El Chef de la Política
¿Cuánto cuesta la bancada del BAN?
Santiago Basabe

Santiago Basabe

Politólogo, docente-investigador de FLACSO Ecuador y analista político. Sus campos de interés son las relaciones entre política y justicia, el funcionamiento de las instituciones democráticas y la representación política de las mujeres en América Latina.

Actualizada:

13 Jun 2021 - 19:03

A menos de un mes del inicio de las actividades en la Asamblea Nacional, la correlación de fuerzas políticas ha variado considerablemente.

La bancada oficialista, que tímidamente se presentó con doce legisladores a la sesión inaugural, ahora aparece fortalecida y envalentonada, sacando pecho de las catorce voluntades adicionales que ha conseguido integrar a su proyecto de gobierno.

Ahora somos veinte y seis, pero pronto seremos muchos más, señalan. Con ese anuncio, que bien puede sonar a amenaza, socialcristianos, socialdemócratas e indígenas se ponen alerta y “pasan lista” diaria a sus legisladores, con la esperanza de que las bajas no continúen. Pero continuarán.

De esta arremetida no se salva nadie, se escucha en los corredores del Ministerio de Gobierno. De hecho, incluso la bancada de UNES debería estar con los radares encendidos pues, para los asambleístas de Centro Democrático, por ejemplo, siempre será más conveniente estar del lado del poder que en una alianza que, al menos en el corto plazo, resulta poco rentable en términos políticos.

Pero más allá de este arduo proceso de aglutinamiento de voluntades en el que el ministro de Gobierno y el asambleísta Flores, heredero de la curul del padre, han jugado un papel determinante, la inevitable pregunta que surge tiene que ver con el costo que implica la creación de la bancada del BAN.

Desde luego, las voces oficialistas dicen que es un acuerdo sin ninguna contraprestación y que se genera con asambleístas interesados en apoyar la gobernabilidad del Presidente Lasso y que, a la par, se sienten interpelados por la propuesta política de Creo.

Si esto fuera así, e independientemente de la vocación cívica que podría estar presente en algunos de los ahora cercanos a Carondelet, la política habría perdido su sentido. En efecto, el arte de gobernar implica negociar, distribuir espacios de poder y sobre esa base llegar a acuerdos.

Si nada de eso ha sucedido entre el Gobierno Nacional y las catorce voluntades a las que ha seducido hasta la fecha entonces la otra explicación, absolutamente inverosímil desde luego, es que se trata de una imposición desde el Ejecutivo.

El punto de fondo aquí no es, por tanto, cuestionar los acercamientos que se puedan dar entre diferentes actores de la vida pública del país. La crítica está en la falta de transparencia en el manejo de la política y en el menosprecio a la inteligencia de la ciudadanía a partir del argumento de que no existen concesiones de ningún tipo.

Si se ha mencionado que se busca generar cambios en la forma de hacer actividad política en Ecuador, la salida es que los pactos alcanzados se hagan de forma pública. Este ejercicio democrático no solo revitaliza la gestión de los gobernantes ante la población sino que presiona a los que son parte de las negociaciones a mantener por mayor tiempo la vigencia de los acuerdos.

Además, la publicidad de los términos de la negociación produce responsabilidades compartidas entre el gobierno y sus aliados.

Cuando esto no sucede, tarde o temprano los presidentes se convierten en rehenes de los intereses particularistas diseminados en la Asamblea Nacional. No hay motivo para creer que en el caso del Presidente Guillermo Lasso las cosas serán diferentes.

Finalmente, tras la formación de la bancada del BAN hay una cuestión ética que amerita cierta reflexión. Si el último proceso eleccionario se dio bajo la fórmula de listas cerradas, una de las consecuencias de ello es que el elector consignó su voto, prioritariamente, por la agrupación política más que por el candidato.

Bajo esa lógica, quien llega a la Asamblea Nacional por una bandera partidista e inmediatamente da un salto en una dirección distinta, estaría atentando contra la voluntad de sus electores y, en un mundo ideal, debería dejar su curul.

Ese mundo ideal en algún momento trató de convertirse en norma en la legislatura ecuatoriana pero, como era de esperarse, no recibió el apoyo suficiente. Por ello, mientras el país no genere una legislación al respecto, que vaya de la mano con una reforma integral al sistema de representación partidista, los gobiernos seguirán intentando ganar voluntades como ahora lo ha hecho la bancada del BAN.

Como antes, la esencia de esos acuerdos no está en los ministerios ni en los espacios nacionales de mayor visibilidad sino en las subsecretarías, direcciones zonales y en una cantidad de espacios de poder que, lejos del escrutinio público, materializan las negociaciones políticas que, como he dicho, por sí mismas no son cuestionables.

Ya nos enteraremos de cuánto cuesta la bancada del BAN.

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