De la Vida Real
Yo acuso al Estado: una historia que no quisiera tener que contar
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

2 May 2021 - 19:01

La conocí en la playa y, entonces, conversando ella me contó su historia, que paso a relatar ahora:

“Mi hija llegó a la casa y esa noche no quiso comer nada. Entré a su cuarto y le encontré llorando, agarrada de un peluche. 

Me contó, hundida en dolor, que había sido brutalmente violada. El culpable era el hermano mayor de su mejor amiga. Ella tenía 13 años, y él, 21.

Pedirle en ese momento más detalles era inútil. Le dije que nos alistáramos para ir a poner la denuncia. Me dijo que nadie le creería, porque esto había pasado hacía dos meses, que le dio mucha vergüenza contarme, pero la regla no le había bajado todavía.

Pensé que era lo peor que estaba viviendo, sin saber que ese detalle era el comienzo del terror que viviríamos los siguientes días. 

¿Qué quieres hacer?- Le pregunté.

Morirme, Má.- Me respondió.

La abracé sin consuelo. 

¿Lo quieres tener? -Le pregunté.

-¿Cómo voy a querer quedarme con él? Siempre será el peor recuerdo. Le decía que no continuara, que me dolía, que no me pegara más. Él me tapaba la boca. Susurraba con su aliento asqueroso que me iba a matar, que te iba a matar a ti si yo seguía gritando, que lo dejara disfrutar. Y él disfrutaba mientras me poseía.

Má, me quiero morir. -Me volvió a repetir.

Ella era mi niña y era feliz.

La veía tan guapa, tan desenvuelta, tan libre y tan segura. Éramos la una para la otra –cómplices y amigas–.

Yo fui madre a los 17 años. Jamás pensé en el aborto como una opción. Mis papás, luego de una tremenda paliza, junto a un discurso de moralidad y de respeto, me dieron todo su apoyo. El papá biológico nunca se hizo responsable.

Pero mi papá la adoptó y le dio el apellido, los estudios, la casa y la comida, hasta que pude independizarme y nos mudamos a la casa de la esquina. No queríamos estar lejos de ellos.

Esa noche dormimos juntas –si eso se puede llamar dormir–.

Ni bien amaneció, fuimos a hablar con una amiga abogada. Nos aconsejó poner la denuncia y nos advirtió que el aborto era ilegal.

Nos dijo que fuéramos a un centro de salud para ver cómo podíamos solucionar ‘el problema’. Estas palabras, hasta ahora, retumban en mi mente: “solucionar el problema”. Porque eso es lo que tratamos de hacer juntas. 

Llegamos al centro de salud. Salimos con el resultado de embarazo positivo y un eco en el que indicaba que había seis semanas de gestación en su vientre.

Me doy asco, Má. Siento que tengo un cáncer creciendo en mí. Esto no es justo. Voy a tener a un hijo al que voy a odiar por venir al mundo. Yo no lo quiero. Ese estúpido me embarazó a la fuerza. 

Chiquita, ya vamos a buscar una solución. Dios nos va a guiar, ya verás.

Má, si Dios me quisiera, jamás hubiera permitido que esto me pasara; si Dios hubiera estado conmigo, no estaría viviendo esta pesadilla. Dios va a hacer que traiga a un ser al que desde ahorita le odio.

La odisea que pasamos para buscar una clínica que realizara abortos fue lo más humillante que puede existir. Sentía que todo debía ser lo más rápido posible. 

Encontramos un doctor que, por un aborto, cobraba USD 600. No teníamos esa plata y no queríamos que mis papás se enteraran por lo que estábamos pasando.

Para esto, en mi mente estaba denunciar al culpable, pero no podía hacer todo al mismo tiempo: resolver el problema de la plata, la clínica del aborto, pedir permiso en el trabajo. El día no alcanza para tanto. Ahora sé que la vida es la que no alcanza para tanto.

Pedimos plata a un chulquero. Me sentía culpable. Estaba haciendo todo esto de manera ilegal: callada, y pidiendo perdón a Dios. ¿Cómo podía sentir tanta culpa en esos días? Ahora tengo rabia, dolor y odio.

Entró a que le practicaran el aborto. Ella era la número siete de ese día. El lugar olía a creso, a miedo. Era feo e insalubre. Pensé en ir a sacarla de la camilla, pero ¿dónde más podía buscar ayuda? 

Estaba haciendo algo ilegal y lo sabía. Y, si llamaba a una amiga a contarle, seguramente sería acusada y juzgada. Estaba sola en la fría y tenebrosa sala de espera.

Salió cubierta con una sábana blanca. “No salieron bien las cosas”, me dijo el doctor. “Cuando una paciente muere, no se paga la cuenta”, fueron sus palabras de consuelo.

Mi hija, mi tesoro, lo más bello del mundo murió en la clandestinidad, haciendo algo ‘ilegal’.

Y yo hasta el día de hoy me guardo el secreto de este crimen. Crimen del que ahora acuso al Estado. El aborto no es un método anticonceptivo. El aborto debería ser ley para las causas injustas. 

Ahora, soy yo la que espero a la muerte cada día”.

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