De la Vida Real
El caos feliz de las vacaciones de mis sobrinos en nuestra casa
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

25 Abr 2021 - 19:02

Cuando la rutina ha superado todo estado emocional y el caos no puede estar más desbordado en mi casa –entre construcción, escuela de los niños, perros, gato y lluvia– vienen mis sobrinos a quedarse una semana de vacaciones. 

Para mis hijos, que sus primos que viven en La Concordia vengan a Quito es la máxima alegría que puede existir. Y, para mis sobrinos, quedarse sin sus papás es el mejor regalo que puede haber.

Para mí, que mis sobrinos vengan es algo caóticamente inexplicable. La rutina de la casa se altera de una forma terrible. Cinco niños metidos juntos son imparables. Pero mis sobrinos son mi debilidad.

Son unos niños encantadores, comen de todo y, para colmo, lo que cocino les parece delicioso. Son ocurridos, no paran de jugar, se matan de la risa el día entero y no sé qué magia tienen que, cuando vienen, mis hijos dejan de pelear. 

El problema son las noches, debo reconocer. No se callan un segundo. No tengo idea qué pueden hablar tanto unos niños que casi no se ven. Se ríen con esa risa de sueño que, además, es contagiosísima.

“Ya duerman”, les gritamos, y ellos empiezan a susurrar. Para todo niño, desviar la atención del adulto estricto es la clave del éxito. 

En las mañanas mis hijos tienen clases virtuales, y mis sobrinos les ayudan. La Simona, que acaba de cumplir 10 años, hace los deberes de los mellizos, les da clases extracurriculares y les enseña a escribir con una paciencia sobrehumana (y todo esto gratis).

Mi sobrino Tadeo, de 14 años, espera pacientemente que el Pacaí termine clases mientras él juega algo en línea. 

Todas las tardes, cuando llueve a cántaros, el juego de los cinco es mojarse, montar bici y saltar en los charcos de agua. Claro, no hay carajazo que funcione.

Entran y dejan la ropa mojada por toda la casa, y se turnan con orden democrático para ducharse. Salen con las pijamas puestas y les tengo listo el chocolate caliente con pan y mantequilla. 

Es raro, pero siento que el tiempo se detiene. Me acuerdo de que mi niñez fue tan feliz y tengo el mejor recuerdo de mis tías. Siempre nos mimaron. Creo que ser tía es eso, es parar el tiempo y regalar recuerdos eternos.

Me he convertido en esa mamá que cuando los primos están presentes todo está permitido. Tal vez, inconscientemente, quiera que mis sobrinos tengan el mejor recuerdo de sus vacaciones en nuestra casa. 

Mientras estaba en la cocina preparando la cena, entró mi sobrina y me dijo: “Tía, ¿tú sabes cortar el pelo?”. Con mucha seguridad y solvencia, le dije que no, que no tenía idea, pero que no hay nada que un tutorial de YouTube no me enseñe.

“¿Me puedes hacer un flequillo? Es que nunca he tenido y quiero estar como la Amalia”. ¿Cómo negarme a una petición tan especial?

Vimos unos ocho videos, pero ¡qué complicados estaban! A veces es mejor hacerle caso al instinto. ¿Qué ciencia puede tener? Pensé. Además, me encantó tener esa complicidad con mi sobrina.

Debo confesar que ni ella ni yo pensamos en mi cuñada. Ni se nos ocurrió llamarle a pedir permiso. Siento que cuando están aquí son míos. 

Agarré la tijera de corte y confección, que es filudísima, y en un solo clic el pelo cayó al suelo. Para esto, los otros cuatro niños se reían. Entendían que eran parte de una travesura, en que la mamá de ellos está haciendo algo que no sabe la mamá de los otros.

Mi mamá te va a matar- le dijo el Tadeo a su hermana.

-Má, ¿no crees que debes llamarles a los tíos a consultarles si le puedes cortar el pelo a la Simona?- Me preguntó mi hijo.

-Muy tarde, ya está. El pelo crece- respondí, mientras trataba de igualar cada hebra y trataba de peinar cada pelo que quedó arriba de las cejas.

Miré el espejo y ahí estaba la cara de mi sobrina, feliz. De verdad sus ojos brillaban. Es tan perfecta, que no veía ningún defecto en el corte de su cerquillo.

Me regresó a ver y me dijo: “Gracias, tía. Nunca había tenido un flequillo. Es que mi mamá los odia desde que tú le hiciste uno una vez y se quedó traumada”.

Me acordé de que, cuando mi cuñada dio a luz a mi sobrino, le corté el cerquillo. Quedó tan fea, pero tan fea, que mi papá me pegó una puteada del otro siglo y le dijo a la Cris: “No entiendo quién es más idiota, la que se deja cortar el pelo o la que corta”.

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