Leyenda Urbana

Ecuador, donde los enfermos graves deambulan por medicinas y el poder sigue a Goebbels

Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

6 Dic 2021 - 20:40

Las lágrimas de dolor e impotencia de los pacientes con enfermedades catastróficas, que han salido a manifestarse para reclamar medicamentos y salvar sus vidas -a riesgo de empeorar su condición- tendrían que haber convulsionado al país.

Porque son la evidencia del inhumando sistema de salud público ecuatoriano, atacado, desde siempre, por la corrupción y la indolencia. Pero no ha sido así.

Tal parece que la gente está más interesada en los líos entre quienes detentan el poder, el escándalo de la jornada y saber quién ha sido tendencia en Twitter, que por la salud de los compatriotas.

Un absurdo mundo paralelo, que desdeña las realidades y se solaza tanto en lo onírico como en lo banal.

Las protestas de los enfermos ocurrieron en este escenario y en una semana que para el Gobierno Nacional era determinante, porque tenía que responder las preguntas no absueltas sobre cómo logró que una reforma tributaria, denostada por los sectores políticos, pudiera entrar en vigor por el Ministerio de la Ley. Y entonces echó mano de los manuales.

Aprovechando el revuelo mundial por la variante ómicron, del Covid-19, el Ejecutivo habló del virus y el propio presidente Guillermo Lasso se dirigió al país en una cadena nacional que tuvo gran repercusión.

Así, Carondelet dejó entrever una inadvertida habilidad ‘goebbeliana’ para superponer un tema distinto en la conversación, que, en este caso, le sirvió para bajar el tono a las críticas por cómo fue aprobada su ley en la Asamblea Nacional.

Y dejar que sean los “iniciados” quienes se devanen los sesos intentando alguna explicación adicional, que justifique la abstención del bloque correísta de UNES, devenido en el más reciente “amiguis” parlamentario, producto de un inadmitido pacto.

El COE nacional hizo lo suyo y el país comenzó a debatir la suspensión del regreso programado a clases y los nuevos aforos para evitar los contagios.

En este complejo escenario, donde cada quien cuida sus intereses, las protestas de los pacientes con enfermedades catastróficas afuera de los hospitales de Quito, Guayaquil y Cuenca, cayeron en el olvido.

Sí abordó el tema el Consejo de Administración Legislativa (CAL), que dispuso a la Comisión de Salud una investigación sobre la escasez de fármacos esenciales para tratar enfermedades catastróficas, raras y huérfanas, aunque lo habrá hecho más por protagonismo, que por convicción.

Los casos de los pacientes son tan dolorosos, pero se agravan cuando inexplicables absurdos los envuelve. Una madre ha preferido mantener a su hijo postrado en la casa, que dejarlo en el hospital Teodoro Maldonado, de Guayaquil, “dónde no hay nada y puede empeorar”.

A esta mujer, el hospital le entregó 48 ampollas para su hijo, pero luego le pidieron devolver la mitad para otro paciente que lleva tres meses hospitalizado.

“Ni mi hijo ni el otro paciente completarán el tratamiento”, fue su lógica y lacerante conclusión.

La indolencia parece haber atacado a la sociedad, que no ha hecho un reclamo general al poder, para que atienda a los pacientes con enfermedades catastróficas.

“No nos mata el cáncer, sino la depresión, por no saber de dónde sacar el dinero para los tratamientos”, revela, con evidente pesar, una paciente, ante las cámaras, afuera del Hospital Carlos Andrade Marín.

Desde que se recuerde, el sistema de salud ecuatoriano está descoyuntado, pero más desde que ha sido atacado por una imparable corrupción que ha contaminado todo.

El vicepresidente Alfredo Borrero recorrió los hospitales y comprobó que faltan medicinas, instrumental y hasta personal médico; varias semanas después, todo sigue igual. En algunos centros ya no se hacen quimioterapias ni diálisis.

Los nuevos y gigantes hospitales, del tamaño del ego de quien los edificó, son cascarones carentes de insumos y no pocos ya han debido ser reparados porque las obras del correísmo se caen a pedazos, mientras los enfermos padecen lo indecible.

En este escenario complejo, la semana anterior, el secretario de Comunicación, Eduardo Bonilla, habló del Covid-19 y aseguró que estamos muy cerca de alcanzar la inmunidad comunitaria.

“Hoy, el 74,57% de la población ya tiene sus dos dosis. Tenemos la meta de llegar al 85% el 31 de diciembre“, escribió en Twitter.

El reconocido inmunólogo Daniel Simancas, quien ha reconocido el éxito de la vacunación del Gobierno, esta vez habló de “un triunfalismo vacunal desmedido, que los científicos no lo pueden admitir”.

Argumentó que países con 85 y 90% de su población vacunada tienen rebrotes. “Desde la academia y los medios tenemos que denunciar esta falsa sensación de seguridad que se quiere dar al anunciar algo utópico”, remató.

¿Por qué el secretario de Comunicación publicó esta información sin citar ningún estudio y en contradicción con la alerta por la variante ómicron?

Seguro no habrá respuesta, como tampoco la tendrán los pacientes con enfermedades catastróficas, quienes, desafiando a la muerte, salieron a las calles, pero no fueron escuchados.

En vez de imitar a Goebbles, el poder debería seguir a George Orwell, quien dijo que “lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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