De la Vida Real

El dolor de perder a Guido

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

6 Mar 2022 - 19:00

Íbamos en silencio. Ella lloraba despacito. Yo le apretaba la pierna para consolarla, tratando de que ese acto mío hiciera algún efecto en su dolor.

Al entrar a la curva, rebasé a un camión. Vi cómo ella se sujetó del asiento y le dije: “Perdón por la imprudencia, pero, si no era ahora, no era nunca”.

“No pares. No quiero llegar tarde al funeral de mi papá”, me respondió.

Con ella hemos ido a farras, a discotecas, a marchas, a velorios, a paseos, a bodas, a bautizos e infinidad de veces a Quito, pero jamás pensé que juntas iríamos al entierro de su papá. Es algo que nunca se planeó. 

Un Vitara rojo me hacía luces para que me cambiara de carril, pero no podía, porque a mi derecha estaba un Renault blanco que iba a la misma velocidad.

Mientras miraba por el retrovisor y el espejo lateral a ver qué podía hacer, La Tato, mi amiga del alma, esa amiga que la vida te pone en vez de una hermana, me contó: “Ayer mis papás estaban de aniversario, 41 años cumplieron”.

Para el festejo, “quedamos en preparar tacos. Mi mamá nos mandó a mi papá y a mí a la tienda a comprar los ingredientes que faltaban. Mi papá me compró un helado de chocolate, y enseguida nos pedimos una michelada. Me mimaba más que a nadie, y yo sentía que nadie me quería más que él en este mundo. Solos los dos, ese día nos contamos nuestros pequeños secretos e hicimos nuestros grandes análisis”.

-Valencita, anda más rápido, por favor. No quiero llegar tarde.

Ella insistió otra vez. Puse mi mano en su pierna, aceleré y rebasé al carro blanco que iba a más de 100.

-¿Qué voy a hacer sin mi papá? Él era mi todo. ¿Cómo voy a poder vivir ahora sin él, y mi mamá y mis hijos…? ¿Me explicas cómo voy a hacer, cómo vamos a hacer?

Me dijo llorando despacito, con dolor y angustia.

-Necesito llegar rápido.

Lo repitió cuando ya íbamos detrás de una camioneta vieja y deteriorada. “Estamos bien. La sala va a estar lista a las dos de la tarde. No hay apuro”, le respondí.

Cuando la muerte está de por medio, el tiempo pierde sentido. No hay lógica entre el presente, el pasado y el futuro. Simplemente, el papá de mi amiga ya no está; no lograba entender por qué tenía tanta prisa por llegar, pero igual aceleré.

Ella, impaciente, no podía parar de llorar. Sacó un pañuelo de papel de la gaveta.

-Valen, mi lugar favorito era su pecho. Me acostaba sobre él para que me hiciera ‘piojitos’ y en ese instante yo era feliz. Ayer en la sala de emergencia, su corazón no latía. Yo oí. Ya no latía.

No siempre sé qué decir. Hice lo mismo que había hecho durante todo el viaje: agarré su pierna tratando de que sintiera menos dolor. 

Llegamos. Se bajó del auto y corrió como si llegara tarde, muy tarde.

Corrí detrás de ella. Entró a la sala de velación donde ya había gente. Me quedó viendo y bajito, bien bajito me dijo:

-Valen, mi papá está en una caja.

Nos abrazamos y lloramos juntas, muy juntas.

Llegaron de a poco más amigos, más familia, sus hijos, su esposo, su mamá, su hermano. Los abrazos iban y venían. El dolor se sentía. Una muerte fugaz y repentina es algo para lo que no estamos preparados jamás.

Llegó la noche y la hora de la misa, y entre tanta gente estábamos los cuatro amigos de toda la vida. Llorando, recordando (y no sé cómo), pero también riendo de los pésimos chistes inoportunos que hicimos.

Cada uno se fue en su auto. La noche estaba helada y la neblina pesada, muy pesada.

Y entendí desde lo más profundo de mi conciencia lo que La Tato me dijo temprano: “Valen, no sé cómo voy a poder vivir sin mi papá. No sé cómo voy a hacer”.

Cada palabra tomó sentido, porque si mi pá muriera, yo tampoco sabría cómo vivir sin él. Y entendí su dolor y el miedo a enfrentar la vida sin su papá, porque yo tampoco podría enfrentar la vida sin el mío.

El viaje fue lento, solitario y frío. No tenía ningún apuro de llegar a mi casa ni a ningún otro lado.

El Guido, el papá de La Tato, murió de un infarto masivo, pero nos dejó un gran legado. Los amigos somos también familia.

Él siempre estuvo con nosotros. Era sin duda un papá que nos acolitó en todo y nos acompañó a lo largo de nuestras vidas.

Adiós, querido Guido. Siempre recodaremos la pureza de su alma, su brillantez de mente y sus buenas intenciones para encontrar el ritmo al bailar. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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