Contrapunto
El cuerpo velado en Francia; el corazón sepultado en Polonia
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

19 Jun 2020 - 19:00

La familia de Frédéric Chopin (1810-1849) sabía que tenía que cumplir de manera fiel el anhelo del músico expresado en su testamento; dos eran los pedidos esenciales, pero difíciles de cumplir.

El primero, que en la Église de La Madeleine, de París, se cantara el réquiem de Mozart; y el segundo, que su corazón fuera llevado a su natal Polonia, en la época que estaba ocupada por la expansionista Rusia de los Románov.

Para cumplir el primer deseo la familia, especialmente su hermana Ludwika, comenzó a reunir a las mejores voces para interpretar el famoso réquiem, pero cómo cantar el tuba mirum sin soprano y sin contralto -se preguntaba- por causa de la tradición religiosa que no permitía voces femeninas solistas, tampoco en coros, dentro de las iglesias.

Creyeron que el prestigio que alcanzó Chopin en Francia y en toda Europa sería suficiente para cambiar la tradición. Amigos del difunto, muy influyentes dentro del catolicismo, lo intentaron, pero el cura de La Madeleine se mantuvo fiel a la costumbre y el cuerpo del difunto seguía aguardando una decisión.

Pensaron en la posibilidad de que el tuba mirum fuera cantado por castrati ya que, según la soprano italiana Graziella Panini, “para la Iglesia es mejor un hombre sin huevos que una mujer”, tal como lo relata la Nobel de Literatura polaca Olga Tokarczuk en su novela Los errantes.

Lo que dice la escritora es real y aparece en la mayoría de biografías sobre Chopin, incluso en Wikipedia que, además, coincide con otras biografías que señalan las dos de la madrugada del 17 de octubre de 1849 como la hora exacta de la muerte del músico polaco por causa de la tuberculosis.

La solución no vendría por el lado de las voces castrati; pero la angustia crecía porque el cadáver llevaba varios días esperando la despedida final, y sin corazón, porque ya había sido extraído y colocado en un frasco lleno con alcohol para ser llevado a Varsovia; que es otra historia de dificultades que el músico tampoco previó en su testamento.

Los ensayos para interpretar el réquiem continuaban y la solución comenzaba a asomar. Para no alterar la tradición, las mujeres solistas y las integrantes del coro cantarían detrás de un pesado cortinaje negro que las convertiría en invisibles para los asistentes a la misa del difunto músico.

El tuba mirum del Réquiem de Mozart:

Al día siguiente de la muerte había acudido un cirujano para cumplir el otro de los deseos del compositor, extraer el corazón con un afilado bisturí. Después de sacarlo del cuerpo lo lavó y comprobó que era mucho más grande de lo normal y mandaron a traer otro recipiente, de acuerdo con el relato de Los errantes.

Ahora venía lo más aventurado, el traslado en un carruaje, el cruce de la frontera sin que los soldados rusos vieran el contenido del enorme frasco que Ludwika se colocó amarrado con un tejido de cuero entre sus piernas y tapada por el enorme y tieso vestido en forma de copa.

Sabían que la Polonia rusa no permitía la entrada de nada que alentara las “ridículas aspiraciones de liberación nacional” de los polacos –dice Olga Tokarczuk- y no hurgaron entre el enmarañado vestido. El corazón ingresó a Polonia para cumplir el difícil encargo de Frédéric Chopin.

En efecto, una de las decisiones para que el músico nunca regresara a su país la tomó tras la frustrada revolución de 1830, liderada por nacionalistas polacos, que querían liberar a su país. Las obras musicales más impactantes escritas por Chopin son precisamente sus polonesas y mazurcas. 

Como la Polonesa número 6, Heroica:

El catálogo de este prolijo músico incluye 55 mazurcas, 27 estudios, 24 preludios, 19 nocturnos, 13 polonesas y 3 sonatas para piano. Entre otras composiciones destacan sus dos conciertos para piano y orquesta que los escribió en su juventud. 

Se dice que prefería tocar el piano en la oscuridad, no le gustaba dar conciertos y prefería pequeñas reuniones para interpretar su música.

El principal apoyo para su consolidación como músico se lo dio Franz Liszt, quien además le presentó a la escritora George Sand, con quien mantuvo una complicada relación sentimental, la que inspiró a escritores y a directores de cine.

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