De la Vida Real
La espera es un delicioso escape que no pienso dejarme arrebatar
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

14 Feb 2021 - 19:02

La vida cada vez me enseña que no debo criticar, porque tarde o temprano terminaré haciendo exactamente lo mismo que critico.

Mi hijo mayor tiene clases de tenis, desde las 16:00 hasta las 18:00, tres veces por semana. A las primeras sesiones yo iba y le dejaba. Así, aprovechaba para hacer miles de cosas pendientes. En realidad, me parecía un absurdo sobrenatural quedarme en el carro esperando.

Veía que algunos papás se quedaban en el auto –tal cual chofer– con la ventana a medio abrir, el asiento echado hacia atrás y la radio encendida. Me parecía aburrido pasar el tiempo en un auto parqueado.

“Hay papás que se quedan en el auto sin salir un segundo”, le comentaba a mi marido.

En cambio, las mamás, todas, dejábamos a los niños y nos íbamos de una, como buscando libertad. Pero un día llovió. Llovió tanto, que cayó granizo, y no tenía a dónde ir, así que me quedé en el carro sola, viendo la lluvia por las ventanas, oyendo los truenos y, por alguna razón, sentí paz.

Recosté el asiento y me quedé hipnotizada con el aguacero. Me di cuenta de que no tenía que hacer nada más que esperar a que el tiempo pasara. Y, sí, efectivamente, el tiempo pasó muy rápido. La lluvia paró, y mi hijo golpeó la ventana. “Má, ¿te quedaste aquí esperándome?”.  

Solo quería que fuera viernes, para volver a tener ese espacio en mi día. Siempre siento cargo de conciencia por perder el tiempo, pero en realidad esto no es perder el tiempo, es esperar a que mi hijo haga deporte. Todo lo demás son excusas que me pongo para sentirme ocupada.

Solo quería que fuera viernes, para volver a tener ese espacio en mi día.

El viernes, llegamos puntuales, le saludé con una sutil sonrisa al señor del carro de al lado, regresé a ver al otro carro y le di una pequeña sonrisa de cortesía al otro señor. Ahora ya puedo entender perfectamente la felicidad que ellos sienten al pasar ahí las tardes. Empatía total.

Hay veces en las que llamo a amigas con las que no puedo hablar casi nunca, y, claro, la hora pasa volando. ¿Qué es una hora en el teléfono?

Otras veces, cierro los ojos y oigo audiolibros. Al comienzo, puro libro de autoayuda, porque eran gratis, pero ya decidí comprar libros con un mejor contenido: estoy oyendo el de la Michelle Obama, ‘Mi historia’.

Leer en el celular me cansa mucho, pero oír es un placer. Ahora, me están entrando unas ganas locas de aprender a tejer o a bordar. En dos horas haría maravillas. Entonces, también veo tutoriales para escoger por qué manualidad me decido.

¿Qué es una hora en el teléfono?

Estas dos horas en el auto son un paraíso. Tengo una vista divina. Veo caballos, vacas, pájaros, una laguna y formas en las nubes. Por suerte, donde estoy parqueada me llega perfecto la señal del Wifi, así que me he vuelto adicta a ver videos musicales. 

Los sábados, mis otros hijos también tienen sus clases. El Rodri tiene bici. El encargado de llevarle es mi marido, y yo me voy con la Amalia a sus clases de equitación. Esperarle una hora mientras monta caballo es hermoso.

Ahí sí me bajo del carro y no paro de conversar y conversar con todos los papás y mamás que están esperando a sus hijos. Es un ambiente tan lindo, relajado y chistoso.

Amo ir, porque cubro la parte social que no me da el tenis. Pensé que por fin había encontrado el equilibrio perfecto, hasta que un sábado no pude llevarle a la Amalia a sus clases. Le pedí a mi papá que por favor la llevara. Cuando regresaron a la casa les pregunté cómo les fue.

-“Má, mi abuelo se inscribió en clases de caballo. Ahora, voy a ir yo con él”, dijo la Amalia.

En silencio grité: ¡No! ¿Cómo me puede hacer esto mi papá?. 

-Tinita mía, una belleza esta escuela de equitación. Desde el próximo sábado, voy a ir yo, me dijo.

-Pero, pá…

En realidad, me cuesta cederle mi espacio a mi papi, pero, ante su felicidad, no me queda más que aceptar con el dolor de mi alma que ahora se irán juntos, abuelo y nieta, a este paraíso ecuestre. 

En silencio grité: ¡No! ¿Cómo me puede hacer esto mi papá?

Ayer me quedé muy preocupada, porque mi marido hizo un comentario que me desveló por completo: “Chi, estoy pensando en llevarle al Pacaí a las clases de tenis, para aliviarte un poco las tardes”.

De mil maneras le expliqué que no hace falta que vaya. Como es hombre, mínimo descubre la delicia de ser chofer y me quedo sin mi auto-terapia.

Ya me compré tela e hilos para empezar a bordar. No puedo permitir que me quiten mis dos horitas de paz, felicidad y recreación.

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Tenga asesoras, señor Presidente. Siéntenos en su mesa, señor Presidente, y escúchenos.

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