Contrapunto
El coronavirus a bordo de un lujoso crucero por el mundo
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

11 Dic 2020 - 19:01

Bastantes anécdotas se han contado en 2020 acerca del Covid-19, pero pocos imaginan cómo se vivió la tragedia a bordo de un lujoso crucero al que, a medida que el virus se expandía por el mundo, se le cerraban los puertos. La histeria de los dos mil pasajeros se volvía incontrolable.

Para comentar uno de los libros publicados este año es necesario comenzar por el autor Juan José J.J. Benítez (Pamplona, 1946) porque algunas de sus obras, como por ejemplo la saga Caballo de Troya, algunos libros sobre ovnis (la ufología lo apasiona tanto como el periodismo), despiertan siempre duras críticas.

También es necesario advertir que el lector se puede llevar algunas sorpresas que podrían resultar truculentas, tal como el escritor plantea al final de ‘La gran catástrofe amarilla’ después de narrar, a modo de bitácora, las peripecias y la angustia de los pasajeros del barco italiano Costa Deliziosa (con z).

Las tragedias están presentes en casi todos los libros de Benítez y el coronavirus no es más que una operación diseñada en un laboratorio militar de enormes dimensiones de poder y estrategia. Además, anticipa una catástrofe mayor: la caída de un asteroide del tamaño del Everest en 2027.

Como en época de epidemias todos son expertos, el autor narra una conversación en la cual se citan libros de Stephen King, Camus y Roth, que escribieron contenidos apocalípticos. Un monje budista –dice Benítez- profetizó “la gran catástrofe amarilla”.

El monje era Zidong y la profecía la emitió en la ciudad prohibida de China hace un siglo. Dijo que en 2020 “China llorará, no se celebrará el Año Nuevo y los tigres y lobos se esconderán en la montaña… la plaga se extenderá por todo el mundo”.

Vamos entonces al crucero, que comenzó en enero, y lo que sucedía día a día con los pasajeros y los 800 tripulantes. El comportamiento humano en el mar no era tan diferente al que se vivió en tierra. Los más ansiosos acaparaban papel higiénico y comida, que llevaban hasta sus camarotes.

Durante 40 días a los pasajeros no se les permitió bajar a tierra, lo cual aumentaba la angustia; las noticias que llegaban eran alarmantes.

La gente se empujaba en el bufé, se insultaban y gritaban, se disputaban las naranjas y los pasteles… los franceses lloraban, los alemanes se emborrachaban, los italianos y los brasileños se abrazaban y los españoles, naturalmente, discutían más.

La rutina transcurre en medio de los mensajes, a veces cursis, del capitán: “No pases tu vida construyendo un barco si no has probado el sabor de la sal marina”. El barco llegó a Manta el 27 de enero cuando en Ecuador tampoco se sospechaban las consecuencias de la epidemia y no se había decretado la cuarentena.

En su bitácora el escritor narra la situación en Guayaquil, ciudad donde la epidemia atacó con fuerza.

“Las autoridades de Guayaquil, en Ecuador, no han permitido el aterrizaje de un avión de Iberia (vacío) que trataba de recoger a un grupo de españoles para repatriarlos. Han situado automóviles en la pista de aterrizaje. El avión no ha podido tomar tierra”.

La intensidad del relato baja cuando el escritor adjunta apuntes adicionales a la bitácora, como por ejemplo ‘preguntas a Dios’, algunas graciosas, otras demasiado forzadas. También narra sus manías de escritor: “Huyo del había, del podía y del debía“.

Antes de lo que la editorial Planeta califica de “final de infarto”, J.J. Benítez anota más detalles sobre el meteorito que caerá en siete años más cerca de las islas Bermudas. Olas de mil metros barrerán las costas de Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela, Brasil, Francia, Portugal, el Caribe desaparecerá…

Según el informe secreto que revela al final, el virus, que alcanzó a todo el mundo con el apoyo de 150.000 vuelos diarios durante varios meses, no se desarrolló en laboratorios chinos. El nombre original es havoc, que podría traducirse como destrucción y salió de un laboratorio militar de una potencia mundial que no es China.

El documento profundiza en explicaciones científicas y aclara los objetivos: desestabilizar a las economías potencialmente enemigas y a las economías emergentes. La primera siembra del virus –octubre de 2019- fue en el Wuhan Institute Virology, donde se aprovechó la celebración de unos juegos militares de carácter internacional. Wuhan sirvió de pantalla (supuesto responsable).

Para el recuerdo histórico, y “colgar en el baño”, reproduce frases que tomó de El País, expresadas por tres presidentes.

  1. En abril, cuando haga un poco más de calor, el virus desaparecerá milagrosamente: Trump.
  2. El coronavirus se combate practicando hockey sobre hielo y bebiendo vodka: Lukashenko.
  3. El brasileño no se contagia; es capaz de bucear en una alcantarilla, salir, y no pasa nada: Bolsonaro.
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