Una Habitación Propia
Depresión a la ecuatoriana
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

3 Dic 2020 - 19:00

Cuando yo era muy niña, la pediatra le recomendó a mi mamá que me llevara a un sicólogo infantil. Mi papá, eso lo recuerdo muy bien, dijo que en su casa no iba a haber ninguna loca y cerró el tema para siempre: estaban dando Starsky y Hutch

Nunca volví a esa pediatra y de sicólogos no se habló nunca más. 

No voy a decir que tuve una adolescencia tormentosa, de mutilaciones, desorden alimenticio o intentos de suicidio, porque estaría mintiendo. El recuerdo que tengo, el que engloba todos los demás, es el de estar siempre muy sola y muy triste. 

Sobre todo muy triste. 

Mi papá entendía esa tristeza, ese desasosiego, como altanería y la relación entre los dos se hundió de forma lenta pero inmisericorde. Yo quise querer a mi papá y quise que él me quisiera. Siento que ninguna de las dos cosas ocurrió de verdad.

Pienso todo el tiempo en lo distinto que hubiera sido absolutamente todo en mi vida si ese día de hace casi cuarenta años mi papá hubiera apagado el televisor y le hubiera preguntado a mi mamá –con mente abierta, con ganas de entenderme– por qué la pediatra consideraba que yo necesitaba atender mi salud mental. 

Estoy segura de que como miles de niños y niñas lo necesitaba, lo necesito. 

Como hay gente que tiene insuficiencia renal, diabetes, soplo en el corazón, yo tengo esto: soy depresiva. ¿Nací así? No lo sé. Lo que sí sé es que siempre he tenido esa forma de ver el mundo a la que la extraordinaria terapista Alice Miller le dio nombre: El drama del niño dotado. 

Mis padres, que por supuesto no leyeron a Alice Miller, me dieron el apodo que me acompañó toda la infancia: Amparito. El origen del apodo era la actriz Amparo Rivelles, famosa por romper en ataques de llanto. Me llamaban teatrera, dramática, ridícula. 

Las lágrimas, las pesadillas y los silencios de los niños son síntomas. Algo andaba mal y, como sé ahora, el miembro de la familia que manifiesta los síntomas es nada más que el eslabón más débil de un sistema familiar enfermo.  

Hasta que ya de adulta pude ir a terapia y comprendí los orígenes de mis comportamientos, siempre odié esa parte mía que me boicoteaba la felicidad. Como en el meme, todo el tiempo me golpeaba la cabeza y me preguntaba: ¿Por qué no eres una niña normal?   

Como todos los demás, me echaba la culpa a mí. 

Lo que me espanta es que en pleno siglo XXI hay gente que todavía piensa que la salud mental es algo en lo que eliges creer, como la astrología. O peor: creen que las características de los capricornios son más ciertas que las manifestaciones de la depresión. 

Si me hubieran dado un dólar por cada vez que me han recomendado terapias alternativas, respiración, yoga, pintar mandalas, trabajar más, meditación, aprender a tejer, infusiones de valeriana, batidos verdes, aceites esenciales de lavanda, baños en sal gruesa, etcétera, etcétera, tendría como para comprar una casa. 

No entiendo cómo ante clarísimas señales de depresión la gente puede decir: anímate, haz pilates, toma vitamina B. Es como si a una persona con problemas cardiacos o con meningitis le dices que le ponga ganas, que se sacuda, que salga de la cama. ¿No tiene sentido, verdad?

En este país la relación de la gente con la salud mental es peor que inexistente: es ofensiva. Personas que creeríamos inteligentes, preparadas, piensan que al depresivo, al bipolar, al esquizofrénico le basta con una suscripción al estudio de yoga más cercano, con oler lavanda, con pintar con números. 

Este país culpa al depresivo por ser depresivo.

Y mientras tenemos cifras de suicidios espeluznantes, adolescentes cortándose las piernas o vomitando la comida, gente adicta a drogas y alcohol, mujeres y hombres incapaces de salir del pozo terrible de la depresión, la sociedad mira a otro lado, casi avergonzándose de esos lastres, golpeándolos con sus ridículos consejos new age.  

La próxima vez que alguien le hable de su tristeza escúchelo, escúchela, pregúntele cómo puede acompañar, y, por favor, métase los cuarzos y los aceites esenciales en el quinto chacra.

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