Economía y Desarrollo
¿Cómo lograr trabajo digno? El desafío para el nuevo Gobierno
Andrés Mideros

Andrés Mideros

Doctor en economía, máster en Economía del Desarrollo y en Política Pública. Decano de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Actualizada:

14 Nov 2020 - 19:01

La principal preocupación de la ciudadanía es el trabajo. De este depende que las personas y sus hogares puedan satisfacer sus necesidades.

No hay recetas mágicas para generar empleo. Se da en la medida en que se activan y potencian los procesos económicos: producción, intercambio y consumo.

El trabajo es eso: asignación de tiempo a los procesos económicos. Puede ser tiempo de producción para autoconsumo y/o para generar bienes o servicios que se venden, o bien tiempo de empleo que se “vende” a cambio de un salario para adquirir bienes producidos por el tiempo de trabajo de otras personas.

Es por esto que el “mercado de trabajo” es tan particular. La “mercancía” es el tiempo de las personas, es decir, su vida. El costo de oportunidad es todo lo demás que podría hacerse en ese tiempo. La necesidad se da cuando se vuelve indispensable para sobrevivir. También hay, en ciertas condiciones, un disfrute del tiempo de trabajo.

La vida de las personas, su tiempo y su bienestar, no se puede tratar como si fuera un esfero u otro bien material que puede o no comprarse según las leyes de la oferta y de la demanda.

En ausencia de fuentes alternativas de bienestar, como es el caso de la sociedad ecuatoriana: mercantilizada y de baja cobertura de protección social, la necesidad se impone por sobre la libertad de oferta y demanda de trabajo.

Si a un esfero nadie lo compra, no le pasa nada. Si una persona no tiene trabajo, no come.

La necesidad hace que el “mercado de trabajo” (de tiempo de vida, debería decirse) sea ineficiente. La eficiencia en los mercados, conocida como óptimo de Pareto se da cuando “nadie puede estar mejor, sin hacer peor a otra persona”.

Es la libertad del mercado, que en esa situación ya permitiría que se acepten nuevos intercambios (se alcanza un equilibrio). Sin embargo, por necesidad una persona puede aceptar un acuerdo perjudicial para ella: “más vale medio salario para poder comer, que nada de salario y nada de comida”.

Esa diferencia de poder de negociación, generada por la necesidad, hace que en ‘libertad’ de mercado se empujen a la baja los salarios, por que se logra imponer el hacer mejor a quien contrata (compra tiempo de vida), dejando peor a quien es contratado (vendiendo tiempo de vida).

A la larga, la necesidad de quien busca empleo es beneficiosa para quien busca empleados.

Esta ineficiencia de mercado, sumada a la clara injusticia social, es la que exige intervención para intentar igualar el poder de negociación, garantizando una jornada máxima, un salario mínimo, y negociaciones colectivas. Es así como los derechos de trabajadores y trabajadoras no solo son necesarios sino irrenunciables.

No queda duda de que entre los principales desafíos del nuevo Gobierno está la generación de trabajo, pero no de cualquier trabajo, sino de trabajo digno: con salario justo, con jornada adecuada (para garantizar la vida digna) y coberturas de seguridad social. Esto marca la diferencia, porque es una decisión política.

Después, se debe enfocar la generación de trabajo, en donde efectivamente se genera trabajo en el Ecuador. Y la realidad se muestra muy distinta a lo que se puede pensar cuando se promueven beneficios tributarios para incentivar inversiones de grandes empresas.

Usando como línea de base la estructura del empleo pre-Covid (diciembre de 2019), lo primero que salta es que el 46,75% de las personas se emplea en el sector informal. El mensaje es claro: si se quiere salir de la crisis hay que reactivar los procesos económicos informales.

No vamos a formalizar la economía ecuatoriana de la noche a la mañana. Mucho menos en la era post-Covid.

Y dentro de la informalidad los sectores fundamentales son agricultura y comercio. Se debe masificar crédito flexible (o subsidio directo) y acceso a herramientas tecnológicas y cadenas logísticas de comercialización a la agricultura familiar y campesina y al sector informal urbano. Estos sectores cubren el 30,12% del total de empleo en el país.

En el sector formal entre el comercio, las manufacturas y la agricultura, concentran el 20,75% del empleo. No es minas, ni alojamiento, ni servicios financieros, son actividades productivas concretas las que se deben priorizar.

Hay que cuidar a sectores de empleo medio, como la construcción, la administración pública, la enseñanza y las actividades en hogares privados. No se puede reducir funcionarios públicos, ni quitar presupuesto a la educación, ni frenar inversiones en obras públicas.

Para generar empleo, se necesita que haya inversión. La inversión privada se genera con base en expectativas de ganancia, para que haya ganancia debe existir quien compre.

En un escenario de recesión económica, se necesita inversión pública dirigida hacia los sectores intensivos en mano de obra, para motivar desde ahí el empleo y el consumo, y así acelerar la reactivación económica.

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