De la Vida Real
La belleza al desnudo reflejada por fin en mi propio espejo
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

28 Feb 2021 - 19:02

No soy tan twitera, pero de cuando en cuando entro a darme un tour virtual. Desde hace algún tiempo, me llama mucho la atención una periodista deportiva que pone fotos de ella, en las que es evidente su extrema delgadez.

Me detengo a leer los comentarios. Muchos defienden su elección de ser delgada y le dan ánimos para que siga así, como queriendo buscar su aceptación. Otros no. Otros son mucho más críticos y le aconsejan que coma.

Ella dice que sí come, pero su cuerpo grita a todo volumen que no es así. Obviamente, pone sus fotos, y estas causan controversia. Yo no escribo nada, pero tengo un punto de vista al respecto. Ni la delgadez extrema es buena ni la gordura extrema es sana. 

Siempre he sido gordita -épocas más, épocas menos-, pero he luchado con el sobrepeso desde el día en que nací. Además, he amado comer desde que probé el primer bocado. Por suerte, hasta ahora no he tenido problemas de salud.

Y eso ha sido por pura suerte, porque he tomado todas las pastillas existentes para adelgazar y hasta me puse la malla lingual. Todo con tal de ser flaca.

Pero, a dos años de cumplir los 40, me veo al espejo y sonrío. Veo mi cara y me enfrento con una mujer cada vez menos acomplejada y un poco más libre de prejuicios. Me ha tomado muchos años y muchas luchas llegar a enfrentarme y dejar de evadirme.

Cada vez me gusta más ver mi cuerpo, me veo la barriga y ya no la odio, porque digo: “Qué bestia, he dado la vida a tres hijos. Y, si pudiera, volvería a estar embarazada cientos de veces más”.

Mi cuerpo no se compara con ninguno de los cuerpos de las modelos o de las chicas fitness que aparecen en las publicidades y en las redes sociales. Eso es algo evidente, pero tampoco quiero parecerme a ellas. Ya no. Tal vez antes sí, y esa era mi lucha.

Soñaba con ser flaca como si ese fuera el único objetivo importante en mi vida, pesar menos de 60 kilos. Ahora me veo al espejo y veo mis piernas y las quiero, pese a la celulitis y a las estrías. Pero tengo piernas, y son hermosas, pienso.

Están un poco flácidas, así que de cuando en cuando entro a unas clases por Zoom para hacer un entrenamiento que me encanta. Luego, durante días, no puedo caminar por el dolor muscular. Me gusta verme al espejo y saber que, si estoy cansada, me puedo quedar durmiendo un poquito más y no ir a entrenar. 

Ya no es mi prioridad sacarme el aire para adelgazar. Creo que con la edad le veo a mi cuerpo hermoso (seguramente no lo es). Y hace 20 años, cuando lo odiaba con todas mis fuerzas, sí lo era.

Ahora, aprendí a tener una alimentación consciente. No bajo ni un gramo o tal vez sí he bajado. Ya no me peso, porque era un problema en mi vida. Estar anclada a una balanza solo tenía el efecto contrario en mí. Me deprimía y comía como loca, porque no había bajado nada, me sentía fracasada y me castigaba por no tener voluntad.

Desde hace algunos meses, estoy con una nutricionista que me enseña a comer de manera consciente y sin sentir culpa.

“La comida no es un pecado. Si en una comida te excedes, en la siguiente comes conscientemente. La comida es necesaria. Debes aprender a comer para alimentarte, no para refugiarte en ella”, me dice. Estoy entendiendo, día a día, a tener una buena relación con la comida y canalizando mejor mis frustraciones. 

El otro día, estaba con unas amigas, y la conversación se centró en la liberación que es no pintarse el pelo y lo lindas que se ven las canas con un buen corte, lo especial que es no operarse los senos y la utilidad de usar un buen sostén, lo importante que es saber comer y hacer ejercicio, para no llenarse de lipos.

Nos aconsejamos pastillas para los dolores musculares y no para adelgazar. Compartimos las marcas de cremas que usamos para las arrugas, y ninguna pasaba de los UD 10.

En vez de dietas, nos recomendamos libros y series. La mejor confesión fue el odio a la faja, porque a todas nos aprieta el alma. Fue lindo saber que hay gente que todavía piensa que la belleza está en ser feliz y no en matarse en vida para verse regias.

Verse al espejo y podernos decir: “Soy una chévere”, sin importar si estás gorda o flaca. Verse y poder gustarse, así como uno es al desnudo.

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