Panorama Global
El Estado ya no soy yo
Matías Abad Merchán

Matías Abad Merchán

Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca. Es profesor titular de Estudios Globales en la Universidad del Azuay.

Actualizada:

1 May 2021 - 19:00

La despenalización del aborto encendió las redes esta semana. A partir de la decisión de la Corte Constitucional, el 28 de abril, el ecosistema digital se ha cargado con una pesada polarización, solo comparable con los momentos más efervescentes de la última campaña presidencial.  

Ese día, la tensión entre bandos escalaba a medida que varios líderes de opinión se iban sumando para fortalecer una u otra trinchera. Y todos, sin duda, a la expectativa de que desde la Oficina del Presidente Electo saliera algún dardo encendido que finalmente avivara las antorchas de los activistas más empoderados.

No era para menos. Todavía estaba fresca en la memoria social aquella misiva de agosto de 2020, en la cual el entonces precandidato presidencial, Guillermo Lasso, solicitaba al Presidente Lenín Moreno vetar totalmente el Código Orgánico de la Salud por, entre otras cosas, abrir un “espacio para la impunidad del crimen del aborto…”. 

Finalmente, el supuesto polvorín fue un inesperado -y hasta desconcertante- elogio a los valores democráticos, la laicidad del Estado y los principios republicanos.  

Desde diferentes círculos conservadores, se ha cuestionado esta moderada respuesta del presidente electo, exigiendo que, desde su coincidencia con el ideario provida, lidere desde el Ejecutivo el desmantelamiento de esta sentencia constitucional. 

Dicha demanda, hasta cierto punto, es entendible. Durante el correísmo se nos hizo creer que el primer mandatario era una especie de monarca medieval con poderes absolutos. “El Estado soy yo”, por tomar como referencia la frase atribuida al rey Luis XIV de Francia.

Un inesperado -y hasta desconcertante- elogio a los valores democráticos, la laicidad del Estado y los principios republicanos.  

Incluso, en una de sus ‘sabatinas’, Correa llegó a manifestar que el presidente de la República no era solo jefe del Poder Ejecutivo; sino jefe de todo el Estado ecuatoriano, lo cual incluía los poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral, de Transparencia y Control Social; así como las superintendencias, la Procuraduría y hasta la Contraloría. 

La separación e independencia de los poderes del Estado es el requisito inicial para que exista una república. El filósofo francés, Montesquieu, advertía que “todo hombre que tiene poder se inclina por abusar del mismo”, por lo que, para evitar este potencial abuso, hace falta que “el poder detenga al poder”. 

Este blindaje se encuentra en el equilibrio de fuerzas entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial; pues de su trabajo mancomunado así como de sus inevitables fricciones, se repele cualquier tentación autocrática.

La separación e independencia de los poderes del Estado es el requisito para que haya una república.

Lasso termina este primer episodio como un estadista que, en momentos de alta crispación, sosiega los ánimos colectivos; un republicano que, pese a las presiones, respeta y presenta su voluntad de defender lo resuelto por otro poder del Estado.

Y un demócrata que, más allá de sus profundas contradicciones espirituales, demuestra que ya no es el candidato Lasso, sino el presidente electo de todos los ecuatorianos. 

Que este primer episodio sea un ‘spoiler’ de un positivo largometraje de cuatro años.

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