De la Vida Real
El periplo de la educación virtual, ¿seré mala mamá?
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

11 Oct 2020 - 19:00

-Shhh… Shhh… Haz silencio, que los guaguas ya se durmieron. Tuvimos un día fatal.

-Voy a imprimir de una vez las cosas de la escuela. Mañana tengo una reunión temprano y no voy a poder ayudar con nada.

-Oye, la profe dijo que debemos tener todos los materiales listos para la clase.

Ya no podemos comprar más. Pierden todo, juegan con los materiales. Ya no hay ni tempera ni plastilina.

-Son niños. Mejor que dibujen y pinten a que se pongan a ver televisión o YouTube.

-Pero ya no tienen los materiales para sus clases. 

-¿Cómo vamos a separar las cosas que son de la escuela o de la casa? Al final, todo se une.

-Hoy se fue la luz en plena clase de inglés. Ya mandó mail la profe, diciendo que por qué no nos hemos conectado.

¿Viste las tareas que hay que volver a mandar? 

-Sí, pero la profe está mal. Ya mandamos todo eso dos veces, solo que la plataforma no lo registra. Dicen que debemos subir hasta el lunes y que, si no lo hacemos, se van sin nota, que así exige el Ministerio de Educación.

-¿La clase de español está grabada? Es que no entendí cómo hay que hacer el deber de las consonantes. Tengo que repetirme la clase. No cacho cómo explicarles eso.

-Hoy el Rodri lloró toda la clase de educación física, porque no encontró la pelota.

-¿La que le compramos ayer? 

– Si, no le encontramos. 

-¿Te contestó la profe el mail?

-Sí, dijo que el deber estaba mal hecho. Mañana tenemos que repetir. Fue culpa mía, porque no entendí las instrucciones. ¿Será que soy mala mamá?

-Deja de hablar tonteras.

-Nada funciona. Estoy agotada, cansada, estresada.

-Relájate, y por último, si pierden el año, ya que pierdan. Pero no les podemos sacar del colegio, porque los guaguas están felices. Aman tener algo que hacer durante el día. Les gusta la expectativa de a qué horas comienzan clases. Les encanta hacer los trabajos. 

¿Estarán aprendiendo algo?

-Creo que sí, porque los oí hablar de sumas y restas. 

Cierros los ojos, son las 05:30 de la mañana y comienza mi clase de yoga. Treinta minutos de meditar.

Estar en la sala sola, en silencio respirando largo y profundo, repitiendo el mantra de la protección. “Nada de lo que pase fuera de mí va a alterar mi paz”, repito una y otra vez. “Estoy protegida con el poder que me otorgo”. Inhalo y exhalo.

A las 06:00 empiezan los ejercicios. Con mi profe, nos conectamos vía Zoom. No puedo hablar, porque les despierto a todos en la casa. Con señas, le digo que estoy bien, tranquila.

“Hoy vamos a hacer un ejercicio para controlar la ira”, me dice, como si ya supiera lo que vivo cada día. “Vamos a la postura del guerrero y nos quedamos ahí por seis minutos”. Bueno, la profe se queda ahí, porque a los dos minutos yo pierdo el equilibrio, se me acalambra el pie y dejo de sentir la mano. Suelto la postura. Oigo a los pájaros y veo el amanecer por la ventana. 

Siento que el día comienza bien.

“Vamos al suelo. Cruzamos las piernas y sentimos el cuerpo”, dice la profe. Lo único que puedo sentir es que estoy feliz. Tengo un momento para mí. Estoy relajada, libre de llantos, responsabilidades y estrés.

En medio de ese momento de éxtasis, se despiertan mis hijos, nos llenamos de besos, les invito a hacer yoga, nos reímos. La profe se despide.

Mi hijo mayor me dice que para la clase de inglés debe tener lista una araña. Mi hija me hace acuerdo de que debemos recortar los números, y mi otro hijo me pide que vuelva a imprimir la hoja, porque no sabe dónde la ha dejado y la necesita para su clase sincrónica a las 08:00 en punto.

No son ni las 07:00 y me encuentro ante la puerta de la refri abierta, buscando las cosas para preparar el desayuno, cuando me llega un recuerdo nítido. La noche anterior les pregunté a mis tres hijos: “¿Hicieron todos los deberes y trabajos para mañana? ¿Tienen todo listo?”

A lo que respondieron en coro: “Sí, hicimos todo, má. Quédate tranquila. No, no hay nada pendiente. Somos súper responsables”. Les di un beso en la frente y les dije: “Mañana vamos a tener un día más maravilloso. No se irán donde la vecina, que luego entran tarde a clases”.

“Ma, te prometemos. Mañana será un día súper auténtico. Todo está bajo control”, me respondieron con voz somnolienta. 

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