De la Vida Real
La ciudad de Quito con Covid-19
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

18 Jul 2021 - 19:00

El mensaje llegó de improviso. Decía que estamos registrados por una empresa para ser vacunados contra el Covid-19: “Estar a las 15:00. Les esperamos puntualmente”. En otro mensaje llegó la ubicación.

Fui muy feliz a contarle la noticia al Wilson, mi esposo. Me dijo: “Tenemos que ir con una hora de anticipación, para alcanzar a llegar sin problemas, porque queda lejos”. 

Llovía demasiado. Dejamos el carro en un parqueadero público y tomamos un taxi para llegar a las oficinas de la empresa. 

Todo muy bien, pese a que yo estaba medio resfriada. Me había hecho tres pruebas PCR en menos de cuatro días –todas negativas–. Llamé a mi doctor, y me dijo que no había inconveniente en que me vacunara. Tener catarro, luego de 18 meses de estar invicta, es cosa seria.

Antes, toser y estornudar en público era normal; ahora, es un acto repudiable y hasta vergonzoso. Cada vez que me picaba la garganta, me rascaba la oreja. En algún lado leí que daba muy buenos resultados.  

Cual perro, disimuladamente mi mano hacía digitopuntura con fuerza contra mi oído. No puedo negar que fueron momentos bastante angustiosos. Además, estaba tan concentrada en no toser, que lo único que quería era toser y no parar jamás. 

Estaba tan concentrada en no toser, que lo único que quería era toser y no parar jamás. 

Primero, hicimos una fila en la calle. Luego, entramos y nos tocó subir cinco pisos. Agitada y agotada, tosí un poquito y bien bajito. El Wilson me pellizcó durísimo la mano y me dijo: “no tosas, por Dios, no tosas”, como si fuera tan fácil decidir no toser, pensé.

Llegamos al comedor general de estas oficinas y, para distraerme de la tosedera, me puse a ver el menú del día: lomo al pomodoro, arroz chaufa y frutillas con crema. Qué hambre que me dio. ¡Dios mío, qué delicia!  

-Oye amor, cuando salgamos de aquí vamos a comer algo en alguna hueca.

-De una. 

Pasaron 45 minutos. Las personas, para ser vacunadas, entraban en grupos de once, hasta que llegó nuestro turno. No podía más de la alegría. Sentí que me estaban inyectando esperanza.

Le agradecí tanto a la señorita, porque de verdad yo estaba resignada a esperar a que algún día me iba a llegar la vacuna, pero llegó antes.

Llovía, hacía frío, moría de hambre y quería toser libre. Pero, pese a todo, sentía que brillaba de lo contenta que estaba.

Salimos y decidimos caminar hasta encontrar una hueca donde comer, pero toda mi esperanza se desplomó. Sentí que Quito se encuentra a la deriva: descuidada y abandonada. Me impresionó que en algunas veredas no se pueda ya ni caminar.

Los vendedores ponen sus productos en el suelo para exhibirlos. Yo, que soy compradora compulsiva de tonteras, me enervé. Quería comprar unas pijamas que costaban USD 5 para mis hijos, pero fueron tales el griterío y las miles de ofertas simultáneas, que me aturdí y no compré nada. Me sentí acosada. 

Las calles llenas de basura. Las paredes rayadas con grafitis mal hechos y la gente muy agresiva. Los buses pasaban a tal velocidad que el peatón no tenía más remedio que subirse a la vereda y pisar los productos de venta, aguantar los insultos y decir: “Perdón, perdón…”

Antes de la pandemia, íbamos bastante al Centro Histórico y juro que, aunque llovía a cántaros, Quito brillaba, y las huecas nos esperaban para escampar.

Otra cosa que me impresionó es el pésimo estado de los parterres. Al cruzar las calles tuvimos que esquivar hierba larga, caca de perro y basura tirada.

Mi marido me agarraba la mano para que caminara más rápido, y así no mojarnos tanto. A la velocidad que íbamos, me di cuenta de que los almacenes tienen la pésima costumbre de sacar unos parlantes gigantes y poner música horrible para promocionar su negocio. No hay cómo conversar. 

Pasamos por el Parque El Ejido. Me dio mucha pena ver a un lugar tan bello en ese estado de abandono, sucio y con ventas absolutamente desordenadas en la mitad del camino.

Llegamos al auto y, por fin, sentí paz: un momento de silencio, un rato de no ver tanto alboroto y de no sentir que, como peatón, uno es un estorbo. 

Bajamos al Valle y en el trébol nos tocó un tráfico infernal. Abrí un poco la ventana, pero del susto la volví a cerrar. Vi a un grupo de cinco chicos que hacían malabares fumando droga, sin discreción alguna. Me fijé que uno afilaba, en el borde del redondel, sus cuchillos.

La policía estaba dirigiendo el tráfico.

Toda mi alegría y esperanza de estar vacunada se fueron al darme cuenta de que Quito está en cuidados intensivos, no hay oxígeno que le salve, ni vacuna que la inmunice.

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