De la Vida Real
Y ahora el mantenimiento conspira contra la nueva normalidad
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

20 Dic 2020 - 19:01

Es increíble que, justo cuando todos tratamos de reactivar la economía y empezamos a movilizarnos con algo de normalidad, nos topemos con un montón de calles principales en mantenimiento y, para que se pueda intervenir la vía, la cierran.

En años anteriores han hecho lo mismo, y los ciudadanos colaboramos y entendemos que los trabajos públicos son necesarios para crecer como ciudad y como país. 

Ustedes, autoridades, por cumplir con el presupuesto asignado, no planifican las obras y nos friegan en diciembre, el único mes del año que podemos recuperar algo de lo perdido por la cuarentena.

No logran entender a los ciudadanos que queremos retomar con cierta urgencia nuestras actividades, sobre todo luego de tanta pérdida económica. Este es un mes donde la economía se mueve. Hay que producir para poder comprar. 

Estamos viviendo una época complicada, una fusión entre el famoso “quédate en casa” y sal a ganarte la vida, un matiz tornasol en tonos metálicos de claros y oscuros. La vida diaria sigue su ritmo sin tregua alguna. 

El lunes es el único día que subo a Quito para ir a la oficina. El domingo por la noche me enteré de que la Autopista General Rumiñahui iba a estar cerrada por repavimentación.

Así que decidí salir de mi casa antes de las 08:00, para evitar el tráfico que seguramente habría. Tenía una reunión a las 10:00. Calculé que mi tiempo de viaje sería de una hora y treinta minutos, razonable para llegar.

Pero qué va. Desde la salida de Conocoto ya había un tráfico pesado y lento, de esos que no fluyen. El aburrimiento y el enervamiento hacen un juego mental maravilloso dejando que salga el lado del psicoanálisis que todos tenemos.

Me fijé que la señora del Corsa azul ya iba por su segundo tabaco, la pareja del Chevrolet verde no había parado de pelear desde el puente tres y la chica del Toyota rojo soltó su celular para maquillarse. 

Yo iba entretenida imaginándome la vida de cada uno de estos personajes. Si me fijaba en el tiempo que faltaba para llegar a Quito, seguro terminaba con ataque de ansiedad. 

La velocidad máxima no superaba los cinco kilómetros por hora. No había escape alguno.

A las 10:00 por fin pasamos el peaje, donde están arreglando el pavimento. Los del Gobierno Provincial de Pichincha decidieron justo hacer estos arreglos cuando todos tratamos de reactivarnos productivamente.

Tuvieron mucho tiempo para planificar, pero no. Antes de que se acabe el año, deben hacer todos los arreglos posibles. Además, ya se vienen elecciones en febrero, y mágicamente hay obras visibles por todos lados. Tal vez su planificación era justo esto: hacerse notar en esta época del año. 

Decidí no volver a pasar por esto del tráfico nunca más en mi vida. Y tomé, según yo, la mejor opción: ir por el camino viejo. 

Para poder llegar, tuve que pasar por unas calles que nunca en la vida les han de haber repavimentado y otras que no son ni pavimentadas. Una locura. Yo pensaba “cómo puede ser posible que a nadie se le haya ocurrido recuperar estas calles, para así tener caminos alternos”.

Pero no. Los planificadores públicos aman las aglomeraciones, el caos y el tráfico. Por eso, no toman en cuenta estas calles secundarias, que nadie las ve.

Calles que serían una maravilla para descongestionar la autopista. Pero ellos no han entendido nada de esto de la nueva normalidad. Hay que planificar, ejecutar y prevenir el riesgo. 

Los que vivimos en el Valle de los Chillos llevamos más de dos años rogando que se pavimente la Avenida Ilaló. Por fin nos hicieron caso de intervenir esta calle, pero esperan justo a que llegue diciembre para realizar estos trabajos.

Ellos deciden hacer la obra y cerrar la calle principal y nos mandan por unas calles secundarias en pésimo estado. El tráfico que se forma es infernal.

Los carros van tratando de esquivar los baches, que son, en algunos casos, lagunas. No entiendo esta lógica. Tuvieron suficiente tiempo para ejecutar su planificación, pero ellos dejan para el último todo.

Si van a trabajar en la calle principal, arreglen por lo menos los huecos de las calles secundarias y así evitarían ocasionar tanto caos. Total, los ciudadanos pagamos impuestos y nos merecemos un trato vial digno.

La ciudad intenta reactivarse y, de pronto, las calles están cerradas en Quito. Así no se puede. Su planificación entorpece terriblemente la planificación de la gente.

Es verdad, en años anteriores también han hecho obras, pero este año estas intervenciones nos interfieren más, porque no podemos circular todos los días y debemos aprovechar al máximo el tiempo. 

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