De la Vida Real

Hay cosas que solamente se aprenden en las ferias

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

26 Dic 2021 - 19:00

Me encanta ir a las ferias, comprar algo, saludar a algún conocido y salir feliz, pero siempre me había quedado con la sensación de que me faltaba algo. Y no entendía qué era.

A mis amigas les encanta buscar ferias donde vender sus productos. Me parecía raro, porque pagar por una mesa es arriesgado. ¿Si no se vende?, pensaba. Allá mis amigas y su amor por estos lugares. 

Mi mamá pinta increíble y decidió hacer unos individuales con sus ilustraciones botánicas. Cuando me enseñó esta obra de arte para la mesa, me dijo:

-Valen, me arriesgué, pero ¿y si no se venden?

Entonces se me ocurrió inscribirnos en la Feria Tuitera que se realizó el sábado 18 y el domingo 19 de diciembre. Para el sábado mi má ya había vendido la mitad de su mercadería a través de un post que puso en Facebook.

Yo vendería libros y le invitaron a participar a El Pacaí para que vendiera las sales de sabores, producto de su proyecto de emprendimiento en el colegio. 

Nos organizamos para el fin de semana. Era nuestra primera experiencia de venta en vivo y en directo.

Obviamente, estábamos muy nerviosos, siempre la primera vez está llena de incertidumbre; además, ser nuevos nos causaba inseguridad.

Lo bueno fue que al llegar todo estaba listo y organizado, y eso inmediatamente nos dio confianza.

Al saludar y conocer en persona a la gente con la que solo había tenido contacto virtual, sentí cierta complicidad, además de una alegría gigante de ponerle rostro a la virtualidad. 

El primer día mi hijo vendió 47 sales y mi mamá 12 juegos de individuales; y yo vendí solo tres libros.

Pero lo más chévere de mi fracaso como vendedora fue llegar a la casa agotada (porque estuvimos desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde) abrir mi mochila y sacar todo lo que compré.

Tengo que admitir que mi fortaleza no está en la venta sino en la compra. Saqué el vino y me acordé del buen ambiente que hubo en ese estand. Saqué la mermelada de limón y me acordé de la niña que me vio pasar y me dijo: “Ya a esta hora hace hambre”, y nos fuimos juntas a comer unas papas fritas de limón y ají.

Iba sacando cosas de mi mochila y cada producto tenía su historia, su encanto y su recuerdo. De alguna manera la feria se fue conmigo a la casa en cada cosa que compré o que compraron mis hijos.

Los guaguas entendieron cómo se compra y cómo se vende, y fue lindo. Verlos independientes y responsables con la plata.

A la Amalia y al Rodrigo les di USD 5 a cada uno, pero no les rindió mucho y le pidieron más a El Pacaí, que gentilmente les donó USD 20 de sus ganancias.

Al sacar el frasco de miel de abeja me acordé cómo mi hijo Rodrigo se acercó a la mesa a comprar. Cuando él pagó con el billete de USD 20 le entregaron la miel y encima le dieron vuelto, yo le vi la cara de felicidad que tenía, no podía creer que realizó su primera compra.

Fue y le contó su gran aventura a El Pacaí, su hermano mayor, le entregó el vuelto y juntos se fueron a comprar unas empanadas chilenas.

Y de mi mochila seguían saliendo recuerdos, aromas, texturas, sabores: desodorantes orgánicos, chompas, cactus, empanadas venezolanas, tés, café, alcohol, miel de agave, pasta de tomate, aretes de resina…

El domingo regresamos e hicimos el mismo ritual: coger las cajas con nuestras cosas, poner linda la mesa para exhibir los productos, saludar a nuestros vecinos de puesto, ayudarnos entre nosotros.

Porque sí, en la feria, lo que más hubo fue solidaridad. Mi vecino, que vendía cosas electrónicas, me prestó unos soportes de computadora para que mis libros lucieran mejor. Sin mayores resultados en ventas, pero por lo menos la mesa se vio súper profesional.

Mi mamá siguió vendiendo y mi hijo igual. Yo seguí comprando. 

Como a las cinco de la tarde, las organizadoras de la feria dijeron: “Si quieren, pueden hacer trueque con sus productos”. Los niños gozaron, corrían por todas las mesas ‘truequeando’ lo que asomaba.

Ahora entiendo a mis amigas que aman las ferias: no es solo vender, sino vivir la experiencia de compartir.

En febrero van a organizar otra feria; ya me inscribí, sin tener idea qué voy a ofrecer, porque claramente los libros no son una opción, pero quiero volver a vivir esta alegría junto a mis hijos.

Y juntos aprender a vender, a comprar y a ‘truequear’. Son cosas que no se enseñan ni en la escuela ni en la casa. Estas cosas solo se aprenden en las ferias.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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