De la Vida Real
Entre las medias y las mascarillas, ay el odio me invade
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

23 Ago 2020 - 19:01

Las mascarillas y las medias se han vuelto lo más odiado para mí en estos días.

Estas dos cosas son realmente incomprensibles para mi lógica: Las unas se pierden y con las otras me topo hasta en mi cama. Son muy útiles pero, en la práctica, son lo más innecesario que puede existir.

Los cubrebocas me causan, aparte de alergia en la cara y en el cuello, un conflicto interno súper fuerte. Además, se reproducen solos. Abro la cartera, y hay tres de distintas clases: uno es quirúrgico, y los otros dos son de tela.

Una mascarilla es blanca, y las otras son azules. Abro la mochila y me topo con otras cuatro, que seguro son de alguno de mis hijos. La que sobra ha de ser de mi marido. Y eso que no estoy contando las del carro.

Entro y veo unas tres más. Es una locura. Yo he comprado bastantes, tratando de ver cuál es la que menos alergia me produce. Mi mamá me compró una caja de mascarillas quirúrgicas, para ver si no me hacen tanto daño.

La caja contiene 100, son desechables, y cuando las busco jamás las encuentro, pero si no las necesito aparecen como polvo. Las veo en todo lado. Han pasado dos meses desde que me las dio y la caja sigue allí, interminable.

Mi marido dice que las de tela son mejores. Compró cinco cajas el mes pasado, porque estaban en promoción. Jamás las hemos lavado, no hay tiempo, cada vez que alguien viene a la casa o sale, agarra rápido la primera que encuentra, y luego no sabemos si está limpia o sucia. 

A esto hay que sumarle las que tienen mis hijos, con diseños de dinosaurios, unicornios, sonrisas y delfines. 

Les odio a las mascarillas por más encanto subliminal que tengan.

Me cae pésimo tener que usarlas en la oficina todo el tiempo. Me la saco para botarla a la basura, porque la cara me pica. Me la pongo en el cuello, y me salen ronchas. Los ojos me lagrimean. La siento húmeda. Me da un asco todo esto. 

Justo en ese enerve pasa mi jefe diciéndome: “Valentina, ponte el antifaz, por favor”.  Me río, porque entiendo que la mascarilla entorpece a cualquiera.

Me pasa algo extremadamente raro, con tantas mascarillas a mi haber y a mi a ver. Lo primero que me olvido al salir de la casa es ponérmelas. Me pinto los labios y digo, “ya vuelvo”. Prendo el carro y me acuerdo de mi gran olvido.

Por suerte, tengo siempre una a la mano que me salva de la emergencia sanitaria, aunque no sé en realidad qué tan limpia esté, y me la pongo no más. 

A este caos existencial de las mascarillas y el pésimo manual de uso le sumo el fenómeno contrario: la existencia de las medias impares, o chullas.

Es impresionante. Entran a la lavadora dos medias exactas. Un par completo. Yo misma les meto, me fijo bien que sean las mismas, y el rato de sacarles hay una sola media. Una media o a veces salen dos impares.

La lavadora conspira contra mi cordura.

Compré una malla para dizque evitar medias perdidas. Tuve tanta fe en esta compra, pero fui cruelmente engañada. Las medias salen sin su pareja. No entiendo qué pasa.

Tengo un cajón en la lavandería donde guardo cada media impar, con la esperanza de que su pareja vuelva a asomar algún día. Pero eso nunca sucede ni sucederá. No me atrevo a botarlas, porque ¿y si aparece la otra? No podría vivir con el cargo de conciencia.

Mis hijos me reclaman a cada rato que, porfa, les compre medias, que no tienen. Voy y les compro unas hermosas. Primera lavada, plata botada. ¿Es magia? Le llamé hace algunos días al técnico, el cual me dijo: “Señito, le juro que no encontré ni una sola media mientras realizaba el mantenimiento”, a lo qué respondí indignada: “¿A dónde se van las medias?”.

“Vea Seño”, me dijo, “hay cosas que solo Dios sabe”. Le pagué y aquí estoy prendiendo la velita, a ver si Dios me da un poco de esperanza mediática, porque la verdad debo tener más de 50 medias impares.

Mis hijos han resuelto ponerse las medias que más se parecen entre sí, y yo hago lo mismo.

Como tengo esas medias tan chiquititas, que solo me cubren la planta del pie, entonces nadie nota mi dualidad colorida.

Y así voy por la vida, con las medias disparejas, con la cara que me pica, con el cuello destrozado, con la boca tapada, hablando sola libremente, sin que nadie me crea loca, y eso sí, bien protegida en época de pandemia.

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