De la Vida Real
Biólogos, arquitectos, decoradores aficionados y una casita de bambú
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

4 Abr 2021 - 19:02

Cuando mi ñaño y yo vivíamos en la casa de mis papás, había algo que nos paralizaba por completo. Era cuando mi mamá decía: “Está de ampliar…”

Y al día siguiente en la casa había maestros y volquetas con arena, ripio y cemento. Todo se movía de lugar, desde las camas hasta la economía familiar, porque cada obra venía con un reajuste económico brutal. 

Mi mamá no es arquitecta de profesión, pero sí de vocación. Mi abuelo era el arquitecto, y creo que mi mamá aprendió de él.

Lo cierto es que cada vez que había una obra en la casa, a las seis de la mañana sonaba el teléfono. Era mi abuelo, que llamaba para ver cómo va la obra de la Catita. Mi mamá le respondía: “Papá, no tengo idea de las medidas del techo. Tú eres el arquitecto”. 

Eran el equipo perfecto: la una lanzaba la idea, y el otro la ejecutaba sin premeditación. Así, año a año, nuestra casa se fue ampliando. Primero, fueron los cuartos, luego la cocina, la sala, el comedor, el patio, el otro patio y la lavandería.

Mi ñaño y yo crecimos en una construcción perpetua.

La labor de mi papá quedaba en ser el decorador de interiores, y esto estaba claramente establecido según la moda de la época. Había veces en que la casa se volvía minimalista y, otras, absolutamente rococó. Al final, mi mamá intervenía sutilmente.

Y así fue como una casa diminuta se transformó en una casa de ambientes amplios y muy bien decorados. 

Mi má le decía al maestro: “Alarguemos hasta donde dé la caída del techo”. Para mí, esta frase era algo incomprensible, hasta el viernes pasado. Entendí a lo que se refería y, de paso, me explicaron lo que significa ‘media agua’ y ‘a dos aguas’.

Todos los días se aprende algo nuevo y, todos los días, nos vamos pareciendo al ser que más amamos en la vida.

Me levanté en la madrugada a tomar agua y me dije: “Está de ampliar esta casa”.

Me quedé despierta tratando de ver cómo podía ampliar algo que mide 90 metros cuadrados. Pero yo no entiendo nada de construcción. Con decirles que, si me dan un plano, no tengo idea si está al revés o al derecho, si va al norte o al sur. Mucho menos voy a entender dónde están el este o el oeste. 

Si construía algo, debía ser algo fácil, simple, que no nos complique la vida, nada que implicara botar paredes. Decidí ver casas prefabricadas.

No necesitaba nada muy complejo, solo un lugar para ver la televisión y una oficina, dos espacios fundamentales en esta pandemia. Hasta que, buscando, encontré las casas Caemba, que son prefabricadas y de bambú. Las arman en tres días.

Me pareció la mejor opción. Como mis tíos dirigen esta fundación, a las seis de la mañana le llamé a mi tío, Manuel, para ver si era posible comprarles una casita. Ellos trabajan en eso. Ayudan a miles de familias de la Costa. 

Me dijo que claro, me dio los costos y solo pidió que el piso estuviera nivelado. Ni bien se despertó mi marido, le conté la ideaza que tuve.

“Eres un genio”, me respondió feliz y me dijo: “Pero, mi vida, creo que sí debemos contarle a tu mamá, a ver qué opina. Ella entiende de estas cosas”. 

-Aló má. Tengo una idea para ampliar la casa.

-Ya bajo a ver.

En su mente hizo un plano de dónde iba a ir la unión de las dos casas.

Para no alargar la historia, mi mamá está feliz como arquitecta. Se siente el ser más realizado del mundo. Nos hizo sacar un préstamo en el banco, porque la casita Caemba debe tener cimientos sólidos, y unos lindos acabados.

Ella habla con el maestro, decide dónde van a ir la puerta y el balcón. Resolvieron que tenemos que poner una canaleta de 20 centímetros de ancho para que empaten los techos, porque mi casa resulta que ha sido de ‘dos aguas’.

Mi tío Manuel ha venido algunas veces para dar indicaciones al maestro, y el maestro me comenta: “El arquitecto sabe bastante, vea, seño”, a lo que yo respondo: “Es biólogo, no arquitecto”.

Lo cierto es que, entre mi mamá, el maestro y mi tío, están haciendo una obra arquitectónica increíble. Mi papá solo sueña con que se termine la ampliación para empezar con la decoración.

Y yo lo único que quería era no complicarme con una construcción. Mañana viene el maestro a tumbar la pared de la sala para empatar la casita Caemba.

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