De la Vida Real
Bahía de Caráquez se ha puesto de pie y con sus mejores galas
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

8 Nov 2020 - 19:01

El año pasado fuimos a Bahía de Caráquez en las vacaciones de verano. La impresión que me dejó fue la de una ciudad bombardeada: destruida, con las calles rotas, los edificios en ruinas y la gente triste.

Lo que más me impresionó fue la cantidad de polvo que había por todas partes. La pasamos bien, pero regresé con nostalgia, nostalgia de esa ciudad playera que se prende de fiesta y algarabía cada vez que hay feriado.

Pero luego del terremoto de 2016, esta ciudad se apagó o al menos con esa sensación me quedé.

Ahora regresamos, y Bahía ha vuelto a nacer. El nuevo malecón no tiene nada que envidiar a ningún otro del mundo. La gente sonríe, pese a andar con la mascarilla en media barbilla. Saluda mientras van en bici. Ahora siento que Bahía se ha puesto de pie, se vistió elegante y esperó a sus invitados en este feriado.

Sus calles, una vez más, están llenas de carros con música a todo volumen. Hay venta de pescado y choclo con mayonesa y queso. 

La gente ha vuelto a hacer fila a la espera del pan de yuca con yogur. No encontré, por más que busqué, dónde era el lugar en el que vendían los helados de menta más ricos que han podido existir.

El señor que atendía era realmente antipático. Íbamos ilusionadísimos a hacer la primera compra de la tarde. “Tres helados, por favor”. Y él nos respondía: “Vuelva luego, que los helados no han cuajado”. A los 20 minutos, regresábamos y nada. Los helados seguían cuajando.

Son recuerdos de la infancia, recuerdos que ahora han vuelto. Tal vez, la cuarentena a esta ciudad le ha sentado bien. Está fresca y renovada. La gente sale a las calles a vender, y otras salimos a comprar. Me acuerdo que uno de los máximos atractivos de venir a Bahía era ir donde una señora costurera que nos hacía los ternos de baño.

Llegábamos el primer día a que nos tomara las medidas, y las prendas eran entregadas el último día. Eso tampoco hay, pero hay una costurera que tiene su puesto de ropa al comienzo del malecón. Vende solo ropa de playa de todas las tallas.

Ella misma, al instante, hace los arreglos en su máquina de coser para que la prenda quede a la perfección. “Aquí le entregamos a su gusto y lo que guste, mi niña. Venga y sin compromiso se prueba”. Bahía evolucionó junto a las exigencias de los turistas.

Ir en la mañana a buscar los mejores encebollados para desayunar es toda una aventura. Con todas las medidas de seguridad, este plato tan cotizado se entrega en tarrinas previamente desinfectadas, para que ahí mismo se pueda comerlo o, si se quiere, para llevar.

Bahía se pudo quedar en el lamento de haber sido destruida, pero ¡qué va! La ciudad se levantó con fuerza y dignidad.

Es solo tener ganas de hacer algo, que Bahía se encarga de cumplir el deseo.

¿Ganas de hacer un paseo en bici? Se alquila una. ¿Ganas de ir a dar una vuelta en kayak? Es cuestión de pagar cinco dólares por 30 minutos. ¿Ganas de comer mangos? Solo hay que pedir en cualquier casa que te regalen unos pocos, y los dueños de los árboles felices te ayudan cosechar.

Creo que difícilmente hay gente más cordial y generosa que la gente de aquí. Bahía es la fusión perfecta de una ciudad moderna, con un supermercado gigante y edificios inteligentes, y en la misma cuadra están las clásicas tiendas de barrio y las casas de madera, con los balcones adornados de plantas.

Es una mezcla armónica entre lo antiguo y lo moderno. Y es que ahí está la magia, en esta sinergia de tiempos.

Antes, para poder llegar, había que esperar por horas una gabarra chiquita y oxidada, que era parte de la aventura. Esos detalles tal vez se extrañan, pero en realidad agradezco que ahora haya un puente que une a Bahía con San Vicente y que no sea necesario esperar horas para cruzar.

Bahía no deja de sorprenderme. No está libre de coronavirus, pero tampoco se ha encerrado a la espera de que las cosas mejoren. Bahía es desafiante y con todas las medidas de precaución ha salido adelante.

Su gente –su gente alegre y amable– advierte que, si no usas mascarillas, la multa será de USD 100, porque si ellos se cuidan para que los turistas vengan y estén a salvo, ellos, los que vienen de vez en cuando, deben también cuidar a los que viven en estas tierras.

Ahora me voy feliz. Me quedo con la sensación de haber pasado este feriado en una tierra donde lo que se planta florece, y si cae la plaga, se fumiga, pero Bahía jamás se detiene. 

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