Leyenda Urbana
La danza de máscaras en la Asamblea Nacional de Ecuador
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

26 Abr 2021 - 19:03

Con la astucia aprendida en el ejercicio del poder, los correístas habrían llevado a sus rivales ideológicos de la Asamblea a una suerte de danza de máscaras. Esas que se ‘chantan’ para que no se note la falta de vergüenza política, mientras intentan hacerse de estratégicos puestos en la Legislatura, que les abrirían el camino para buscar la impunidad para sus dirigentes que delinquieron.

“La maldad puede disfrazarse de virtud, más la virtud no lleva máscara”, dijo William Shakespeare. Las palabras del célebre dramaturgo inglés son, cinco siglos después, alerta y lección a la vez.

Sobrepuestos al aturdimiento de la derrota, están de vuelta y no cejarán hasta salirse con la suya. Vienen cargados de cizaña. Buscarán dividir.

A manera de testeo ciudadano, un lenguaraz asambleísta dejó caer el tema de los indultos en una entrevista, pero se topó con un muro de dignidad colectiva, levantado a cal y canto.

Desde los más diversos sectores se cuestionó tamaña pretensión que calificaría a sus autores de cómplices y traidores.

Tanto impacto causó la declaración de marras del asambleísta Francisco Jiménez, que CREO debió salir a aclarar. Aunque se tardó en hacerlo porque, en lo político, se mueve de manera paquidérmica.

Haber ganado con el discurso de la lucha contra la corrupción, ubicándose en las antípodas de quienes expoliaron al país, y levantando la bandera del respeto a la independencia de las Funciones del Estado, para dejar entrever que harían lo contrario, ha resultado ignominioso. ¿Hasta dónde irán?

En el juego de los acomodos, algunos asambleístas estarían ejercitando simulacros que van más allá de elegir el Consejo de Administración de la Legislatura (CAL), al que tienen legítimo derecho las organizaciones políticas más votadas.

El Partido Social Cristiano (PSC) que, junto a su aliado, CREO, suman 31 votos, habría decidido buscar la Presidencia de la Asamblea.

Henry Kronfle, que los representaría, tendría más de 40 votos, al contar con al menos 10 independientes; algunos de la Izquierda Democrática (ID) y Pachakutik (PK). Pero le faltan para completar 70.

De ser así, el PSC, de la alianza oficialista, habría propiciado las primeras deserciones en PK e ID, que acaban de firmar un acuerdo programático, y anunciar a Salvador Quishpe como su candidato a presidir la Asamblea.

Esto resulta extraño luego de que, en la segunda vuelta, Lasso incorporó a su agenda las reivindicaciones y aspiraciones más sensibles de los sectores que apoyaron a Yaku Pérez y Xavier Hervas, candidatos de esas organizaciones. Lo lógico habría sido acercarse o, por lo menos, dialogar con ellos.

Todo lo que sucede en la Asamblea es un enigma.

Quince días después de ganar las elecciones, ningún operador político de Lasso ha gestionado acuerdo legislativo alguno, con miras a ejecutar el plan de gobierno por el cual votó el país. Y para lograr gobernabilidad.

Lo que está sucediendo en la Asamblea solo confirma que la política es esquizofrénica. Y que, en la lucha por el poder, todos miran por sus propios intereses.

Muchos dieron por sentado que el triunfo de Lasso alejaba algunos de los peores fantasmas que acechan a la sociedad ecuatoriana: el totalitarismo, la corrupción y la impunidad. No parece ser así.

Una cosa es bajar el hacha del odio porque el país necesita estar en paz para que se cumpla aquello del país del encuentro. Otra, distinta y vergonzante, es pretender acordar la impunidad, haciendo acuerdos con quienes quieren que se manipulen juicios y sentencias.

Solo imaginar que, para lograr la Presidencia de la Asamblea, la alianza que llevó al poder a Lasso, necesitaría los votos del correísmo, resulta escalofriante.

Recién la justicia ecuatoriana ha lavado sus vergüenzas de la década abyecta, durante la cual jueces venales despachaban sentencias a la carta, presionados y hasta amenazados. Pretender arrastrarla, otra vez, por ese camino, sería funesto.

La denuncia pública de Salvador Quishpe de que le habrían “pedido amnistía para Jorge G. y otros”, y para chantajearlo, supuestamente, habrían sacado denuncias en su contra no puede ser desestimada, más todavía si ha dicho que prefiere quedarse sin la Presidencia de la Asamblea, “antes de caer en estos chantajes”.

Gestionar la política es un arte. En especial cuando se trata de propiciar la gobernabilidad, en un país con graves y urgentes crisis por atender, como son la sanitaria por la pandemia que arrecia, la económica y la ética. Pero la gobernabilidad, de manera alguna, puede ser una coartada.

Menos mal que Juan Carlos Holguín, como integrante del equipo de transición de Lasso, ha dicho que la corrupción no es negociable.

Curtidos en las artes de atizar el odio y la división, pretender mostrarse como apacibles corderos no les alcanza para ocultar su piel correísta.

No hay que permitirles que desestabilicen el país. Para eso, es mejor evitar asistir a la danza de máscaras que han organizado en la Asamblea.

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