Lunes, 15 de julio de 2024
De la Vida Real

La Feria del Libro de Quito también fue una feria de vida

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

17 Jun 2024 - 5:57

De la Feria del Libro se han dicho muchas cosas: que estuvo mal organizada, que algunos panelistas y conferencistas fueron invitados porque tenían la misma tendencia política de los organizadores, que no hubo mapas de los stands, que el puesto de los sánduches que se vendían en el interior daba una mala imagen. Y así. ¡Cuántas cosas he oído de esta Feria del Libro 2024!

Por ejemplo, fue un horror que se haya permitido instalar un stand que vendía libros piratas. Y otro, que se censure a un humorista, como lo denunció Roberto Aguilar. Solo estos dos hechos eran suficientes para producir indignación.

De todas maneras, creo que es importante que se hagan estos eventos. No hay peor feria que la que no se hace.

Participé por primera vez una feria del libro y no porque me hubieran invitado a ésta sino porque peleé porque mi editorial tuviera presencia. Una vez adentro, la organización me gustó mucho, aunque nunca entendí por qué nos pusieron como parte de un colectivo. Creo que cada uno postuló de manera independiente, pero nos juntaron como en racimo. Luego nos dejaron a la deriva, pero por suerte los seis que estaban en mi misma categoría logramos organizarnos.

Pese a esos errores técnicos, creo que la Feria cumplió con su objetivo de presentar autores, promover charlas, mostrar la variedad de editoriales y librerías con algunos títulos novedosos y otros que, francamente, no eran tanto.

Cada dueño de stand se esforzó por decorarlo de la manera más llamativa que pudo, lo que hizo que la Feria ganara en apariencia.

A la sección de libros infantiles la vi juguetona y atractiva. Cumplió con su objetivo de que los niños tuvieran un contacto directo con la lectura y, a través de ella, gozaran.

Hubo un espacio dedicado a los jóvenes que me sorprendió por la cantidad de actividades que se realizaron. Noté que había mucho movimiento, aunque nunca supe de qué se trataban las lecturas porque yo estaba clavada de cabeza en mi stand, mirando a la distancia lo que ocurría en los alrededores.

Cuando había poca gente, los vendedores nos íbamos a dar una vuelta y así intercambiábamos experiencias, conversábamos y participábamos de algunos secretos que nos enriquecían.

Sí, creo que hubo errores, pero de ellos se pueden sacar conclusiones que permitan superarlos. Por ejemplo, al tercer día dejaron de repartir el programa de las charlas, los talleres y las presentaciones de libros. La gente preguntaba sobre las actividades y nosotros, como no teníamos ni idea, no sabíamos qué responder.  Cierto es que había una pantalla grande en el pasillo situado en el exterior de la Feria, pero las letras estaban desenfocadas y costaba mucho leer.

Pero también hubo orden. Cada día pasaba una señora revisando que los stands estuvieran abiertos y todos hicimos un esfuerzo por cumplir con los horarios y solidariamente nos apoyábamos, nos ayudábamos.

Para que yo pudiera cumplir y estar clavada en mi stand de nueve de la mañana a ocho de la noche durante nueve días, tuve que abandonar mi casa en Conocoto y tomar posesión de un departamento que mi prima me prestó en Quito. Eso también fue una experiencia hermosa porque, habitando en un edificio, oyendo el tráfico y respirando smog, me sentía en Nueva York. Como emigrante, claro.

Salía temprano del departamento, pasaba por una tienda que quedaba casi al frente, compraba un café, caminaba por el parque La Carolina hacia el metro que me llevaba disparada hacia el Parque Bicentenario. Un día, por andar despitada, terminé en la plaza de San Francisco y debía de haber puesto tal cara de espanto que una señora me dijo “vea bonita, regrésese nomás, porque usted antes de subirse debió haber leído donde decía norte y no coger el que decía sur”. ¡Qué bruta! No, eso no me dijo la señora, pero eso debe haber pensado.

Total, la Feria del Libro fue para mí mucho más: fue conocer gente, hacer amigos, enterarme de nuevos proyectos, escuchar chismes internos algunos divertidos y otros fuertes, como de bronca.

Claro que voy a extrañar todo eso porque cada persona a la que conocí me dejó algo: una frase, una historia, un comentario, un recuerdo.

Ojalá vuelva a ver a mis vecinos de stand, porque nos hicimos amigos de verdad. Cada uno con sus libros, con sus anécdotas, con sus pedidos: "Ve Valen, dame viendo un ratito el kiosco, ya regreso". O sea, literalmente, se iban a volver. Claro, yo también hacía lo mismo. Y entonces uno de nosotros vendía los libros del otro, y nos emocionábamos al cerrar una venta ajena. Ese era como el gran logro del día.

Sí: la Feria del Libro fue también una feria de vida, un cúmulo de experiencias en las que lo malo se juntó con lo bueno para producir una explosión de amor por la lectura y de culto a ese objeto mágico que, página tras página, nos lleva hacia territorios desconocidos, en un viaje apasionado, apasionante. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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