Con Criterio Liberal
Contra la tecnocracia
Luis Espinosa Goded

Luis Espinosa Goded

Luis Espinosa Goded es profesor de economía. De ideas liberales, con vocación por enseñar y conocer.

Actualizada:

4 May - 19:00

Desde los distintos gobiernos del mundo hasta los municipios de Ecuador dicen que tomarán las decisiones en función de “lo que diga la ciencia”.

Esta idea, que tiene gran aceptación, es en realidad una perversión de la democracia. 

La ‘tecnocracia’ se basa en la concepción de que hay una solución correcta para los problemas y de que será la función de los técnicos o de los científicos el gobernar para aplicar la solución correcta.

Por desgracia estas ideas, que se pueden remontar hasta Platón, padecen de una simplificación que las hace no sólo imposibles, sino indeseables.

Por un lado no existe ‘la ciencia’ como una unidad con una sola voz unívoca que tiene un solo criterio para resolver los problemas -y menos aún en la situación actual-. Esa idea de ‘la ciencia’ es, en realidad, cientificismo que es la nueva religión de nuestro tiempo.

Cuando los políticos dicen que “harán lo que dice la ciencia” en realidad deberían decir que “harán lo que tal o cual científico, con tal o cual modelo, con tales o cuales datos presente como hipótesis”.

En ciencia cualquier conclusión es siempre una hipótesis susceptible de ser refutada (sino sería un dogma), y más con la incertidumbre que tenemos aún. 

Sobre el coronavirus no solo aún no hay ni datos irrefutables (cuál es el índice de mortalidad del virus, cuál es el índice de infectados, cuántos muertos ha causado), ni interpretaciones incuestionables de cuál es la mejor estrategia (cuarentena estricta, cuarentena moderada, uso de mascarillas, tests y seguimiento…), sino que tampoco hay un sólo criterio sobre cuál es el objetivo a perseguir, que no puede ser sólo evitar el peligro de fallecimientos (si así fuese se prohibiría circular con automóviles), ni tampoco puede ser sólo el crecimiento económico (si así fuese no se prohibiría la circulación de ningún vehículo) como se nos presenta en una falsa dicotomía.

Toda decisión pública ha de ser una ponderación, una valoración. Y cuando el político dice que hará “lo que diga la ciencia” en realidad está abdicando de su función de tomar decisiones para esconderse detrás del prestigio de ‘la ciencia’, pero ésta no le puede dar la “solución correcta” a los complejos problemas de gobernar. 

En una sociedad compleja hay distintos grupos, intereses, perspectivas, ideales y opiniones, por eso las elecciones democráticas consisten en aglutinar mayorías para elegir las soluciones que se desean, en articular compromisos, en conseguir lo tolerable para una mayoría, pero no la solución “perfecta” según alguno (lo que sería una dictadura). 

Así, por ejemplo, siempre hay un presupuesto público limitado. Si se decide hacer con éste un puente, un hospital, una reducción de impuestos o un reparto de dinero; la técnica puede indicar qué puente y con qué material, qué dotación al hospital o cómo hacer la reducción de impuestos. Pero en ningún caso es una decisión “técnica” el escoger qué hacer, sino política.

Se entiende que, ante la preocupante bajada de nivel de los políticos en el mundo (por su calidad humana, profesional, experiencia, liderazgo), los ciudadanos reclamen que sean otros, con mejor criterio, quienes tomen las decisiones.

Pero esto tiene un gran peligro, y es que se ignora la pluralidad, la complejidad y la diversidad de cualquier sociedad actual y se acaba confiando en que alguien (‘la ciencia’) tenga un criterio incuestionable e infalible, y eso ni es cierto, ni puede serlo y menoscaba la democracia, que siempre es imperfecta y cuestionable.

Gobernar no es como resolver una ecuación o arreglar el motor de una licuadora, ni siquiera como inventar un tratamiento contra una enfermedad o hacer un difícil ejercicio de contabilidad; gobernar consiste en elegir lo posible de entre todas las opciones disponibles, con millones de ciudadanos que desean algo distinto cada uno y los “partidos” e intereses aglutinados presionando.

No niego ni la voz, ni la importancia, ni la necesidad de los criterios técnicos en la toma de decisiones. Pero siempre ha de ser, por un lado eso, una asesoría particular sobre el tema a tratar, no una delegación de la decisión; y por el otro hay que tener en cuenta que en cualquier ámbito distintos técnicos pueden proponer distintas opciones de acuerdo a su pericia y criterio, por ello hay que consultar a varios y tener en cuenta la pluralidad de opciones.

Por tanto ahora, más que nunca, no necesitamos sólo técnicos o científicos, sino políticos que tomen decisiones, como es su función. 

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