De la Vida Real
Los catastróficos encargos de la casa de mis papás
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

21 Feb 2021 - 19:03

La orden fue clara, pero la ejecución fue catastrófica.

“Valen, nos vamos a la playa. Te quedas a cargo de nuestra casa. El maestro debe terminar la obra mañana. Te dejo la plata para que le pagues. No hace falta comprar nada. La Stefy (la chica que les ayuda a mis papás) ha de venir a regar las plantas y a limpiar la casa. No te preocupes por nada más que supervisar. Te voy a hacer una transferencia de unos USD 50 por si algo pasa, pero no ha de pasar nada“.

Esto me lo dijo mi mamá la noche antes de su viaje. El plan que tenían era ir a pasar carnaval con unos amigos. Ahí es cuando no entiendo la vida. Años atrás, la que se iba a la playa con amigos era yo. 

Tres días antes de que se fueran, se rompió una tubería de su casa, y el maestro, hasta encontrar la falla, tuvo que levantar pisos, paredes, césped y el patio entero. 

Ahí es cuando no entiendo la vida.

Ni bien se fueron mis papás, el maestro viene con una lista gigante de cosas que debía comprar. 

-Maestro, pero mi mamá dijo que no debo comprar nada.

-Chuta, seño, es que se terminó el cemento, la manguera, el codo de media, y, de paso, dé comprando una silicona con pistola.

Resignada, fui a la ferretería con la lista en mano. 

Regresé a la casa y, mientras los niños estaban en las clases virtuales, el maestro baja a decir que le dé para ir a comprar arena.

Esta vez fue él. En eso, llega la Stefy sintiéndose súper mal. Le dije que se vaya nomás y que regrese cuando esté mejor.

Los diez días pasaron a una velocidad nunca antes vista. Le pagué al maestro y no le volví a ver más. Un día de estos, entré a la casa de mis papás para coger un libro que quería leer. Para esto, perdí la cuenta de en qué día estábamos.

La casa estaba hecha un desastre. Había polvo por todos lados. Las plantas estaban muertas. Muertas, así, sin una hoja verde, y las flores de las orquídeas se caían por sí solas. ¡Qué angustia! Al ver esto, sentí que había fracasado como hija.

Sentí que había fracasado como hija.

Ese rato, agarré una escoba, un trapo y un trapeador y me puse a limpiar. Mis hijos fueron mis esclavos, y decidí que faltaran a clases, sin darme cuenta de que era lunes de carnaval, y no tenían escuela. Ellos estaban felices.

Ayudaron como unos expertos en limpieza profesional. Yo les daba las órdenes, y ellos las ejecutaban a la perfección. Regamos cada maceta que hay en la casa –más de 40-. 

Les dije a los guaguas que, con sumo cuidado, sacaran todas las hojas secas que encontraran.

-Má, se están quedando un poco calvas las plantas. 

-No importa, ñaño. Con tal de que la abuela no vea, hay que solucionar como podamos-. Respondió mi hijo mayor.

Ese rato perdí toda ética como madre. Estaba haciendo que trabajaran, mientras les enseñaba a ocultar toda evidencia posible.

-Má, movamos esta maceta al baño, porque no tiene ni una sola hoja verde. No se va a dar cuenta la abuela.

-Má, todas las plantas del taller están muertas. Saquémosles de aquí y mejor traigamos unas del jardín.

-Dale, hijo, trae las que más se parezcan a estas. 

Ese rato perdí toda ética como madre.

Ahí estábamos los cuatro tratando de solucionar las cosas. ¡Pero qué va! Muerte es muerte.

Luego, nos fuimos a regar el jardín. Esa fue otra tragedia. Mi mamá tiene cuatro mangueras, cada una con más extensiones que la otra. Tiene cinco tomas de agua.

Nos distribuimos así: mi hija, Amalia, regaba el huerto, mi hijo, Rodrigo, las macetas colgantes, el Pacaí el invernadero y yo el jardín central. 

Fue pésima idea abrir todas las llaves de agua al mismo tiempo. La tubería creo que explotó, y salía agua  por todos lados. Las extensiones de las mangueras se zafaron.

Corríamos de un lado a otro por el jardín. Los guaguas jugaron carnaval, y yo estaba bastante desconcertada, con mi llanto a flor de piel, tratando de solucionar este desastre. 

Me tocó llamarle al maestro para que venga a arreglar. Otra tubería rota. El maestro se quedó hasta las once de la noche.

Al día siguiente, sonó el teléfono. Era mi mamá para avisar que regresaban el jueves. Ya nada, a enfrentar la realidad de que soy la peor hija del mundo. El maestro me dice:

-Vea, seño, esto sí está bien fregado de arreglar, de comprando estas cosas para mañana. (Me entregó una lista interminable).

Ese rato corrí a prender velitas a los santos, sobre todo a San Judas Tadeo, el de las causas imposibles.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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