De la Vida Real
No soy tonta, soy disléxica
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

10 Oct 2021 - 19:00

Del colegio de mis guaguas me pidieron lo siguiente: “Valen, queremos pedirte que, por el Día Mundial de la Dislexia, el 8 de octubre, escribas una reflexión sobre el tema. Muchas gracias”. 

Y esto fue lo que escribí y lo quiero compartir con ustedes también.

Vivir con dislexia es vivir en un mundo paralelo. En el uno viven los que pueden manejarse por la vida sin problemas, y en el otro vivimos nosotros, quienes tenemos una o varias ‘diferencias’, donde todo es un problema que debemos solucionar a nuestro ritmo y en nuestro espacio.

Toda la vida creí que era tonta. Me diagnosticaron dislexia a los 12 años. Leer y escribir me era casi imposible. Es difícil explicar que las letras se cruzan entre sí y que la mente no logra decodificar lo que dice el papel. Las manos no coordinan con lo que quiere escribir la mente.

Aprender a leer fue una misión titánica. Las personas que tenemos dislexia leemos muy lento y nos olvidamos muy rápido. Repetimos la oración una y otra vez. Cambiamos el orden de las palabras. Con la práctica mejoramos bastante, pero es necesario ingeniarnos una manera para que los ojos avancen a la velocidad de la mente.

Ahora que soy mamá de tres niños chiquitos me dicen que leo peor que el Chavo del Ocho, y es verdad.

Soy mamá de tres niños chiquitos, me dicen que leo peor que el Chavo del Ocho y es verdad.

Leer en voz alta es la peor tortura para alguien con dislexia. Además, lo que se lee no lo entienden ni el oyente ni el lector, porque cada palabra leída viene con falla. A esto hay que sumar los nervios que dan por la equivocación. Leer frases muy largas nos complica la existencia y nos destruye la autoestima.

Estaba en primer grado cuando me enseñaban a escribir. La profesora me pidió que pasara al pizarrón y escribiera la palabra ‘papá’. Pasé al frente muy solvente y segura, pero escribí ‘pipí’. 

La profesora no tuvo piedad de mí. Me pegó en las manos, me gritó tan fuerte que me marcó para toda la vida. Hasta ahora no permito que nadie lea mis apuntes por el terror de que me critiquen lo mal que escribo. Son cicatrices que quedan para toda la vida.

Estuve en muchas terapias y clases particulares que me ayudaron a entender que ser disléxico no tiene nada que ver con la inteligencia. Pero la gente siempre nos juzga y nos señala como incompetentes, solo por no tener velocidad de comprensión.

Los números son abstractos y nuestro cerebro no retiene cifras largas y, para colmo, confundimos los números entre sí. El cuatro y el siete para mí son la misma cosa. Si un número termina en cero, no puedo repetirlo.

¿Por qué? No sé, pero eso me pasa. Un profesor de matemáticas me dijo: “Valen, existen las calculadoras, úsalas”. Ni con calculadora entiendo cómo sacar un porcentaje y, mucho menos, puedo hacer una regla de tres.

Me paralizo por completo cuando me toca pagar algo y me dicen: “¿Tiene 13 centavos para darle los 80?”. No entiendo esta lógica, por más que me la han explicado muchas veces.

Para muchos, saber qué lado es el izquierdo y cuál el derecho es algo normal, para mí es algo incomprensible.

Para muchos, saber qué lado es el izquierdo y cuál el derecho es algo normal, para mí es incomprensible.

Me veo al espejo y repito una y otra vez: “este lado es izquierdo y este es derecho”, pero resulta que en el mundo real ha sido al revés. Decido, entonces, que el destino sea el que me guíe. 

Algunas veces me doy ternura, me siento perdida en la vida. Pero al mismo tiempo me enorgullezco de ver quien soy ahora, pese a que voy en un barco sin timón y a la deriva, tratando de buscar un poco de orientación, orden y lógica en el mundo que me rodea.

Creo que por el hecho de que me diagnosticaron a tiempo dislexia, discalculia y lateralidad cruzada, tres términos que van junto a mi nombre, he podido llevar una vida libre y sin complejos ni inseguridades. Estudié periodismo y ahora soy escritora.

Claro que me doy cuenta de que me tratan como si fuera tonta. La gente me corrige cuando hablo, porque me equivoco al pronunciar ciertas palabras, en especial si son en inglés. Me pongo roja y nerviosa, pero sigo como si nada pasara.

En mi mente digo bien las palabras, pero algo pasa que, al querer decirlas en voz alta o escribirlas, salen con error.

Claro que me doy cuenta de que me tratan como si fuera tonta. La gente me corrige cuando hablo.

El miedo a no encajar en el mundo ‘normal’ es paralizante. No soy tonta, soy disléxica, me repito constantemente. Me toma más tiempo aprender, me demoro en encontrar mi propia lógica para poder vivir en un mundo donde la mayoría no tiene dislexia.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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