Contrapunto
El brasileño que se inspiraba en Bach y detestaba a Schumann y Brahms
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

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25 Sep 2020 - 19:01

Carlos Chávez, Alberto Ginastera y Heitor Villa-Lobos podrían constituir la trilogía de los mayores compositores de música académica y contemporánea del siglo XX en América Latina. El primero mexicano, el segundo argentino y el tercero, brasileño.

En Brasil Villa-Lobos casi fue un autodidacta que, a medida que conocía la música y sus orígenes, se ponía a estudiar, con tanta perseverancia, que logró escribir obras para piano, guitarra, de cámara, cuartetos de cuerda, sinfonías y óperas.

Hijo de un músico aficionado, su inspiración inicial fue la música de la calle, las serenatas, en general todo lo popular. Incursionó en el folclor indígena del Amazonas; hasta que cumplió su meta de llegar a Francia, donde conoció al famosísimo pianista Arthur Rubinstein, con quien consolidó una amistad enorme y sincera.

Se dedicó con pasión a la guitarra, que tocaba desde pequeño, incluso a escondidas de su familia que prefería verlo convertido en violonchelista. En París también conoció al español Andrés Segovia, sin duda el mayor representante contemporáneo de la guitarra, y escribió estudios, preludios, mazurcas y choros.

Es que muchos creían que Villa-Lobos prefería el violonchelo, pero adoraba la guitarra, que entonces era considerado un instrumento popular. Por las noches se escapaba de su casa para unirse a grupos de “seresteiros” (músicos) en bares y cantinas para tocar y cantar.

Vamos a los inicios de este músico carioca, nacido en 1887 en el emblemático barrio de Laranjeiras, y fallecido en su ciudad natal en 1959. Pudiera ser contradictorio, pero Villa-Lobos adoraba dos géneros incomparables: la música caipira o sertaneja, que tiene una temática rural; y la de Johan Sebastian Bach.

Una de sus tías, Zizinha, acompañó musicalmente al niño Heitor, cuyo padre murió cuando tenía 11 años y su madre quería desconectarlo de la música para que estudiara medicina. A Zizinha le gustaba el Clave bien temperado, una de las obras mejor logradas por Bach.

Y, precisamente, el joven músico se dedicó a componer un total de nueve bachianas, entre 1930 y 1945. La Academia de la lengua define bachiana como un adjetivo perteneciente o relativo a Bach o a toda la música que tenga rasgos de la obra del compositor alemán.

Se atribuye al compositor brasileño la siguiente cita sobre Bach: “Es el manantial folklórico universal, intermediario de todos los pueblos”.

Las nueve bachianas –dice la enciclopedia Salvat- “fueron una singular experiencia armónica y contrapuntística; reflejan la curiosa simbiosis producida entre dos ámbitos musicales muy distintos”.

Al contrario del aprecio por Bach, de Schumann y de Brahms decía “me dejan indiferentes” porque siguieron utilizando los métodos conocidos antes de su época… “Al hombre que escribe una composición musical no le pido otra cosa que originalidad”.

En la crítica a sus antecesores universales, concretamente sobre los cuartetos de cuerda, ni siquiera se salva Beethoven. “La verdadera sonoridad del cuarteto es la que corresponde a Haydn; Beethoven es demasiado egocéntrico, se trata de él y solo de él”. Conclusión: Beethoven para la sinfonía y Haydn para el cuarteto, decía.

Villa-Lobos compuso 17 cuartetos para cuerdas y los dejó de escribir para dedicarse, por encargo, a componer obras tan diversas como óperas y sinfonías. Incursionó en el clasicismo y en el romanticismo, para lo cual estudió a fondo la música de Wagner y de Puccini. Pero, como solía repetir, “tan pronto como siento la influencia de alguien me la sacudo y afuera”.

A Villa-Lobos lo sedujo el choro, un estilo de música popular que la convirtió en clásica y llegó a componer 14. La palabra choro (en plural) se usaba desde la época colonial brasileña para describir a un conjunto de músicos que marchaba por las calles interpretando serenatas en horas de la noche.

Sus obras para guitarra fascinaron a Segovia, las de piano a Rubinstein y las de violonchelo a Casals. Y lo que fascinó a todo Brasil fue la creación del Conservatorio Nacional de Canto Orfeónico, que llegó a reunir a 20.000 voces juveniles, algo que fue calificado como un “milagro sonoro”.

Consistía en voces perfectamente disciplinadas, capaces de evocar rumores de mares y de bosques, ruidos de maquinarias, el inconfundible estallido de las hojas de los cocoteros mecidos por el viento o los vuelos de los pájaros. En el lecho de su muerte trataba de consolar a su esposa: Quien ha compuesto 10 sinfonías “ya está redimido de todos sus pecados”.

Escuche en el siguiente video la Bachiana 4: interpretada por la Orquesta Simón Bolívar, dirigida por el brasileño Roberto Tibiriçá.

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