algo que el tiempo no me dio para escuchar mejor.

Me despedí con la sensación de estar nutrida de poesía, de manualidades, de detalles, de arte. Salí con un eterno agradecimiento porque mi amiga me hubiera invitado a desayunar un lunes cualquiera. 

Lo primero que hice al llegar a mi casa fue ir donde mis papás para contarles mi experiencia. Mi papá me oía con una atención increíble, lo hipnoticé como la Janeth me hipnotizaba cuando leía su poesía en las clases de escritura.

Mi mamá, que es más perceptiva, me dijo:

-Valen, ¿no estarías en la casa de Maurice Montero, un escultor famosísimo?

Y yo le dije:

-No creo, porque él se llama ‘Moris’.

Mi mamá abrió la página de Google, y sí, eran su taller, su casa, sus obras. Estuve en la casa de un famoso escultor francés. ¿Han visto el ciclista de la Granados? Pues, él es el autor.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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