De la Vida Real
Lo que aprendí y sigo aprendiendo tras una década de ser mamá
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

15 Nov 2020 - 19:00

-¿Qué quieres por tu cumpleaños, rey?

-Má, quiero una lasaña de carne con full queso, una torta de chocolate y alguna ropa deportiva.

Cuando nació tuve un sentimiento raro, sentimiento para el que no estaba preparada. Durante el embarazo hice muchos cursos prenatales, contraté una partera y leí más de ocho libros sobre embarazo, lactancia y crianza.

Pero en ningún lugar me explicaron que, cuando un bebé nace, llegan los miedos, que la incertidumbre invade y que el tal llamado instinto maternal se despierta con el tiempo, no con el parto.

Luego de haber intentado dar a luz durante más de 18 horas, me hicieron cesárea, algo para lo que tampoco me había preparado.

Pero mi hijo tenía que salir como sea. Tranquila de no sentir más dolor, el doctor me entregó a un ser humano totalmente distinto al que imaginé.

He ahí el problema de idealizar la maternidad. 

Era un niño con una cabeza gigante. Siempre supe que los bebés recién nacidos eran feos, pero este, mi hijo, era hermosamente feo.

Con mi marido, le contemplamos por horas, le besábamos y le cargábamos.

-Oye, Chi, ¿qué vamos a hacer con un bebé por toda la vida? Le pregunté, desconcertada.

-“Nada, solo darle amor y educarle. Algún rato ha de crecer” Me dijo, en tono de consuelo.  

Estábamos los tres solos en esta conversación tan seria y profunda. Me acuerdo de que yo tenía 28 años y el Wilson, mi marido, 31. Y no teníamos idea de qué hacer con esta criatura.

En eso, alguien golpeó la puerta de la habitación. Era mi tía Cawi, quien nos traía un regalo para el bebé y un perfume de té verde para mí.

No hizo falta ni una sola palabra. Se dio cuenta de inmediato que éramos unos inexpertos en la materia de la crianza.

–¿Le cambiaron el pañal?

–No. Le respondimos.

–¿Le dieron de comer?

–No. Volvimos a decir.

Nos dijo: “Los bebés no viven solo de amor”. Con toda la paciencia y ternura del mundo, le cambió el pañal y me explicó cómo se debe dar de lactar.

Hasta ahora agradezco que nos haya ido a visitar a primera hora del día. Fue el ángel de la guarda que el instinto maternal nos mandó.

Llegó, nos orientó y se fue. 

Me quedé sola con el bebé. Le acosté en la cama y le expliqué que es obvio que le amo, pero que me dé tiempo para irnos conociendo. Él entendió. Estoy segura de que hasta sonrió.

De esto han pasado diez años, diez años que se han llenado con días de puro aprendizaje. Él me enseña a ser mamá y yo le enseño a ser el mejor ser humano que puede existir.

Ahora que el tiempo ha pasado, nos peleamos mucho, nos reímos más, y no sufrimos tanto.

Cuando era chiquito no entendía cómo un ser puede ser tan espantosamente hermoso; ahora, no entiendo cómo un niño puede ser tan antipáticamente encantador.

En la maternidad y en la educación, nada está escrito. Todo depende de las circunstancias en las que uno está caminando. He aprendido que cada mamá es un mundo para cada hijo.  

Nunca desarrollé a plenitud el instinto maternal, pero veo que el resultado de ser la mamá y de que él sea mi hijo es mucho mejor de lo que esperaba. Ya he dejado de leer libros y de ver programas sobre crianza.

Me he relajado un poco en la búsqueda de la perfección y la súper estimulación. Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que la cabeza tarde o temprano se armoniza con el cuerpo.

Cuando era chiquito sentaba a mi hijo y el pobre se caía. “Es por el peso de la cabeza”, me explicaba mi papá. He ido entendido que la naturaleza sabe cómo hace las cosas.

En esta década cómo mamá, me he dado cuenta de que todo pasa. Cada etapa se termina al instante que comienza otra. Y, muchas veces, por estar estancados en educarlos “bien” nos perdemos el privilegio de calmarlos con abrazos en un emperro, de permitirles que se pasen de cama, porque, según dicen, no está bien que duerman con nosotros.

Al final, los niños crecen, las mamás nos cansamos y todo se olvida. Lo importante, creo yo, es llenarles de besos y de seguridad. La maternidad para mí se ha vuelto como una taza de chocolate: se disfruta igual caliente o fría. Total, en diez años más este niño cumplirá sus veinte. 

–Má, ¿qué haces?

–Tu lasaña, mi rey.

–¿Te ayudo?

–Bueno. ¿Puedes menear esa olla, porfa?

–Má, gracias por ser mi madre.

–Gracias por ser mi hijo, Pacaí de mis amores.

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