De la Vida Real
El debate, mis tres hijos, sus análisis políticos y los memes
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

28 Mar 2021 - 19:03

Cuando era niña no entendía nada de la vida y peor de política. Para mí, lo único claro era que León Febres Cordero no era mi tío. De ahí, pasaba jugando, y las malas lenguas dicen que también llorando. Pero no me acuerdo. 

Otra cosa que veo de mí, en retrospección, es que aprendí a entender las noticias cuando estudiaba periodismo en la universidad. De verdad, no entendía nada de lo que decían los noticieros y peor las noticias de la prensa, a diferencia de mis hijos.

Ellos entienden, preguntan, refutan y opinan. 

¿Será tal vez que ahora el lenguaje es más simple o que ellos son más pilas? ¿Serán solo mis hijos o serán así todos los niños? Lo que sí sé es que mis guaguas disfrutan viendo las noticias a cualquier hora. 

Ellos están al tanto de lo que pasa en el país y en el mundo. El domingo del debate presidencial, mi marido, que es comunicador y hace informes políticos, nos dijo que iba a trabajar en el cuarto donde está la tele principal, que no hiciéramos ruido ni le interrumpiéramos, nos advirtió. 

Les dije a mis guaguas que era hora de ponerse la pijama y de dormir cada uno en su cama. Mi plan era acostarme y ver una película romántica. Ya me tiene harta la política.

Aunque sí pensé que, tal vez por responsabilidad ciudadana, debería ver también el debate, porque luego no entiendo los memes ni los videos de parodia que sacan en redes sociales. 

Mientras yo me alistaba para acostarme, vi como mis tres hijos invadieron mi cama –los mellizos a los lados y el mayor en la mitad–. 

Les dije que no, que apaguen la tele y que se vayan a dormir. Me dijeron que había que ver el debate. Mi hijo Rodrigo, de seis años, solo quería oírle al Lasso decir: “¡Ya qué chucha!”.

El Pacaí, que es más grandecito y sabe algo de política, quería ver para tener un tema de conversación con el abuelo Paco. La Amalia estaba ahí de relleno. No tenía un objetivo claro, hasta ese momento.

A los cinco minutos de haber empezado el debate, en Twitter comenzaron a salir los primeros buenos chistes. Debo reconocer que no puedo estar con la televisión prendida y sin el celular en la mano.

El Pacaí alzaba y bajaba el volumen con el control. La Amalia cambiaba de canal para ver en cuál se veían mejor los colores. “Ve, aquí la resolución está a lo bestia”, comentaban entre ellos. “Déjale en este canal. Tiene como diez segundos de retraso”.

Estas son las ventajas de tener celular en la mano (para no enervarme tanto). 

La Amalia muy seria, me dijo: “Má, el Yaku Pérez ya fue, pasó de moda. Ya no es importante”. ¿Cómo se acordó de Pérez? Tiene seis años, pensé asombrada.

En eso empezaron a aparecer en redes los memes del Yaku, llegando al debate con su osito de peluche blanco y su toalla azul. Tenía que compartir esa información con mis tres hijos, pero en menos de dos segundos se dieron cuenta de que era un montaje:

“¿Má, de verdad crees eso? Eso es un meme. Evita que te troleen”, me dijo el Pacaí muy seguro.

Y en mi cabeza retumbaba ese nuevo concepto de troll. O sea, los trolls son los que cobran plata y arman perfiles falsos en redes sociales para apoyar a algún corrupto. Eso entendía yo. Por eso, en el gobierno de Correa había el Troll Center, pero ¿cómo por un meme puedo evitar que me troleen?

No dije nada porque me molesta darle importancia a mi hijo de diez años, que se jura adolescente. Yo recién estaba procesando la información, cuando de pronto me dice: “Má, ¿has cachado que en este debate se están tirando mucho hate?

‘Hate’, ‘hate’, retumba otra vez en mi cabeza. Definitivamente mis hijos me llevan a una dimensión desconocida.

Y eso que yo me creo mamá moderna por usar TikTok, tener el pelo largo y jeans rotos. Pero creo que mi concepto de modernidad está bastante obsoleto. 

El Rodri, cada vez que enfocaban a Arauz, gritaba: “¡Andrés, no mientas otra vez!”. Y los tres se mataban de la risa.

El Pacaí comentó en voz alta: “Qué bueno que ahora Lasso no dijo, ¡Ya qué chucha!”, a lo que la Amalia respondió: “¿La mamá de Lasso no le dirá nada por decir malas palabras en televisión?”.

Se terminó el debate, y los cuatro fuimos corriendo donde el Wilson para tener una orientación más clara y certera sobre lo que se había dicho.

“Pá, ¿qué te pareció el debate?” Preguntó la Amalia, y el Wilson nos dio un análisis tan completo, que hasta dudé de si vimos lo mismo.

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