De la Vida Real
Solo espero volver a verte, mi querida amiga sombra
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

29 Nov 2020 - 19:01

Es un tema que he mantenido escondido por mucho tiempo, porque la gente no cree, y yo pensé que no existían las cosas paranormales. Entonces, decidí con el tiempo guardar esto como un secreto.

Vivo en la casa que era de mi abuela. Jamás había sentido nada raro. Ningún fantasma se había atravesado por ahí. Esas cosas que una oye a mí no me habían pasado nunca, hasta el día en que regresé de haber dado a luz a mis mellizos. 

Esa noche mi marido roncaba, mi hijo mayor nos pateaba y los bebés dormían plácidamente en sus cunitas. Me desperté y vi una sombra negra sentada al borde de la cama. No tuve nada de miedo, pero sí me llamó la atención su presencia.

Luego, entré en razón y confundí lo que vi con un sueño. Ese fue nuestro primer encuentro y mi primer registro. En la mañana siguiente le conté lo que pasó a mi marido. “Valen, por Dios, no vengas con esas cosas ahora. Los fantasmas no existen, y luego nos vamos a cagar de miedo todos. De ley fue un sueño”, me respondió enervado.

Obviamente, jamás le volví a contar nada al respecto. Las noches, con tres niños chiquitos, eran tenaces. Mientras yo daba de lactar al uno, mi marido le daba la mamadera a la otra. Y ahí estaba la sombra, parada junto a la ventana de la sala. No sentía una gota de miedo. Nunca la pude ver llegar ni irse.

No tengo idea de cómo explicar esto. La sombra solo estaba ahí, quieta, y yo la veía tratando de adivinar qué mismo era. Tampoco he podido definir si es hombre o mujer. Total, eso a estas alturas de la vida es lo que menos importa. Lo cierto es que al comienzo solo le veía en las noches, de pasada.  

Un día, sí me asusté. Fue una mañana, a eso de las 07:00. La sombra estaba sentada en la mecedora del comedor, quieta como siempre, pero sentada. Desde entonces ese fue su lugar favorito para reposar. Con el tiempo sentía que ella era mi amiga secreta. Una vez, le comenté algo fugaz a mi mamá, pero me dijo que son cosas de la imaginación. 

La sombra y yo tuvimos una muy buena y sana convivencia durante más de cuatro años, hasta que vi un programa de televisión en el cual explicaban que estos entes son almas en pena y que atraen mala energía.

Aconsejaban mandarles a que descansen en paz. Solo pensar en despedirme de mi amiga me daba pena, pero el bien de mi familia pesaba más. No me gustó saber que vivía con un alma penando, así que averigüé y le contacté a una señora espiritista.

Cuando le conté a mi esposo mi plan de mandarle a la sombra de nuestras vidas, me dijo que él se iba a ir con las guaguas a la casa de su hermana, que de gana creo y hago tonteras.

La logística de cuándo podría venir María, la espiritista, fue una osadía. Debía ser un jueves y mejor si era en luna nueva. Le dije que hiciéramos las cosas fáciles, que no iba a poder un jueves, así que acordamos un sábado.

Llegó María, una mujer guapísima de unos 50 años. Nada que ver como la hubiera imaginado: tenía pelo corto, estaba súper bien maquillada y llevaba puesto un jean apretadísimo y una blusa blanca. Lo que sí me dio miedo fue la cantidad de cosas que bajó del carro.

Entró a mi casa y me dijo que no sentía malas energías. Hizo una especie de fogata en medio de la sala. Yo estaba aterrada de que se desatara un incendio. “Déjame hacer mi trabajo, Valentina. Debes despedirte de este ente. No se quiere ir. Está cómodo aquí”, dijo.

Me puse a llorar a mares. En el fondo yo tampoco quería que se fuera. Sentía que la estaba mandando, y no hacía nada malo –solo asomarse de vez en cuando–. María insistió en que dejara mi drama y me despidiera, porque los portales estaban abiertos.

Me despedí y le agradecí. Sentí que se fue y que no volvería más. De esto han pasado dos años y nueve meses. Nunca más supe de la sombra negra, hasta el jueves pasado.

La chica que me ayuda dos veces por semana en la casa me dijo que no iba a volver a trabajar conmigo porque en mi casa había una sombra que la vigilaba. 

Sonreí y le dije que no importaba, que no volviera. Nadie se podrá imaginar la alegría que me dio saber que mi sombra había regresado, aunque todavía no la he podido ver. 

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