De la Vida Real

Año Nuevo sin rituales, pero con el ‘trencito’ de Armando

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

9 Ene 2022 - 19:00

En el año hay dos fechas que amo profundamente. El 28 de octubre, que es mi cumpleaños, y el 31 de diciembre. Son dos días en los que siento que se acaba un ciclo pero, al mismo tiempo, se abre otro nuevo, aunque al día siguiente todo siga igual.

Me encanta hacer rituales, promesas que año a año juro cumplir. Siempre las mismas, pero con algún toque diferente.

Este 31 decidí firmemente no hacer ningún ritual. No escribir cartas eternas que luego son quemadas junto al viejo.

Tampoco me provocó embutirme las 12 uvas en menos de un minuto, ni correr con la maleta apuradísima.

Quise ser libre y esperar en santa paz la llegado de las 12 de la noche, y dar los abrazos respectivos.

Este año nos fuimos a la playa, al hotel de mis abuelos en Same. Unos amigos, que estaban en Casa Blanca, vinieron a cenar con nosotros y a pasar el último día del año juntos.

Nos trajeron la cena: almejas al vino. Plato fuerte, pescado en salsa de mariscos y de postre, mi favorito: tiramisú.

Los administradores contrataron a un grupo de marimba, Tierra Negro. Fue hermoso que mis hijos vivieran lo mismo que yo viví en el mismo lugar.

Cuando era chiquita y hasta bien entrada la adolescencia, siempre en El Acantilado, contrataban a Petita Palma, que brindaba un show de marimba espectacular.

A mi abuelo le encantaba, y lo qué más disfrutaba era el rato en que las bailarinas le sacaban a bailar. Es raro como, con el paso de los años, los recuerdos se hacen cada vez más vívidos.

Luego de este espectáculo de color y ritmo, pusieron música playera. Carlos Vives, Maluma, la típica música para empezar el baile.

Cuando de repente aparece un chico, con facha más de chica, vestido con zapatos de luces, medias rosadas, un traje verde y pelo decolorado de amarillo, y se pone a bailar.

Nadie entendía bien qué hacer. Creo que los clientes y los locales estábamos absolutamente desconcertados. Prendió el micrófono y dijo: “El año se lo despide gozando” y comenzó el festejo.

Fue realmente una situación chistosa, todos nos quedamos mirando, tratando de descifrar qué pasaba.

Armando, así dijo que se llamaba, se me quedó viendo: “Vamos al trencito con la debida distancia”, y al ritmo de merengue fuimos haciendo que todos los presentes de todas las edades y géneros se unieran.

Hasta ahora no puedo entender cómo logró que todos bailáramos una mezcla entre la bailoterapia y el ritmo libre.

Las personas que estaban sentadas se pararon y hacían desde su puesto los pasos. Cómo sudamos, cómo gozamos, cómo nos reímos.

Armando armó la grande por más de una hora. Terminamos agotados. Mi hija estaba tan acalorada que se puso terno de baño y se metió a la 01:30 de la madrugada a la piscina.

Definitivamente, dejar que fluyan las cosas fue la mejor decisión que pude haber tomado este año.

El Wilson, mi marido, se cansó de tanto baile y que me dijo que no jalaba más y se fue a dormir.

Me quedé con mis tres hijos y otros huéspedes del hotel, todos niños, que decidieron mantenerse despiertos hasta ver el amanecer. No podía decirles que no, porque nosotros, cuando éramos chiquitos también queríamos hacer lo mismo.

Nunca lo logramos, pero era ese el objetivo de fin de año, quedarnos hasta las seis de la mañana y meternos al mar ni bien saliera el sol.

Mis amigos se fueron y me quedé sola. En un lado estaban mis primos con unos amigos. Ninguno mayor de 25 años, y en el otro lado los niños que no tenían más de 14.

Tuve una crisis existencial de ser casi cuarentona y no saber a qué grupo dirigirme, ni en cuál permanecer, pero sola y aburrida no me iba a quedar.

Ninguno de los bandos me dijo que fuera con ellos. Así que descaradamente me fui donde mis primos. Y apunte al trago barato, nos dieron más de las tres de la mañana. Conversar con otra generación fue revelador.

Unos de los chicos me dijeron: “No puedo creer que tengas tres hijos. Yo te daba a lo mucho unos 29. Se me hizo rara tu forma tan anticuada de hablar. Utilizas frases que dice mi mamá, y ella ya tiene 45 años”.

Me entró la conciencia maternal y, responsablemente, fui a verles a mis futuros adolescentes para llevarlos a dormir.

Me pidieron quedarse un rato más. Estaban fascinados oyendo, junto a la fogata, historias de anacondas gigantes y de fantasmas perdidos, que el guardia les contaba.

El Rodri me abrazó y se quedó dormido. Apagamos la fogata y nos fuimos a descansar.

Ver el amanecer quedará para 2023.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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