Al aire libre
La escapada de Carolina Proaño
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

4 Sep 2020 - 18:59

De 17 años, Carolina Proaño era estrella en los campeonatos de vóley del Liceo Internacional. Años después estaba recibiendo la Distinción Ambiental del Municipio de Quito por su arquitectura eco-eficiente.

El deporte ha sido una constante en mi vida, -cuenta la Caro- y luego… me escapé a la montaña.

¿Escapaste, huiste? ¿Literal?

¡Sí!

Entonces explica: “yo me enfermé por un tema emocional fuerte. Más una vida citadina, estresante, cuando solo te enfocas en el trabajo. Mi cuerpo empezó a fallar, me dio artritis, hipo glicemia, sufrí un deterioro impresionante en un año. No podía ni lavar los platos, coger un papel me dolía”.

Y la clásica fue que los médicos querían ‘curarla’ con pastillas. “Eran unos medicamentos carísimos y tenaces que me iban a bajar las defensas y que ese rato, supuestamente, eran mi solución. Le dije a la doctora: pero algo debo cambiar yo.

Cambié mi estilo de vida.

Mi meta se volvió salir al aire libre, subir montañas. Me di un año de las cosas que me hacen bien y me ayudé con terapias alternativas”– recuerda.

“Ahora soy más joven que hace cinco años –dice con convicción. Tenía 32 años, pero era una viejita”.

Las dos coincidimos que la montaña reduce la ansiedad porque no hay señal de celular, no tienes nada que hacer más que relajarte.

Su misión se volvió invitar a más gente y así empezó Escape Natura.

Otra razón es que todavía hay personas que dicen: córteme este árbol porque me ensucia la vereda. O, si tienen jardín, piensan: hay que pavimentar para no hacer mantenimiento.

“Aprendes a amar la naturaleza experimentando”, -afirma la Caro- y más en Ecuador, el país más megadiverso del mundo en densidad por kilómetro cuadrado. Tenemos lugares increíbles cerca de cada ciudad.

Mi lugar preferido en el mundo son las Islas Galápagos. Yo crecí yendo allá porque mi papá trabajaba en una empresa de turismo. Creía que el mundo era así, un lugar donde nadabas y te cruzabas con una tortuga y te echabas en la arena con un lobo marino”.

Vas a muchos lugares con tu perro Fox, le digo. Y comenta que los sitios más amigables para mascotas son Quito, Cuenca y Bahía de Caráquez.

¿Y cuál es el favorito de la tuya?

¡El Parque Metropolitano! –contesta mirando a Fox-  tiene tantos estímulos ahí, para él la palabra ‘vamos’ ya enciende su modo ‘¡esta es la mejor experiencia!’

Sale el sol y digo: no me voy a quedar viendo Netflix, ¿cuándo voy a volver a tener estas condiciones perfectas?”

Dicen que la gente necesita aire libre, un jardín, un bosque y que el efecto se llama ‘déficit de naturaleza’ – comento.

“Es que la ciudad crece como una mancha gris que se come todo –explica. La gente que perdió el contacto con la naturaleza no entiende el valor para su calidad de vida. No solo es mejor aire sino el impacto para la mente, la recuperación de la atención”.

Y dice que está comprobado que los pacientes de hospitales que tienen vista a un parque, se recuperan más rápido. En oficinas la presencia de algo verde permite más concentración.

“Sabías que el tren bala de Japón se diseñó inspirado en la aerodinámica del pájaro Martín Pescador, -dice con su confiada sonrisa- es que cualquier cosa que quieras resolver en temas de diseño, la naturaleza ya lo hizo“.

Y reflexionando sobre la pandemia y cómo nos transformó, la Caro dice: “todos viviendo una crisis al mismo tiempo… Yo trabajo en cambio climático y si alguien decía que íbamos a bajar el consumo de gasolina, yo decía: imposible”.

Bueno, “nos llegó un virus para que los humanos se encierren en la casa. Se transformaron todas las maneras de hacer negocios, de comer, de llevar el día a día. Un cambio a gran escala. La juventud –por ejemplo- no puede irse de fiesta, entonces sale al campo“.

La pandemia fue un empujón. Bum, al agua fría. A nadar.

Yo no sé cómo no me volví loca 90 días sin ver a nadie. Un respiro fueron mi terraza, mis plantas, mi perro. Tener ese espacio, salir y sentir el sol. Durante el semáforo rojo me visitaban colibríes en mi terraza. Cambió a amarillo y no volvieron. La visita diaria del colibrí era mi ilusión.

No sé si a todos les cambió la percepción, pero era como un microcosmos, como un niño que se fija en la hormiguita, mi atención se volteó a un mundo chiquito, pero con una conciencia de algo mayor.

Todo esto y mi “escapada” me han permitido comprender que nada en este planeta está aislado, estamos interconectados.

Con Escape Natura y mis proyectos sostenibles he pensado: soy una persona entre millones, ¿qué diferencia voy a hacer? Pero te propones algo y empiezas a generar conocimiento, es como una chispa que pasa de persona a persona. Hacer lo que crees detona cambios alrededor que ni sospechas.

Yo necesitaba un balance y fue salir a la naturaleza. Esa fue mi terapia.

Es más, a un doctor que evaluó mi caso en Estados Unidos le entregué toda la carpeta con una foto del Cotopaxi y una nota: ‘si lo que usted me diga me permite subir por primera vez esta montaña, le juro que le voy a dar un beso’. – Y sonríe- se puso en mis zapatos y me dio la razón. O tal vez solo quería el beso”.

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