Panorama Global
Y así fue como Yaku Pérez se quitó la “mascarilla”
Matías Abad Merchán

Matías Abad Merchán

Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca. Es profesor titular de Estudios Globales en la Universidad del Azuay.

Actualizada:

20 Feb 2021 - 19:03

Desde su aparición en los primeros lugares de las encuestas presidenciales, en octubre del año pasado, Yaku Pérez se presentaba como el outsider con mayor prospección de crecimiento. 

Su discurso ambientalista y posiciones en favor de la ampliación de derechos, así como su especial habilidad para conectarse y reconocerse con la gente de los segmentos más populares, generó una razonable incógnita respecto a la posibilidad de hacerse de buena parte del segmento de indecisos. Resultado que finalmente sí ocurrió. 

Desde el inicio, su campaña tuvo una clara estrategia: esconder bajo el tapete el ideario de extrema izquierda y lanzar mensajes frescos y moderados que encajaban en el centro ideológico, segmento que -hasta el despegue de Xavier Hervas- no contaba con mayor representación. 

Su campaña tuvo una clara estrategia: esconder bajo el tapete el ideario de extrema izquierda y lanzar mensajes frescos y moderados.

Yaku habló de apoyar el acuerdo comercial con los Estados Unidos, de generar un marco legal apropiado para la generación de empleo o incluso de buscar la pericia de un grupo de empresarios para asesorarse y gobernar. Sonaba razonable y hasta creíble.

Este moderado personaje llegó a ser tan bien fabricado que no faltó quien, siendo incluso de la vereda ideológica contraria, se entusiasmó con la posibilidad de tenerlo en segunda vuelta para armar un frente patriótico que anulara al correísmo. 

Desde el 7 de febrero, a medida que avanzó el conteo de votos y se clarificaron los resultados de la elección, la ilusión del Yaku estadista se ha ido desvaneciendo y ha dejado al descubierto su verdadera esencia de activista radical.

La ilusión del Yaku estadista se ha ido desvaneciendo y ha dejado al descubierto su verdadera esencia.

Durante la reunión celebrada en el Consejo Nacional Electoral (CNE) para definir el supuesto acuerdo para el recuento de votos, mientras nos distrajimos con la algarabía de la ‘unidad nacional’ también quedó latente su poca voluntad de conformar un frente común para la segunda vuelta y su férreo anclaje en la narrativa correísta respecto a la figura de Guillermo Lasso. 

La falta de liderazgo de la autoridad electoral para conducir y ejecutar el acuerdo, sumado a un incómodo intercambio de peticiones y tuits de ambos bandos, tuvo como corolario la incendiaria rueda de prensa del miércoles 17 de febrero.

En este acto, Pérez dejó a un lado las formas y no tuvo recelo en referirse a Lasso como “delincuencia organizada”, “corrupto” y de acusarlo de haber perpetrado un fraude gracias a un “pacto satánico” con Nebot y Correa. Todo esto, sin presentar pruebas ni argumentos sólidos. Su verdad está por encima del resto. 

Con un discurso de barricada, llamó a sus bases a ejercer presión desde la movilización social. Era el espacio que necesitaba para reafirmar su liderazgo a la interna, tan cuestionado -y hasta saboteado- por el ala más radical que siempre lo acusó de haberse ‘derechizado’. 

Pérez dejó a un lado las formas y no tuvo recelo en referirse a Lasso como “delincuencia organizada”.

Una vez proclamados los resultados, se abrirá el lapso para las impugnaciones en donde el equipo jurídico de Pérez tendrá la oportunidad de presentar las contundentes evidencias que señala tener. 

De ratificarse el resultado, la estrategia de Pérez quedó clara: colocar en la opinión pública el relato de ese ‘pacto satánico que le robó la Presidencia’, posicionamiento que le alcanzaría para, desde el 24 de mayo, liderar la oposición al régimen de quienquiera que resulte elegido.

Así mantendrá su nombre vivo y su causa vigente para, en 2025, volverlo a intentar. 

La estrategia de Pérez quedó clara: colocar el relato de un ‘pacto satánico que le robó la Presidencia’.

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