De la Vida Real
Entre la tortura y el placer escondido debajo de la almohada
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

17 Ene 2021 - 19:01

Cualquier cosa, fuera de la rutina de las labores domésticas y de la escuela en casa, que me suceda es un gran acontecimiento para mí. Es un cambio, un salir al mundo real y saber qué está pasando allá afuera.

Mordí un chupete, y se rompió mi muela. Estoy absolutamente segura que nadie ha tenido peor suerte en este mundo que yo con los dentistas.

Llamé al seguro dental, para que me recomendaran un buen consultorio. En este punto no me quedó más que confiar en su buen criterio.

Marqué el número que me dieron, y me dijeron que podía ir esa misma tarde a las 15:00. Llegué puntual y muerta del miedo. Me pusieron una bata y me echaron desinfectante. Absolutamente nerviosa, me acosté en la camilla en tiempos de Covid-19.

El dentista me pidió que abriera la boca. Sobre mí, había un plástico trasparente por donde el doctor veía la muela rota. No podía contener el llanto, ni los nervios ni las ganas de salir corriendo. El dentista trataba de que me tranquilizara, pero nada funcionaba.

Me puso anestesia y se puso a hablar con la asistente. La historia estaba interesantísima. Lástima que no conocía a ninguno de los protagonistas.

Era un chisme de una doctora, de otro consultorio dental, que había hecho mal una curación. El paciente se quejó, y la doctora, en vez de asumir su culpa, se había puesto bravísima con todos y –a grito pelado– había dicho que nadie cuestiona su profesionalismo. La historia hizo que olvidara mi trauma. Quise intervenir, pero estaba con la boca abierta y anestesiada hasta el alma.  

No podía decir ni pio, pero qué ganas de saber más detalles del conflicto.

Apenas me recosté sobre la camilla, puse el celular en mi barriga. Tengo el tema de pensar que, si no estoy en la casa con los guaguas, voy a recibir una llamada de emergencia. Como sabía que en el dentista no podía contestar, activé las notificaciones.

En eso veo que me llama una amiga muy querida. No le contesté. Me mandó por WhatsApp un mensaje que decía: “Valen, por Dios, contesta”. No hice caso. Nada puede ser tan importante, pensé.

Me mandó otro mensaje: “Valen, no sé cómo se apaga esta cosa”. Tampoco le paré bola.

Imaginé que sería algún electrodoméstico o algo así, cuando (de repente) me acordé, con el sonido tan estruendoso que hace el dentista con esa maquinita espantosa, que días antes mi amiga me había contado que se quería comprar uno de esos aparatos que dan autoplacer, pero que no sabía bien dónde comprarlo.

Le advertí que se consiguió la peor asesora en el tema. Le sugerí que buscara uno por Amazon.com y viera quién se lo podía traer. Como somos bien amigas, me mandó miles de fotos de estos aparatos, y yo enseguida iba a Google a ver qué significaba cada una de las funcionalidades descritas. ¿Cuál será mejor? 

No podía contestarle y no podía más de la risa. Me tragaba el agua. El doctor y la asistente no entendían nada. “¿Qué le causó tanta risa, señorita?”, me preguntó. Y yo, ahogada, literalmente ahogada, no podía decirle al doctor que mi amiga no sabía cómo apagar el aparato del placer.

La asistente se puso brava de verme reír tanto. Esperamos un rato a que me calmara. Tal vez fue una mezcla de imaginación y nervios previos a la cita. 

Luego de unos 20 minutos de risa tras risa, el doctor pudo terminar su trabajo, la asistente me odió con toda su alma y la risa volvía cada vez que me acordaba del mensaje. Y me volvía a imaginar la escena.

Le pedí disculpas al doctor, quien me dijo que era mejor verme reír que llorar, y acordamos la cita para la próxima semana. Para romper el hielo con la asistente, le pregunté que qué pasó con la otra dentista. “Señorita, usted no debería estar oyendo conversaciones ajenas”, me respondió bravísima. 

Ni bien salí del consultorio, le llamé a mi amiga para que me cuente bien lo que le pasó. Ninguna de las dos podía hablar de tanta risa. Yo me había imaginado una cosa muy distinta a la realidad.

Mi amiga, entre carcajada y carcajada, me contó que recibió el paquete y lo abrió, prendió el aparato para ver si funcionaba o necesitaba cargarlo y justo en ese rato entró su novio al cuarto. Ella, nerviosa, lo escondió bajo la almohada, pero vibraba y vibraba y sonaba y sonaba.

Por lo menos, mi imaginación voló en plena camilla de tortura. En esta época de pandemia cualquier cosa que saque de la cotidianidad hace que la vida sea, en este caso, una experiencia chistosa. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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