En sus Marcas, Listos, Fuego

La cita de la cita de la cita

Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

25 Ene 2022 - 19:03

Hoy urge entender, ante la democratización de la opinión ciudadana, por qué las posturas son tan radicales y no se pueden confrontar con la razón. El problema radica en la cita de la cita de la cita.

Es decir, que en general, los defensores de ciertas posturas conocen nada o casi nada de lo que fundamenta su dogma. Vamos a ver ejemplos sencillos y mundanos para entender a qué me refiero.

Estamos rodeados de comunistas que sostienen fervientemente que Marx tenía razón. ¿Pero alguna vez han leído El Manifiesto Comunista, El Capital, etcétera? Jamás.

Al parecer, para muchos sus obras son demasiado extensas y complicadas como para perder el tiempo leyéndolas. Entonces, ¿cómo saben ‘lo que decía Marx’? Porque leen artículos cortitos, de algún gato que cita a Marx para así evitar ir directo a la fuente.

Los libertarios cada vez crecen más y defienden con fervor la ideas de, por ejemplo, Ayn Rand. ¿Pero han leído la Rebelión de Atlas, El Manantial, Ideal? No. Lo que han leído es la cita de sus frases en Instagram, lo que hace que se sientan identificados y, sin ir a la fuente, ya se hacen libertarios.

¿Existen neo-nazis en el mundo? Obvio. Y cada vez más y a viva voz. Proclaman la superioridad de las razas y la inmortalidad filosófica de Hitler, pero si les citas el capítulo 8 de Mein Kampf se ponen pálidos, porque se hicieron neo-nazis leyendo posts de Facebook de un racista cualquiera que cita las bondades de un pensamiento que él tampoco leyó.

Hemos llegado al punto de tener hasta críticos literarios que no han leído ni la Pandilla. Comentan con mucha seguridad sobre las obras de García Márquez, pero si les dicen ‘Macondo’ lo relacionan con una discoteca que existió en La Mariscal.

Otros odian con toda su pasión a Mario Vargas Llosa por su postura política y cuando les preguntas ¿cuál es su postura? Responden: “pues la de sus libros”. Contraatacas: ¿cuál de sus libros has leído? Responden sudorosos: “no me acuerdo los nombres”.

Lo que pasa es que leyeron 180 caracteres de algún fanfarrón al que idolatran y que ‘critica’ a Vargas Llosa y así formaron, con 180 caracteres, su criterio, ahorrándose con tanta comodidad, de leer miles de páginas.

Lo mismo con decisiones judiciales. Leen que el periodista X dice Y. Que el influencer H dice P. Y llegan a conclusiones de por qué la sentencia es correcta o no, sin nunca haber leído la sentencia.

Igual con los comentarios políticos que achacan a un tercero: “viste lo que dijo el man, dice que va a eliminar la Seguridad Social”, pero nunca vieron ni escucharon lo que dijo “el man”, sino que leyeron que alguien comentó lo que dijo “el man”.

O cuando critican a la Constitución de 2008 y defienden a capa y espada que está mal redactada. Cuando se les pregunta ¿cuál parte?, ¿qué artículo? Cacarean, balbucean, babean. Ocurre que nunca la han abierto y que un YouTuber X dijo que todo es culpa de la Constitución y así formaron su criterio.

Miren a su alrededor y presten atención a esta pregunta: ¿cuántas veces nuestra opinión se forma leyendo la cita de la cita de la cita y cuántas veces hemos ido directo a la fuente? Ninguno de nosotros puede ser voz experta de todo. Es imposible.

Pero si somos completos ignorantes de tanto, ¿por qué defendemos con tanta vehemencia y tanta seguridad conceptos técnicos que ignoramos?

La respuesta es histórica. El rumor como fuente esencial de la mitificación ha sido la herramienta más usada de la humanidad (mucho más que la rueda). Con la invención de la imprenta se repartían panfletos incendiarios que aseveraban X y todos se aferraban a X sin tener idea de cuál era la fuente de X. Hoy se llaman redes sociales.

Como nada en la historia ha cambiado, es responsabilidad exclusiva del lector ir a la fuente o transformarse en ‘hooligan’ de una postura que no puede defender con argumentos (por si acaso, las emociones no son un argumento).

Por ello debemos ser capaces de separar las opiniones en tres:

  1. Emotivas estomacales.
  2. Fundamentadas en evidencia.
  3. Expertas.

Es entendible, por simple comprensión de la sociedad, que existan las primeras en masa, y que las segundas sean la excepción, pero que los expertos empiecen a emitir opiniones estomacales es excesivamente peligroso.

¿Por qué? Porque son también fuente de información y si tergiversan el contenido, no hay esperanza para quienes queremos ir a la fuente. La responsabilidad que tiene el experto en un tema (Derecho, Medicina, Historia) es Responsabilidad con mayúscula, por ello, que el experto suprima su rigurosidad académica porque 180 caracteres lo marean, es imperdonable.

Hoy Internet les permite a ustedes ir a la fuente, ahorrase el camino a la librería, pero en lugar de ello, van a ver los ’10 mejores goles de Ronaldo’. Sustentar lo que uno opina y aporta a la sociedad es responsabilidad de uno. Enterrar el debate en vómito es la consecuencia de las excusas.

¿Qué les propongo? No creamos lo que dicen 180 caracteres o un gato cualquiera. No hiperventilemos y generemos cortisol gratuitamente.

Leamos la noticia, dejémosla reposar, demos un paso más, veamos las cosas con distancia y busquemos la fuente y, solo cuando contemos con la información directa y real, sonriamos, gritemos, o lo que sea, pero recuerden: el estruendo trae ruido y el conocimiento transita con audífonos para no escucharlo.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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