De la Vida Real
Compras, un espacio para la meditación más profunda
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

27 Jun 2021 - 19:00

Ir al supermercado se ha convertido, para mí, en un espacio de meditación profunda. Siento que voy a un retiro espiritual. Gracias a la mascarilla, no se ve que hablo y sonrío sola. Llego a tener conversaciones muy profundas con mi ser.

El otro día, fui a comprar cinco cosas exactamente. He aprendido a no decir que voy al súper, porque empieza la llamadera: “Aló, má. ¿Puedes traer unas galletas, porfa?”, “Aló, mi vida. No te olvides de traer pasta de dientes”.

Y empiezo a salir del trance en el que estaba. La experiencia de relax y armonía es cambiada por el enervamiento. Paso por todos los pasillos agarrando los encargos. Además, me estresa no saber qué galletas llevar. ¿De sal o de dulce? ¿De vainilla o de chocolate? ¿Sin relleno o con relleno? Demasiada variedad. Una cosa tan simple se convierte en un tormento de interrogantes.

No hay peor cosa que llegar a la casa, pitar para que ayuden a bajar las bolsas del súper y cuando abren las fundas mis hijos se quejan de lo que he comprado: “No son estas las galletas, sino las que probamos el otro día donde la tía”.

La paz se vuelve guerra de moralismo. Y, a grito tendido, les digo: “¡Agradezcan que tienen comida!¡Agradezcan que les compré algo, porque, la próxima vez, no les traigo nada! ¡Y agradezcan que tienen mamá!”.

Me voy furiosa al baño con mi cartera llena de chocolates a comer solita. Sifff, qué no jodan.

“¡Agradezcan que tienen comida! ¡Agradezcan que les compré algo, porque, la próxima vez, no les traigo nada!

Y lo peor es que tienen un radar. Salgo de la casa en el auto, sin decir a dónde voy, y empiezan las llamadas: “Má, dame comprando…” No aprendo, porque les contesto el teléfono, y la historia del nunca más se convierte en un eterno: “bueno, mi vida, yo te llevo”. Y otra vez la paz se vuelve un tormento.

Pero nada peor que el día que la Yoli me llamó. Ella lleva trabajando en mi casa más de diez años. Es, sin duda, la mejor mamá que les pude dar a mis hijos. Es la mejor persona que existe en mi vida. Me conoce desde que tengo cinco años y hasta ahora me dice “Niña Valen”. 

Tiene total autoridad sobre mí y todo mi respeto y cariño. Lo que ella dice es ley. Además, me ha enseñado desde cómo se cría a un hijo hasta los mejores tips de limpieza y cocina. Como ella es mi confidente, le digo en secreto:

-Yola, me voy al súper un segundo. Solo voy a comprar harina y canela para hacer un pastel.

Me responde, en voz bajita:

-Traiga detergente, mantequilla, leche y huevos, que tampoco hay. 

Cuando estaba en el parqueadero, me llega un WhatsApp de la Yoli: “Niña Valen, compre una escoba, pero una buena, no de esas pésimas que sabe traer”.

Compre una escoba, pero una buena, no de esas pésimas que sabe traer.

Me quedé bloqueada. Ese mensaje me descolocó por completo. ¿Cómo sé cuál escoba es buena? ¿Puede existir una mala escoba?

Bajé del auto, entré al supermercado, me tomaron la temperatura y me pusieron gel antibacterial en las manos. Fui directo a la sección de limpieza y me paré frente a las escobas.

No tengo la personalidad tan formada como para agarrar una y hacer la prueba de calidad de barrido en el pasillo del súper. Nunca me había fijado en la variedad infinita de escobas y trapeadores que existen. Tampoco recordaba cuándo fue la última vez que compré una.

Para mí, las escobas se dividen en dos categorías: cerdas suaves y cerdas duras, y eso depende cien por ciento de la suerte que una tenga al hacer la compra.

En mis recuerdos no había registro alguno de haber comprado con conocimiento de causa. Son cosas que creo que compro por inercia –sin pensar mucho–. 

Un recuerdo vago llegó a mí. Un señor viejito tocó mi puerta en la cuarentena hace más de un año. Vendía escobas. Cada una costaba dos dólares. Me acuerdo que compré tres. Me explicó que una es para rasquetear la baldosa, la otra era para el patio y la tercera para barrer. 

Al entrar a la casa, me olvidé de cuál era para qué, todas eran igualitas. Usamos la verde para todo. Y las otras ni idea dónde estarán.

Las escobas son esos objetos misteriosos a los que no se les da importancia, hasta que se las necesita. Son útiles mientras funcionan. ¿Pero alguna vez se han puesto a escoger una escoba en el supermercado? Es una responsabilidad gigantesca. 

Las escobas son esos objetos misteriosos a los que no se les da importancia, hasta que se las necesita.

Llegué a la casa. No compré nada más que cuatro escobas, todas de textura y diseño diferentes.

La Yoli solo me dijo: “Niña Valen, y ahora ¿dónde vamos a guardar tantas escobas?”. Y, ante la Yoli, yo no tengo autoridad alguna y me quedo callada. 

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