De la Vida Real
Mis amigos venezolanos y lo duro que es migrar
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

3 Oct 2021 - 19:00

Tomar la decisión. Ver qué se vende y qué se queda. Poner seguro a la chapa con la confianza de que no pasará nada. Guardar las llaves en el bolsillo porque queda la esperanza de regresar algún día.

Antes, buscar por redes sociales un buen asesor (coyote le llaman aquí). Él será el encargado de llevarlos hasta el nuevo destino.

El precio por persona es de USD 220. Este valor varía según el país al que intentan llegar. Hay que llevar dólares en efectivo. Algunos ‘asesores’ dan desayuno y almuerzo, otros no cubren este rubro.

Es un negocio organizado y estructurado. Hay que pagar entre USD 10 a USD 15 adicionales al pasar la frontera. 

“Yo vine con un ‘asesor’ que me recomendaron. No quería correr el riesgo de que nos dejaran botados por ahí”, me dice Dayanaris, de 24 años, una venezolana que lleva en el Valle de Los Chillos apenas tres semanas.

Vino con su hijo de diez años. Su marido, Marcos, fue el que les envió el dinero para que pudieran viajar.

“El viaje fue cansado, cuatro días en bus. Caminamos un tramo largo. Al cruzar el río Chiquito, a pesar de que estaba tranquilo y bajo, sentí miedo. Hay mucha gente que camina durante días con niños en brazos. Fue muy triste todo lo que vi en el camino”, recuerda.

Hacen las maletas, en las que ponen lo necesario y huyen de la violencia, del hambre, de la falta de empleo. Dejan una familia fragmentada. Llevan sus costumbres y las ganas de salir adelante.

“Cualquier lugar es mejor que vivir en Venezuela. Depende de Dios el destino que le toca a cada uno”, me dice Wiliam de 28 años.

“Dejé a mi pareja allá. Trabajé doble jornada aquí. Le juré que iría a verla para traerla y comenzar una vida juntos. Cumplí mi parte. Me recibió preñada y con el novio viviendo en mi casa. Lloré tres meses. Pero, al final, ella dijo que me ama. La vida es para vivirla. Hay que echar pa’lante, qué más da”.

No queda nada resuelto. Lo único claro es la fecha impresa en el pasaje de bus. Llegan las despedidas y el llanto, el miedo junto a la incertidumbre. 

Lo cierto es que deben salir de las condiciones en las que viven en su país. Se estima que alrededor de 5.000 venezolanos salen cada día. Al llegar a la frontera colombo ecuatoriana no pasan por Migración, así que las cifran no son exactas.

El “asesor” los guía por pasos alternos, que llaman trochas.

“No sabía a dónde llegaba. Solo tenía un papel que decía Terminal Terrestre Quitumbe-Valle de Los Chillos, y USD 10 en mi cartera. Dejé allá a mi hija de nueve años, ahora tiene 12. La extraño cada día, pero, gracias a mi trabajo, le puedo mandar USD 200 mensuales. Ella se quedó con mi hermana y sé que está bien. Espero podérmela traer pronto”, me cuenta Diana, de 36 años, quien trabaja en una lubricadora lavando carros.

Diana saca su celular y me ensaña las fotos de su hija. Una niña preciosa. Se le van las lágrimas. Enciende un tabaco y me dice con una sonrisa, que va de extremo a extremo de su boca, “Chama, yo tengo suerte. Trabajo y puedo mandarle dinero a mi hija. Por ella me vine y por ella me levanto todos los días a trabajar duro. Cuando me la pueda traer voy a estar completa”.

A ellos los conocí el miércoles pasado. Sele y su esposo Frank, con quienes tengo una amistad que dura más de tres años, me invitaron al ‘baby shower’ de su tercera hija, que será ecuatoriana. 

Estaban alrededor de 30 venezolanos y yo. Me sentí como en casa. Me costaba entenderles porque hablan muy rápido y oía demasiados acentos a la vez. Eran de distintas regiones de Venezuela. 

Muchas palabras que usan me suenan familiares. Con la Sale y Frank hacemos intercambios gastronómicos y eso nos hace felices. Cuando nos transmitimos recetas no hace falta traducirnos. Ya sé que el plátano es cambur y ella sabe que la patilla se llama sandía.

Confieso que el patacón con carne mechada (caraotas y aguacate) es mi nueva especialidad culinaria. 

El primer trabajo que ellos tuvieron cuando llegaron fue de instructores de natación en una piscina donde mis hijos aprendieron a nadar. Desde el primer hola, la amistad se hizo hermandad. Gracias a ellos entiendo lo duro que es migrar.

La gente que migra es admirable. Deja todo para comenzar de nuevo en otro país. Por eso, cada vez que veo a algún extranjero pienso: ¿Cómo habrá venido? ¿Cómo vivirá? ¿Cuál será su destino? ¿Cuál su futuro?

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