Al aire libre
Clasificar a Boston: cuando el trabajo de años surte efecto
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

15 Ene 2021 - 19:00

Mi hijo Francisco iba en el taxi por el centro de Buenos Aires hasta el Obelisco, para el primer encuentro conmigo una mañana lluviosa de octubre. El conductor le preguntó (¿cuándo no preguntan los argentinos?):

-¿A quién vas a encontrar en la maratón?

-A mi mamá.

-¿Ella corre?

-Sí.

-¡Eres un cobarde!

-Pero yo juego fútbol, corro detrás de la pelota.

-¡Eres un cobarde!

Yo había salido en taxi a las seis de la mañana. Llovía poco, un día espectacular para correr. Sonreí acordándome del comentario de un jefe que tiene algo de sobrepeso:

-¿Cuánto tiempo haces en la maratón?

-Aspiro a hacer tres cuarenta y siete… 

-¿Tres días? ¿Tres meses?

Pasar entre los deportistas es una sensación chévere. Viví la frase del libro ‘Women’s Running’: “imagínate en la línea de partida, donde perteneces, entre tus valerosos competidores”. 

Dejé mi chompa en el camión guardarropas y, qué emoción, vi caras conocidas: ¡ecuatorianos!

Uno de ellos decía: “Me preocupa la lluvia, se mojan los zapatos”. Su entrenador Freddy Vivanco casi gritó: “¡el clima está perfecto! ¡Mejor, imposible!” 

Agradecí a Dios por haberme oído. Dios, mi mamá, mi papá, todos estaban a mi favor. 

El día anterior la temperatura había llegado a 27 grados centígrados, con cielo despejado. Hoy había 15 grados con lluvia. ¡Mejor, imposible!

“A ocupar sus puestos. ¡Disfruten la carrera!” –ordenó Freddy.

Sonó el disparo y comencé a trotar. Estaba jugada…

Había estado nerviosa las semanas antes del viaje, a pesar de los entrenamientos cumplidos, de no tomarme un trago, no comer nada de azúcar o pan blanco, cero comida rápida o trasnochadas. Masaje y natación para aflojar, Berocca, Benutrex, Pedialyte, Gatorade, pasta y proteína… 

Para relajarme la noche anterior, leí la historia de un ultramaratonista que me recordó a mi hijo, Manuel, por su fuerza y actitud. Decía: “todo el trabajo consciente e inconsciente que has estado haciendo en los últimos años finalmente va a surtir efecto”. 

Me dormí pensando: voy a perseguir la gloria. 

Ahora todo dependía de mí. Solo tenía que mantener mi plan. 

Alguien me gritó: “¡Vas bien Ecuador!” En la maratón el cuerpo responde a la perfección las primeras 13 millas, pero no hay que confiarse. 

Kilómetro 15. Me acercaba al Obelisco. Oí gritos: ¡Dele Luli, fuerza! Ahí estaba Francisco con dos amigas ecuatorianas. 

Qué lindo mijo. Me tomó una foto y luego otra. Verle a Francisco me llenó de energía, pero también casi lloro. 

Cuando rodeamos La Bombonera, un corredor brasileño me dijo “vamos a 5:30, buen ritmo”. Me pegué a él y en un puesto de hidratación me pasó agua que agarré al vuelo.

Era su maratón número 15. Yo iba por la tercera.

“Ya falta menos, ya falta menos” -decían los espectadores. Yo pensaba: solo un kilómetro antes puedes decir que ya llegas. 

No me podía permitir ni un solo pensamiento negativo.

Pasamos el puerto, los barcos gigantes, esa parte que solo conoces si corres la maratón de Buenos Aires. 

Inexplicablemente esa zona feroz, de personajes siniestros, policías, de brea y agua verdosa, me gustó. Me dije: qué haces aquí, bestia.

Kilómetro 30. ‘Brasil’ me dice: ¡a los 30 comienza la vida! y se despide acelerando el paso. Veo los árboles rosados y lilas de la Costanera y pienso en mi mamá que está en el Cielo. Nada de llorar. 

Francisco ya había tomado otro taxi y esta vez el conductor lo ve con una botella. 

¿Qué llevás allí? -pregunta.

Se trataba de ‘la voladora’, receta del entrenador Freddy: Coca Cola, Gatorade, té y un poco de azúcar. Para revivir a un muerto.

-Es la voladora –contesta Francisco

-¿No sabés que están haciendo antidoping a la llegada? 

-Es Coca Cola con otros líquidos.

-Te van a descalificar.

Obviamente acepté la voladora en cuanto vi a mi hijo.

El próximo encuentro sería en la llegada.

Kilómetro 32. Freddy me alerta:

-Te faltan 10 kilómetros. ¡Ojo!

Estaba en un momento duro, pero sabía que pronto me iba a sentir fuerte. La maratón es como la vida: tiene altibajos. Solo hay que enfocarse en el ahora.

Recordaba las palabras: “correrás bajo cualquier circunstancia”. “Después de un segmento duro, te sentirás fresca”. Alternaba un rosario un poco incoherente con el anuncio publicitario ‘Addicted to life’.

Kilómetro 38. Uf, qué larga la Costanera. ¿Dónde se terminará esta mier..? 

“¡Dele Luli, ya llega!” -mi hijo y sus amigas en el último kilómetro. 

Ya llego, y sí voy a clasificar ¡chugcha!

Kilómetro 42 y 195 metros. 

¡Buena mamita, clasificaste a Boston!

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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