Leyenda Urbana
Cuenca: del Bicentenario a la tercera Independencia
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

2 Nov 2020 - 19:01

Intento imaginar lo que dirán las futuras generaciones cuando recuerden el Bicentenario de la Independencia de Cuenca en 2020, y lo evoquen como un hito que marcó un nuevo renacer en la historia de la ciudad hidalga y libertaria.

Hablarán de cómo la ciudad honró la memoria de los próceres del 3 noviembre de 1820, la de los Verdeloma, y también de los de febrero de 1822, como fuentes de inspiración para que volviera por los fueros de ciudad con voz potente en la esfera nacional. 

Se referirán a la feroz pandemia que atacó a la ciudad, al país y al mundo, pero no arredró a los cuencanos que fueron a las urnas para responder una consulta popular y defender el agua que es su vida.

Elogiarán esa conducta que les habrá permitido seguir disfrutando de ese paisaje, en el que sus habitantes viven en una suerte de simbiosis entre el paisaje, sus ríos y su gente.

La generación del Bicentenario se habrá ganado el respeto de las futuras, porque fue capaz de admitir sus yerros, enmendarlos y seguir adelante.

Se dirá que la historia de los pueblos está urdida de momentos cimeros y también de oscuridad, como en una pintura en la que las sombras perfeccionan la obra.

Cimentada en tres culturas: cañari, inca y española, Cuenca vivió una década que fue una travesía por el desierto; extravió su norte. 

Cuando tuvo más ministros y altos funcionarios en el poder, estuvo más olvidada y abandonada. Una paradoja que, en clave democrática, ratifica que la sumisión es opuesta a la dignidad, porque son la discrepancia y la disidencia las que le dan valor.

Hechos como estos, que en la historia de los pueblos son apenas un episodio doloroso, hicieron pedagogía. Y sirvió para que, nunca más, el libérrimo pueblo se dejara envolver con épicos engaños de un falsario revolucionario.

Contarán que, el sonsonete de que “tenemos carreteras” fue una falacia porque hubo discrimen.

Vías de primer mundo para las provincias del norte. Vías de tercer mundo para las del sur.

Recordarán que viajar por tierra de Quito a Cuenca, que durante la pandemia se volvió frecuente, sirvió para palpar, una vez más, la absurda acción del poder central que divide al país, justo, en Alausí.

Cuatro carriles hacia arriba; dos carriles, con tramos maltrechos, hacia el sur. 

Y se asombrarán de que no poca gente había normalizado esa inequidad.

En 1920, Cuenca celebró el Centenario de su Independencia con el primer vuelo en los Andes de El Telégrafo 1, al mando del italiano Elia Liut, desde Guayaquil. 

Cien años después, durante el Bicentenario, había retrocedido en conectividad.

El ingreso terrestre a la ciudad Patrimonio de la Humanidad por el sur, es una afrenta. Hay tramos en los cuales los viajeros pasan horas sin moverse. 

La ausencia de infraestructura fue la evidencia incontrastable del centralismo atávico, fruto de un modelo de Estado malsano e indolente.

De los 10 años de autoritarismo y división cuando los cuencanos coparon el Gabinete también quedó una lacra: la cárcel de Turi hecha por ese Gobierno. 

Además, el centralismo eliminó el CREA, institución fundamental de la región; le restó competencia en materia de comunicaciones a la empresa municipal ETAPA; y absorbió el paquete accionario de las Eléctricas.

Por esto y muchas cosas más, en el Bicentenario, los cuencanos dijeron: ya basta.

Las nuevas generaciones recordarán que, en 2021, el año de la consulta, los candidatos azuayos a la Asamblea Nacional se pronunciaron por la defensa del agua en oposición a la minería metálica.

Al abjurar de la extracción minera en las zonas de recarga hídrica de los ríos que atraviesan la ciudad: Tomebamba, Tarqui, Machángara, Yanuncay, y el Norcay, reconocieron que Cuenca es el don de sus ríos. 

Quienes aspiraban a gobernar el país también se comprometieron a privilegiar la vida, lo que hizo que el Macizo del Cajas, declarado Patrimonio de la Biósfera por Naciones Unidas, siguiera intacto. Y que su sobrecogedora belleza de pajonales de terciopelo, gigantes montañas de sin par hermosura, y agua; mucha agua, continuaran fascinando.

Las futuras generaciones admirarán las artesanías que evocan el sincretismo cultural. Y el poder emprendedor y desafiante de su industria que se habrá fortalecido con la tecnología. 

Se referirán orgullosas a su gigante catedral, monumento a la fe. Y al acento cuencano, que parece provenir del murmullo de sus ríos, como signo de identidad.

Disfrutarán de los mágicos trazos de su urbe de rojos tejados fruto del soplo de los alfareros que dieron vida al barro. Y del verdor de las márgenes de sus prodigiosos ríos que discurren por la ciudad. Su valor turístico será portentoso.

Pero sobre todo, elogiarán la determinación y sabiduría de la Cuenca del Bicentenario que, tras recuperar el pensamiento crítico, alzó su voz, demandó su autonomía y empezó a gestar su tercera Independencia. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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