Efecto Mariposa

La aporofobia es una de las peores enemigas de la paz

Yasmín Salazar Méndez

Yasmín Salazar Méndez

Profesora e Investigadora del Departamento de Economía Cuantitativa de la Escuela Politécnica Nacional EPN. Doctora en Economía. Investiga sobre temas relacionados con pobreza y desigualdad.

Actualizada:

30 Jun 2022 - 19:02

El término aporofobia (del griego áporos ‘pobre’ y ‘fóbos’ miedo​​) fue creado por la filósofa española Adela Cortina para conceptualizar el miedo, la aversión y el rechazo hacia las personas pobres o desfavorecidas.

Cortina venía proponiendo el reconocimiento de la palabra desde 1995, pero solo en 2017 la Real Academia Española la agregó al diccionario.

Así, la filósofa esperó e insistió con la oficialización del término durante 22 años. Al ser consultada sobre las razones para perseverar tanto tiempo, ella respondió que era necesario que este fenómeno tuviera un nombre para que seamos conscientes de su existencia y lo incorporemos en nuestros diálogos y reflexiones.

El miedo y el rechazo a las personas pobres son reales y deberíamos reconocer que, queriendo o no, podemos caer en actitudes y comportamientos de aversión hacia este grupo de personas, lo cual no sería nada raro, pues según Cortina tenemos por naturaleza un cerebro aporofóbico.

Esta no es una mala noticia, no quiere decir que estemos condenados a vivir con conductas de odio hacia las personas pobres; por el contrario, el reconocimiento de la aporofobia puede abrirnos el camino hacia su erradicación.

Para esto, es necesario saber si experimentamos fobia hacia los pobres y desfavorecidos.

Esto puede resultar duro y conflictivo para una persona, sin embargo, no esconder la aporofobia es el paso obligatorio para ir más allá y convertirla en objeto de análisis, crítica y emprender acciones que permitan su eliminación.

A continuación, les presento algunas señales que pueden indicar la presencia de la aporofobia.

Sobre la posibilidad de que las personas pobres de Ecuador experimenten rechazo por su condición económica, las cifras sugieren que no estamos exentos de este tipo de comportamientos.

Según la encuesta Latinobarómetro de 2020, el 21% de los encuestados cree que, en Ecuador, las personas pobres son las más discriminadas. Este porcentaje está por encima de la discriminación a los indígenas (11%) y a los afrodescendientes (7%).

A nivel individual, la aporofobia no se presenta necesariamente con ataques directos de odio, rechazo o miedo, también se puede presentar a través de la invisibilización de la situación de las personas necesitadas; no estorba lo que no es visible.

Estos comportamientos no son inmediatos ni tan frontales, es decir, no es que alguien ve a una persona pobre y en seguida la empieza a odiar.

En parte, la aparofobia es fruto del desconocimiento de la dinámica de la pobreza crónica, y de creer que esta tiene puertas de salida fáciles o que la solución viene con acciones aisladas (caridad en la Navidad) o alejadas de la realidad (la solución es que las personas pobres ahorren, cuando algunas viven con menos de USD 1 diario; o decirles que trabajen y no sean vagos).

Por otra parte, para llegar a la aporofobia hay que pasar por un proceso de supresión gradual de la compasión y la empatía. Esto se logra a través del consumo sin sentido crítico ni analítico de estereotipos y prejuicios sobre las personas pobres, debido a que estos permiten justificar a los ojos del resto, y a los de la propia conciencia, una postura de aversión o invisibilización de los más desaventajados.

Para ilustrar esta parte me permito colocar una frase que tomé de Mayra Arena, una estudiante argentina de Ciencias Políticas que se volvió famosa por su charla: ¿Qué tienen los pobres en la cabeza?

Según Arena: “Lo que más se pregunta la gente es qué tenemos en la cabeza los pobres cuando nos ven con muchos hijos. La gente se desespera cuando ve que los pobres tenemos hijos”.

Este hecho bien se puede aplicar a la realidad ecuatoriana, lo he escuchado y leído en múltiples ocasiones; sin embargo, quienes argumentan que los pobres tienen más hijos están en lo cierto.

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (2018) del INEC, en Ecuador, las mujeres que viven en la zona rural, la más pobre del país, sí tienen más hijos.

Se estima que, en promedio, cada mujer de 15 a 49 años podría tener 2,5 hijos en el área rural, y 2,1 en la zona urbana.

Una de las razones que explicarían el hecho de que una mujer tenga más hijos es el nivel de escolaridad. Usando datos de la misma encuesta, en Ecuador los años de escolaridad promedio son: 7,4 en el área rural y 10,2 en la zona urbana.

Desmenuzando cómo la escolaridad influye en la cantidad de hijos que una mujer tiene, se presentan algunas razones que permiten explicar esta tendencia:

  • La edad de la primera unión de las mujeres con más años de educación formal es mayor que la edad de las mujeres con pocos años de escolaridad.
  • La educación también influye de manera positiva en el uso de métodos de anticoncepción. 
  • Un mayor nivel de escolaridad incentiva a que las mujeres participen en la vida laboral, y esto puede provocar que los nacimientos sean más espaciados o que una mujer postergue la maternidad.

Por último, las mujeres con bajos niveles de escolaridad tienen una mayor probabilidad de ser pobres, por lo que también es más probable que no tengan los recursos para adquirir un método anticonceptivo.

Esta situación podría empeorar debido a la pandemia de Covid-19 pues, según un anuncio realizado recientemente por el Fondo de Población de las Naciones Unidas, debido a la interrupción de los servicios de salud y al aumento de la pobreza por la pandemia, las mujeres de menos recursos han dejado de usar métodos anticonceptivos modernos en América Latina.

Entonces, en general, las mujeres pobres sí podrían tener más hijos, pero las causas de esto están asociadas con su misma pobreza que se traduce en el limitado acceso a educación y a servicios de salud.

Así, la solución parece que no está en denigrarlas, sino en exigir, como ecuatorianos, que pagamos nuestros impuestos, que haya salud y educación de calidad para todos, sobre todo para los más pobres.

Esta columna fue inspirada en los múltiples comentarios que se emitieron para manifestar la justificada molestia frente a la movilización de la Conaie. Hay motivos de sobra, para incluso tener miedo de las movilizaciones, las consecuencias nefastas y el terror de octubre de 2019 y de junio de 2022 son innegables.

Sin embargo, la solución no es insultar a las personas pobres o cerrarles las puertas invisibles de las ciudades. La solución tampoco es matarnos y herirnos con palabras, ni enfrentarnos entre ecuatorianos.

Como lo pudimos comprobar en estos días, la pobreza no afecta solo a los pobres, es un problema de todos.

En lugar de enemistarnos y odiar a las personas desfavorecidas, podríamos sacar a flote nuestra naturaleza cooperadora, y también nuestros propios intereses, como el de vivir en paz, y demandar al Gobierno del presidente Lasso que la política social sea una prioridad.

El gobierno debería aliviar la situación de las personas pobres no solo por cuestiones morales, sino para proteger al país de otros conflictos e incluso preservar la democracia. Si no se empieza a diseñar y ejecutar una política social organizada, estructurada y que atienda a las necesidades actuales con urgencia, el próximo año repetiremos la pesadilla del paro y, bajo ese pretexto, se desatará una nueva guerra en el país.

No más aporofobia. No más odio por los más pobres y desfavorecidos, pues ese es uno de los componentes esenciales para construir el Ecuador de paz que merecemos.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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