En sus marcas, listos, fuego
Columna para niños
Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

24 Nov 2021 - 19:03

Son tantas las culturas y tantos los proverbios, que decidí que uno más no abunda, y mejor aún si viene acompañado de un tono de cuento infantil, de parábola decimonónica y de moraleja urbana. ¿Lo intentamos?

Érase una vez tres barquitos de papel en medio del mar uno rojo, de uno verde y de uno azul.

Como todo buen barquito de papel, cuya estructura se moja y se vuelve permeable, los tres están a punto de naufragar, por lo que siempre tienen una sola oportunidad de llegar a la orilla y salvar a sus tripulantes.

Para todo mar existe una orilla de tierra firme. Y para llegar a toda tierra firme existen distintas formas (oh, malditos aquellos que piensen que se puede alcanzar la prosperidad en el fondo del mar).

La tierra firme es la salvación. El barquito es el medio. Los remos son la forma. El viento es la suerte.

Los tripulantes del barquito verde deciden no remar, izar la vela y esperar a que el viento los lleve a su destino.

Los tripulantes del barquito rojo se dividen en dos grupos. El grupo A decide remar con dirección a la orilla.

El grupo B decide no remar, pues son conscientes de que en la orilla tendrán que compartir el alimento entre todos, por lo que prefieren que el grupo A llegue agotado para que no ofrezca resistencia a quienes pretenden matarlos a ‘remazos’ para quedarse con la tierra firme para ellos solos.

El barquito azul se divide en dos grupos. El grupo A, que se ubica en el lado derecho que está agujereado y pone todo su esfuerzo para sacar el agua con baldes y evitar el hundimiento.

El B está en el lado Izquierdo y, por simple física, se encuentra en la parte elevada (imaginen un sube y baja).

El grupo B puede ayudar al grupo A, pero como ven que su lado no se hunde, deciden criticar, con burlas, la falta de velocidad y de destreza de quienes con baldes lanzan agua al mar.

Al finalizar el día la orilla halló solo los cadáveres hinchados de aquellos cuerpos que la marea arrastró hasta una arena repleta de cangrejos listos para darse un festín.

El viento, cambiante, llevó en otra dirección al barquito A; la distancia, enorme, permitió que el barquito B llegase solo hasta la mitad del trayecto.

El agua, torrente e inmanejable, hundió el lado derecho del barquito azul y, por obviedad estructural, arrastró al lado izquierdo hasta el oscuro fondo del océano.

Cuando sus hijos vean las noticias sobre la caída del precio del petróleo, la crisis sanitaria, la crisis carcelaria, las próximas elecciones, las catástrofes naturales, las manifestaciones sociales, la pobreza, la gobernabilidad, etcétera, léanles esta columna.

Explíquenles que la vagancia y la superstición se pagan con fracaso.

Mientras que el aprovechamiento soez del trabajo ajeno se paga con el deshonor de una muerte insignificante, y la pasividad ante la lucha ajena por sobrevivir culmina en una muerte solitaria y sorpresiva.

Ojalá nuestros hijos entiendan que para que un país llegue a la orilla todos deben remar, permitiendo a sus tripulantes enorgullecerse de estar en pie en tierra firme por mérito propio y, que si el barco se hunde, por ahogamiento morimos todos.

El yodo se siente en el ambiente. El sabor salado en la boca. Se avecina una tormenta.

O entendemos la moraleja que me acabo de inventar o mejor nos convertimos en peces, en unos simples y vulgares vertebrados escamosos, ecotérmicos, abocados a las branquias y al olvido.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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