De la Vida Real
El feriado en que mi hija olvidó que tenía hermanos y ellos se vengaron
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

17 Oct 2021 - 19:00

Las guaguas nos habían pedido muchas veces que fuéramos a la cruz del Ilaló. Pero por cosas de la vida alargamos la fecha de la visita. Hasta que nuestro hijo Rodrigo, de siete años, nos puso un ultimátum.

A él le encanta la aventura. Para que no crea que nació en la familia equivocada nos hemos adaptado a su ritmo, y la verdad es que cuando él propone hacer algo la pasamos hermoso. 

Decidimos, el viernes pasado, que fue feriado, subir al Ilaló.

Les desperté a todos a las seis, con la idea de que no nos agarrara el sol del mediodía. 

Llegamos al parqueadero del mirador y empezamos a subir. A los cinco minutos yo ya no jalaba, les dije que se adelantaran no más. 

Me uní a un grupo de chicos que, para mi suerte, estaban con chuchaqui. Caminamos lento, conversamos rápido, descansamos largo y nos reímos mucho. Triunfantes, llegamos a la cruz una hora más tarde.

Al encontrarme con mi familia, el Rodri me dijo:

-Má, estoy orgulloso de ti. La próxima semana subimos el Cotopaxi. Ha sido facilito escalar montañas.

Saqué los sánduches y armamos un pícnic. Luego de dos horas decidimos bajar. Para hacerles corta la historia me resbalé unas ochenta veces. Cuando subía pensaba que la bajada iba a ser fácil. Pero, ¡qué va! 

Llegamos a la casa agotados. Mis hijos estaban como si nada. Hasta jugaron un partido de fútbol, mientras el Wilson y yo, rendidos, nos quedamos dormidos toda la tarde. 

A las siete de la noche me llamó la mamá de una amiga de mi hija, Amalia, para invitarle a pasar el día en Ibarra. Acepté temerosa.

La Amalia y el Rodrigo son mellizos, no hacen nada el uno sin el otro. Me dio miedo de que ella llorara y no quisiera ir. Hablamos con los dos y ambos, muy racionales, aceptaron tomar diferentes caminos por un día. 

Los papás de la amiga pasaron a recogerla a las ocho de la mañana. Ni bien se fueron, el Rodri nos dijo:

-Tenemos que seguirle a la ñaña. Si algo pasa, nosotros vamos a estar ahí.

Nos pareció muy buena idea. Aunque en mis planes estaba dormir todo el día, pues estaba tan adolorida.

Improvisamos viaje hacia el norte.

En la carretera nuestro mayor miedo era toparnos con los papás de la amiga de la Amalia. Cada carro blanco que veíamos se nos helaba la sangre.

El Rodri y el Pacaí se escondían en el asiento de atrás. Nos sentíamos agentes de la CIA. 

En el camino hasta llegar a Otavalo, por suerte, no nos encontramos con ellos. Decidimos ir a conocer la laguna de Mojanda. Total, si la Amalia nos necesitaba, estábamos relativamente cerca.

De lo que no nos dimos cuenta es que en ese lugar no había nada de señal de celular. Si los papás de la amiga de la Amalia nos llamaban, no existía forma de que nos ubicaran. 

Al ser un viaje improvisado no llevamos mudadas extras. El Rodri se cayó en un charco gigante de agua. Mientras el Pacaí tomaba fotos de todo lo que veía.

Una familia hacía parrillada. Un grupo de turistas se bañaba, los hombres en short y las mujeres en bikini.

Una pareja de novios se peleó; ella le gritó: “Te dije que no le traigas a tu primo, con él solo te chumas, par de vagos”. Y se fue bravísima. 

Cuando estoy cansada me encanta sentarme a observar el entorno. En el Ilaló una de las cosas que más me gustó, cuando descansaba, es que todos nos saludábamos como si fuéramos conocidos.

Un señor gritaba a todos: “Avancen, avancen. Sigan más rápido”. De alguna forma una siempre necesita motivación externa cuando la interna ya no funciona.

Estábamos sentados, el Wilson y yo, en unas tablas viendo la laguna de Mojanda, y unos chicos que pasaban por ahí nos brindaron mandarinas. La gente fuera de Quito es muy alhaja, pensé.

El Rodri estaba empapado. Decidimos bajar a Otavalo a comprarle un pantalón y a almorzar algo, encontramos un restaurante de hamburguesas gigantes, que costaron cuatro dólares.

Eran con doble queso. El Rodri pidió una para la ñaña. También le compró dos camisetas.

Nos llamaron los papás de la amiga de la Amalia a decir que seguían en Ibarra. Nosotros regresamos tranquilos, eran las cinco de la tarde. Yo solo quería llegar a dormir. 

A los ocho de la noche vinieron a dejar a la Amalia. Todos salimos a recibirle. Ella nos dijo:

-Pasé hermoso, ni me acordé de que tenía familia. ¿Y ustedes qué hicieron?

-Nosotros -dijo el Rodri- nos fuimos a una laguna gigante. Ni nos acordamos que teníamos hermana.

Entraron a la casa y se comieron la hamburguesa de la ñaña.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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Jaime Landeta
1 noviembre, 2021 11:35

Me he divertido mucho leyendo esta crónica. Muy buena narradora