De la Vida Real
Estoy atrapada en una brecha generacional nada alhaja
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

4 Jul 2021 - 19:00

He llegado al punto de enfrentar el paso del tiempo, algo que he tratado de evadir por completo. Siempre he creído que cumplir años es hermoso. Un año más de vida. Un año lleno de experiencias y sabiduría. Doce meses más para descartar cosas que antes nos atormentaban y ahora ya no.

Cada año nuevo, nos acerca un poquito más a la meta de liberarnos de los prejuicios. Esta filosofía iba perfectamente conmigo hasta hoy.

El sentirnos eternamente jóvenes no solo físicamente, sino espiritualmente, es el peor error que podemos cometer los adultos porque, a estas alturas de nuestras vidas, los jóvenes nos están traumando.

El primero que me hizo notar la brecha generacional, entre ellos y nosotros, fue el profe de caballo de mi hija. El profe Alejo, un jinete profesional que siempre me saluda con una sonrisa encantadora: “Buenos días, seño. ¿Cómo le va?”.

Ese es el instante exacto en el que me siento toda una madre de familia. Me suelto el pelo, que está lleno de canas, saco mi celular del bolsillo trasero del pantalón roto y me digo a mí misma: “debo asumir que la adultez llega con dignidad”.

Si una es cautelosa a la hora de captar las señales de esta brecha generacional, puede darse cuenta de que está ahí presente cuando los hijos empiezan a hablar un idioma que no podemos decodificar.

El otro día, mi hijo, de diez años, me interrumpió mientras les contaba sobre una película que acababa de ver: “Má, cálmate. Es algo totalmente aleatorio. Eres tan ‘random’ a veces. Nunca hagas ‘spoiler’ de la película”.

Desconcertada y humillada, fui a Google a buscar el significado de esta frase, pero nada me cuadraba, así que tuve que llamar a mi primo, de 23 años, a pedirle que me explicara el contexto. Se rió y me dijo: “Valen, hay cosas que solo son ‘random’. Fresquéate”.

Sí, debo reconocer que hubo un silencio. Sentí que era el silencio más simbólico de mi vida. Era un luto. He dejado mi juventud para convertirme en una adulta.

Hay que ser sinceros. Todo esto pasa por criticar tanto a los demás. Los adultos, de entre 30 y 45 años, que hablan con términos modernos, me suenan estridentes. Dicen: “Sí, pasamos hermoso, pero así mal plan. Literal mal plan”.

Mi cerebro empieza hacer un proceso de asociación: “Significa que pasaron a lo bestia”. A la palabra ‘literal’ simplemente la ignoro, para no hacer un sobre esfuerzo mental, y así quedarme tranquila.

O cuando comentan: “Es que esa chica es tan tú”, mi cerebro empieza a buscar la relación. Y pienso: “Esa chica se parece a mí”, y puedo seguir con la conversación. Así es como debe funcionar el cerebro de un traductor simultáneo.

Me cuesta hablar como adulta ajuvenizada, pero respeto que cada quien tenga su proceso para envejecer.

Mi vocabulario no ha variado desde que salí del colegio. Me cuesta mucho introducir nuevas frases, entonces creo que sueno bastante obsoleta.

Mis expresiones se resumen en: “qué del putas”, “qué bestia”, “un cague”, y todo adjetivo calificativo debe terminar en “azo” y con la f al final de la palabra. Es un dialecto quiteñazofff además, suena cheverazofff, ¿si o quefff?

En mi juventud tampoco me atrevía a decir palabras novedosas, como al frío llamarle “pacheco” o a la casa, “caleta”. Eran palabras que entendía sin tener que hacer ningún tipo de conversión mental.

Pese a no usarlas, siempre estaban dentro del contexto. Una vez, hice el ridículo por tratar de parecer la chévere.

Unos ‘manes’ me dijeron que ‘weed’ significa ‘chela’, que es lo mismo que cerveza. Pedí una ‘weed’ y vi cómo todos se morían de la risa cuando la señora de la tienda dijo que eso no vendía y me aconsejó, por más de una hora, que no fuera por el mal camino. Entonces me tocó interpretar mentalmente que ‘weed’ era lo mismo que marihuana, pero en inglés.

Las brechas generacionales de hoy, definitivamente, no se caracterizan por la vestimenta ni por el uso de tecnología sino por el lenguaje. Siento miedo de que, con el paso del tiempo, mis sobrinos, mis hijos o los amigos de mis hijos piensen que soy anticuada, como yo pensaba que lo eran mis tías y mis papás, que contaban: “pasamos bomba” o “bailamos como perinolas”.

Lo cierto es que cada vez más el español se está fusionando con el inglés. Ahora todos hablan en un estilo remix. Me preocupa el futuro de los traductores simultáneos, que van a desaparecer en un par de años.

La vida pasa, los años pasan y la juventud sigue siendo, como dice mi abuela, muy alhaja, palabra que uso a diario y mis hijos también. Seguramente, palabra en peligro de extinción dentro de esta modernidad actual, que algún día será parte del pasado.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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