De la Vida Real
El estrés se salió de control y, ya nada, me convertí en Hulk
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

20 Sep 2020 - 19:00

Decidí acostarme en la hamaca, abrir una cerveza, apagar la computadora y poner el celular en silencio. Previamente planifiqué y preparé un tazón gigante de nachos con queso derretido y les esparcí ají.

Con un pie en el suelo me balanceaba, con la mano izquierda tomaba la cerveza y con la derecha cogía los nachos que estaban apoyados sobre mi barriga, una coordinación digna de admirar.

Desde que comenzaron las clases, el estrés se salió de control. Pensé que me iba a dar un paro cardiaco. Los guaguas no colaboraban en nada. Apagaban la cámara, salían corriendo, y a punta de ‘carajazos’ yo les obligaba a sentarse frente a la pantalla.

La conexión de Internet estaba fatal. Lógico, se aburrían de tanto esperar a que volviera la señal. Desde hace tres meses, todos los días he llamado al proveedor de este servicio, pero solo he dado gritos de silencio.

Creo que los que atienden el call center aman la música clásica, porque era lo único que oía durante la llamada. Llamada en espera le dicen, mientras verificaban mis datos. Debo tener los datos más largos del mundo y los más complicados de verificar, porque la llamada se colgaba y otra vez la misma historia.

Lo cierto es que jamás me dieron solución. Me harté. Le llamé a mi tío que es amigo del gerente para que me ayude con esto. Ese mismo día a las once de la noche vinieron y cambiaron de equipo, de nombre, de clave. Por fin un súper Internet. Pero no me di cuenta del lío que esto causaría. Poner la nueva clave en cada dispositivo. Y ahora ¿cómo configuramos la impresora al WiFi?

Y la presión de los niños ante esto es brutal. Ven que estoy tratando de arreglar esto con la computadora sobre mis piernas y el celular en mi mano, viendo tutoriales, pero ahí van como si nada: “Má, necesito imprimir esto”, “Má, ¿me imprimes el archivo?”. Simplemente no pude más, y las profesoras llamaban para que entren a clases.

Grité, les mandé a todos afuera.

Ellos querían entrar a clases virtuales, y yo lloraba sin poder entrar. Sonó el teléfono. Contesté bravísima. Era un amigo que quería que escribiera un artículo sobre el estoicismo en la cuarentena. El tema me encantó y acepté.

Me sumergí en esta filosofía a fondo, entendiendo cada rincón de la resignación de lo que no podemos controlar y asumiendo que el cambio principal viene de adentro. Ser resignada y sabia. Dos palabras que me llenaron el alma.

De repente entendí la vida: no necesito ser una mamá perfecta ni necesito encasillarme como mamá caótica. Solo necesito ser resignada y sabia, pensé. Prendí la compu y les dije a los niños que salieran a jugar. Les di la noticia que sería un día libre de escuela. Nada de llantos ni de estrés por hoy.

Me quedé en la casa sola, escribí el artículo como abriendo camino dentro de la maleza. Sentía que con machete en mano iba formando un sendero claro y limpio. Pero entendí que debía resignarme. No puedo controlar lo que pasa en el mundo, pero sí puedo controlar cómo reacciono ante ello.

Tres horas más tarde, no tenía el almuerzo hecho, y los niños ya estaban con hambre. Hice unos tallarines con tomate. Almorzamos, terminé el artículo y lo mandé.

Cada vez que voy a enviar un correo electrónico, me invade la inseguridad. Pienso que lo que escribo está mal, que me van a mandar a cambiar todo. Por lo general, me da taquicardia, me arrepiento de mandar y vuelvo a hacer una lectura más.

Pero esta vez mandé el correo resignada. Total, no soy ninguna erudita en el tema. Invoqué a Zenón y Séneca y puse enviar.

Me levanté a preparar los nachos. Les pedí a mis hijos que se fueran un rato a la casa de los abuelos, porque debía terminar de escribir. Apagué la compu, abrí una cerveza y me acosté en la hamaca. Puse el celular en silencio.

Habrán pasado unos 45 minutos, cuando los guaguas entraron a la casa y se devoraron los pocos nachos que quedaban. Y “Má, ¿por qué tomas cerveza? Tú jamás tomas ni un trago. ¿Te estás volviendo alcohólica de tanto estrés?”.

Puse sonido al celular. Un mensaje de voz de mi amigo Rafa decía: “Valen, te he llamado el día entero, pero no contestas. Seguro estás a full con la escuela de los niños. Me encantó el artículo. Está perfecto. Tengo un par de dudas. Llámame”.

Creo que encontré la resignación. Total, la vida es mucho más fácil con un buen Internet. Justo cuando ya logré configurar la impresora, se fue la luz.

Ya nada, me convertí en Hulk. 

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